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JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

  MURIÓ DE UN VERSO ACANTILADO - Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO - Domingo, 31 de Marzo de 2013


MURIÓ DE UN VERSO ACANTILADO - Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO - Domingo, 31 de Marzo de 2013

“MURIÓ DE UN VERSO ACANTILADO”

 

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

 

Ricardo de la Vega es un nombre importante en las letras paraguayas. No somos precisamente sus descubridores en estos momentos.

Desde aquel poemario titulado Sin opciones después de la cena, en 1985, publicado por Ediciones Taller, no ha dejado de estar presente en la vida literaria del país. Paraguayo desde 1977, porque nació en Argentina, se formó en esa ilustre cantera que fue el Taller Manuel Ortiz Guerrero, de la que salieron nombres fundamentales para las letras como Moncho Azuaga, Lisandro Cardozo, Victorio Suárez, Delfina Acosta, Mario Rubén Álvarez y Amanda Pedrozo, entre otros. Ricardo de la Vega es uno de los que han ofrecido mayor porcentaje textual en la edición de los últimos años. Narrador en Los hombres ya no invitan a cenar (2001), pero sobre todo poeta, llama la atención por su dirección de Tren Rojo, una de las revistas más interesantes del panorama poético paraguayo, necesaria para entender la evolución de la poesía actual.

Su nuevo poemario se titula Cuídame el corazón. Estamos en una época en la que ya no tiene sentido proclamar nuevos manifiestos poéticos, dado que además de estar todo inventado, vivimos en una época compleja de convivencia de tendencias; una convivencia de poéticas en que el silencio se sienta en la mesa con la experiencia, aunque hablen poco entre ambos. Sin embargo, es factible encontrar voluntad de manifiesto en algunos prólogos o algunos trabajos de los autores. Es el caso de este libro. La introducción, titulada “Oficio peligroso”, defiende la poesía como valor ético, dejando en tela de juicio que se considere como evasiva porque el país esté lleno de injusticias. No es ofensiva la artesanía de la palabra, sobre todo cuando, como expresa Ricardo de la Vega, se escruta una calle ambulante entre el latrocinio y la vulgaridad, o el vano aire de superioridad lírica. Por ello, la escritura poemática es jugar con fuego, no es un arte exento de compromiso aunque parezca lo contrario.

El autor nos propone el tiempo y el amor como temas. Con cierto prosaísmo observa la gentileza del amor. Perdido entre la sombra callejera, encuentra refugio en la palabra. La escritura se dirige hacia una segunda persona, estableciendo una comunicación sin presencia del interlocutor. Por ello, es la voz lírica en primera persona la que interroga. En ocasiones, el verso se adentra en el irracionalismo sin perder el contacto con el deseo, el trueno del alma en llamas, alternando versos extensos con otros más breves.

Entre esta diversidad formal, la estructura de la obra camina hacia el prosaísmo. Hasta el punto de que la segunda parte comienza con una elegía en prosa a Carlos Garcete, ese gran autor de quien destaca su ética y la amistad de la que gozó De la Vega. Continúa con el choque del poeta con el caso de Marquetalia, ante los sintierra, y la presencia del autor y crítico de arte Miguel Ángel Fernández entre los estómagos violentos, por lo que se pregunta qué hace un poeta entre estos problemas sociales. Es la búsqueda de la verdad lo que interesa, y el poeta alejarse del poder, o de los cargos públicos, como las embajadas. También rinde homenaje a Emiliano R. Fernández, pero como autor lírico, faceta por la que no se le recuerda. Toda esta parte en el fondo es un cántico para vencer a la muerte. El ser humano desaparecerá, pero ha de quedar su huella, hecho que reivindica nuestro autor. Debe ser el objetivo.

La tercera parte abandona la prosa, pero no pierde el tono hímnico. Se rinde homenaje a un cuadro, “El Cristo Amarillo”, de Gauguin, como manera de reivindicar la creación artística. Se saluda a Fidel Castro, se evoca a Cecilia Cubas, la asesinada hija del expresidente Cubas, y se vuelve a la prosa para reivindicar la pureza del poeta para rubricar el poemario con una “Elegía”, cargada de religiosidad pura por la creencia en la protección del “tú”.

Un buen poemario, repleto de sugerencias, ajustado en su extensión y en su estructura. Ricardo de la Vega sigue firme en su trabajo y rubrica una estupenda obra, en la que quizá el prosaísmo domine sobre el lirismo. O quizá ello sea su mejor virtud, porque el verso se engarza con una realidad, la observada por el propio autor, para analizar la vida observada.

 

Fuente:  www.abc.com.py

Suplemento Cultural de ABC Color

Domingo, 31 de Marzo de 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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