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JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


  TEATRO PARAGUAYO CONTEMPORÁNEO: FERNANDO OCA DEL VALLE - Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


TEATRO PARAGUAYO CONTEMPORÁNEO: FERNANDO OCA DEL VALLE - Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO
TEATRO PARAGUAYO CONTEMPORÁNEO:
 
FERNANDO OCA DEL VALLE
 
Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO
 
 
 
 
El teatro paraguayo contemporáneo, escasamente conocido y divulgado -como casi el total de la literatura de este país-, presenta creaciones singulares como las de Josefina Pla, Augusto Roa Bastos, Mario Halley Mora, Alcibiades González Delvalle, Roque Centurión Miranda, Ricardo Lago, Gloria Muñoz y Edda de los Ríos. Generalmente, la práctica escénica fue un medio de divulgación importante a lo largo de la historia del país. En épocas como la de la dictadura de Stroessner, era un instrumento de lucha contra las ideas institucionalizadas por el poder. Producto de ello, la censura tenía sus ojos muy cerca de las representaciones, como lo prueba el caso de la prohibición en 1975 de la creación titulada San Fernando de Alcibiades González Delvalle, que, por su talante impugnador de la historia oficial mitificada, fue censurada, y también al inicio de la transición democrática después del golpe del general Rodríguez, en 1989. De ahí que a lo largo de la historia, el poder viera al género teatral como un enemigo por su facilidad para divulgar ideas y hábitos en la población paraguaya, y lo condenara a una concepción de arte declamatorio por encima de su carácter de catalizador de ideas y conciencias.

El teatro paraguayo sufrió una renovación importantísima a partir de los años treinta del siglo XX, con la aparición de Julio Correa. En el ambiente paraguayo de los años cuarenta, había dos grupos claramente distinguidos. Por un lado estaba la corriente de José Arturo Alsina, partidario de un teatro universal, que sin huir de lo particular no cayera en el folclorismo, y cuyo drama de resonancias pirandellianas, al decir de Teresa Méndez-Faith, El derecho de nacer (1925) es el mejor ejemplo de su creación; por otro, la del teatro en guaraní, cuyos antecedentes se remontan a 1926, aproximadamente, con Francisco Martín Barrios, Rigoberto Fontao Meza y Félix F. Fernández, cuya expansión y el éxito llegaría en la década de los treinta con Julio Correa, considerado por los críticos como el impulsor del teatro marcadamente popular, que tendía a la oralidad, a la técnica intuitiva y a los condicionamientos lingüísticos. Este autor impulsó una suerte de teatro que llegaba mayoritariamente al público por el simple motivo de que reproducía la situación oral bilingüe del país. Los asistentes a las representaciones entendían sus obras, por el componente decisivo de la lengua guaraní, y participaba en ellas en mayor grado que en las puestas en escena de obras de otras vertientes, ya que, generalmente, el conjunto del teatro paraguayo de esa época se encontraba bastante anquilosado en un posromanticismo vacuo y en procedimientos con olor a naftalina, a pesar de los intentos de Alsina. Es importante, además, porque se percibía un fondo social al que atendía el público con interés.

En los años cuarenta del siglo pasado, Roque Centurión Miranda y otros nombres emprendieron la renovación definitiva del teatro paraguayo y se acercaron a las instituciones con el fin de asentarlo. En esta renovación participaron dos españoles: Josefina Pla (1903-1999) y Fernando Oca del Valle (1893-1972). Josefina Pla, cuya labor teatral no ha sido excesivamente estudiada, marchó al Paraguay en 1928 con quien fue su marido, el escultor y ceramista Julián de la Herrería, a quien conoció en España, probablemente en Villajoyosa (Alicante) mientras él disfrutaba de una beca para ampliación de conocimientos artísticos. Parte importante de sus peripecias durante finales de los años veinte y hasta ya bien entrada la guerra civil de 1936 discurrió en Valencia, donde Josefina conectó por medio del prelado Guerra-Galvany, seguramente tío suyo, con algunos poetas. Entre ellos, se encontraba José María Bayarri, tan recordado hoy en día por su obra El perill català como por su poesía. Julián de la Herrería moldeó algunas piezas y esculturas de cerámica que figuran en los fondos del Museo de Cerámica «González Martí» de Valencia. Durante esta estancia, y dada la presencia de Josefina Pla como participante y espectadora en actos culturales, pudo impregnarse de la experiencia teatral del grupo «El Búho», aunque no tan concienzudamente como en el ámbito poético. La actividad de «El Búho», junto a otras experiencias, le permitiría desarrollar sus conocimientos dramáticos años más tarde en el Paraguay, una vez estableciera su residencia definitiva en Asunción, en 1938.

El segundo nombre español a destacar en la renovación del teatro paraguayo contemporáneo es el del exiliado Fernando Oca del Valle. Éste, a diferencia de Josefina Pla, comenzó su destierro posterior a la guerra civil española en la capital paraguaya en 1940. Fue uno más de la diáspora que concluyó su periplo en las acogedoras tierras americanas. Nunca fue un creador y no se conoce ninguna obra escrita por él, aunque sí presenta alguna atribución como coautor. Sin embargo, fue un director reconocido y, sobre todo, uno de los pedagogos teatrales más recordados en Paraguay, aunque tampoco se conserven tratados suyos. Dentro de la escena española anterior al exilio del 39, desarrolló su labor teatral más importante como actor y director en el colectivo teatral «La Farándula», además de su conocimiento de la actividad teatral española de los años treinta adquirido como espectador de la escena madrileña. Ello se demuestra en que aplicó los conocimientos que había puesto en práctica los teatros de vanguardia e itinerantes, y en concreto, los grupos «La Barraca», «El Búho» y las «Misiones Pedagógicas» de Alejandro Casona, además del suyo, «La Farándula». Esta afirmación se fundamenta en el carácter de su pedagogía, que desarrolló a partir de su llegada al país guaraní, donde impulsó la Compañía de Comedias del Ateneo Paraguayo.

A diferencia de otras autores teatrales exiliados en América, no llegó al país donde se establecería con creaciones propias escritas, representadas o con fama en el mundo escénico. Tampoco había desarrollado actividades de renombre, aunque conociera a fondo la labor del director por su experiencia. Es la antítesis de José Ricardo Morales, por citar un nombre del teatro del exilio en América, en el campo creativo. Sin embargo, comparte con Morales la experiencia en el teatro de vanguardia, y el aspecto pedagógico y de creación de escuelas dramáticas, lo que se traduce en una influencia decisiva en el desarrollo y en la evolución del panorama dramático de las naciones que les acogieron. No olvidemos que José Ricardo Morales fue impulsor del crucial Teatro Universitario Chileno, con Pedro de la Barra. De la misma forma, Fernando Oca del Valle tuvo una aventura teatral en Paraguay digna de subrayar, como pretendemos en este trabajo.

 Sin embargo, dada la carencia de archivos y materiales extensos sobre el teatro paraguayo de esta época, y al no haber transcurrido un amplio lapso temporal, hemos partido de testimonios orales preferentemente para reconstruir la figura de Oca del Valle. Entre ellos, destacan los que nos han facilitado el intelectual Raúl Amaral y la estudiosa del teatro Edda de los Ríos. Partamos de lo establecido en los manuales y trabajos del país guaraní, en el momento en que Oca de Valle llega tras la derrota republicana, a un país que precisamente no destacó por acoger a demasiados exiliados españoles, posiblemente porque los regímenes políticos de la época eran marcadamente progermánicos hasta que el rumbo de la Segunda Guerra Mundial varió. Junto a Oca del Valle, en 1940, como figuras mínimamente relevantes, solamente llegaron al Paraguay el jurista Guillermo Cabanellas de Torres, quien se instaló en Buenos Aires tres años después, y el ingeniero José Marcos, padre del escritor, crítico y profesor de Literatura, Juan Manuel Marcos, quien fue empresario del Teatro Municipal y apoyó a Oca del Valle, además conseguir la presencia de Margarita Xirgu en Paraguay.

Fernando Oca del Valle fue profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, y participó activamente en la reestructuración y en las tertulias del Ateneo Paraguayo, donde, a decir de Amaral en carta personal, «comandaba, diz que no muy democráticamente, el área teatral». Entró en el ambiente teatral asunceño como director, y renovó el anquilosado repertorio posromántico. Hasta su renovación, en Asunción se representaban con el calificativo de «últimas» producciones, obras como Flor de un día de Camprodón y Don Juan Tenorio de José Zorrilla. Sustituyó esta producción por otros trabajos más «modernos», que, aunque no se correspondieran con todas las tendencias teatrales que surgían en otros países, incluso vecinos, sí que en Paraguay suponían un paso adelante para lograr un mayor grado de actualización del teatro. Esos más «modernos» eran los autores de la escena madrileña -Benavente- y los que él había representado -Casona- fundamentalmente. Eran los autores que él había representado y dirigido en «La Farándula»; populares en la España anterior a la Guerra Civil.

El que desconozcamos la mayor parte de las actividades de Fernando Oca del Valle antes de su exilio en Paraguay, se debe, en buena medida, a que él nunca alardeó de grandes conocimientos dramáticos, al contrario de lo que solía ocurrir entre la intelectualidad del país guaraní. Se limitó a aplicar sus conocimientos y a favorecer la llegada de nuevos cuadros de actores, actrices, técnicos y directores, que traían nuevos puntos de vista que ya no se fundamentaban exclusivamente en aspectos como la importancia exclusiva de la declamación o la búsqueda de escenarios realistas. Por ello, sus enemigos le combatieron con el argumento de que solamente había integrado cuadros filodramáticos en Madrid o conjuntos de cómicos ambulantes o de la legua, sin tener en cuenta la realidad y vigencia de las «Misiones Pedagógicas», por ejemplo. Estos problemas profesionales acabaron por disolver la compañía del Ateneo Paraguayo en 1947, aunque cinco años después, en 1952, Oca del Valle regresó a la dirección del conjunto cuando se refundó.

Pero se enfrentó a la tendencia del teatro popular de Correa, cuyo problema era el de sus elementales recursos técnicos. La expresión era eficaz, por ser en guaraní, pero el cuidado de estos aspectos lingüísticos hacía olvidar el tratamiento de los recursos escénicos y de los mismos argumentos. Fernando Oca del Valle reaccionó contra este tipo de teatro y su localismo, también, y apostó por la introducción de aspectos más universales. Ello le costó rencillas y el desprecio de una parte importante del ambiente teatral paraguayo. Pero creó escuela y su ejemplo fue continuado por un buen grupo de alumnos, sobre todo actores: Amanda Castaing de Cooper, María Elena Sachero, Adolfo Cuéllar y Mario Prono, que defendieron la notoriedad de este teatro más universalizado.

Es en 1941 cuando se creó el elenco teatral del Ateneo Paraguayo, que puso punto final a un estado de ataraxia en el campo escénico, como manifiestan Carlos R. Centurión y de modo más explícito Edda de los Ríos. Gracias a la labor del Ateneo Paraguayo estrenaron de nuevo Josefina Pla y Roque Centurión Miranda, Luis Rufinelli, también presidente de la subcomisión de teatro de la institución, apareció Jaime Bestard en el panorama dramático y comenzaron sus prácticas escénicas autores noveles renovadores como Ezequiel González Alsina, Mario Halley Mora, Néstor Romero Valdovinos, Rogelio Silvero, e incluso el, más tarde, conocido novelista Augusto Roa Bastos. Al margen del teatro costumbrista, en los años cincuenta, jóvenes como Manuel E. B. Argüello y Julio César Troche aprendieron en él y prosiguieron la labor expansiva en el teatro del país. Ocupó la dirección de la Compañía de Comedias del Ateneo Paraguayo desde el primer momento, y en abril de 1942 estrenó la comedia Arévalo de Jaime Bestard en el Teatro Municipal. En los locales de esta institución se dictaban conferencias y seminarios, muchos impulsados por él. Su única incursión en el campo de la creación es ciertamente confusa, porque Centurión anota que escribió una comedia junto a Augusto Roa Bastos, en tres actos, titulada Mientras llega el día. Sin embargo, según los datos obtenidos que figuran en la bibliografía de Augusto Roa Bastos de Milda Rivarola, que hemos podido confirmar, Mientras llega el día fue representada por la Compañía del Ateneo Paraguayo, bajo la dirección de Fernando Oca del Valle, en 1946, y que la obra fue escrita por el gran autor paraguayo, pero perfeccionada por Oca para llevarla a las tablas.

Josefina Pla, como directora con Roque Centurión Miranda, y secretaria, de la Escuela Municipal de Arte Escénico de Asunción, nunca actuó en su favor, aunque le apoyó en algunos momentos difíciles. Pero la Escuela Municipal, a diferencia del Ateneo, adoptó una actitud ecléctica y caminó entre los presupuestos de Arturo Alsina y Oca del Valle y el populismo de Correa, sin superar esta dicotomía. Sin embargo, Josefina Pla y Roque Centurión Miranda, en colaboración, obtuvieron el primer premio del Ateneo Paraguayo, en 1942, con la obra Aquí no ha pasado nada, cuando Oca del Valle había congeniado con los rectores de esta entidad poco tiempo después de su llegada a la capital del país guaraní.

La Escuela Municipal de Arte Escénico llevó a las tablas algunas obras que enlazaban con las pautas de los susodichos grupos teatrales españoles anteriores a la guerra civil y con las creaciones de los autores exiliados que estrenaban en las otras capitales del Cono Sur. Y para comprobarlo es suficiente con contemplar algunos de sus estrenos y recuperaciones de clásicos: La barca sin pescador, La dama del alba y El mancebo que casó con mujer brava de Alejandro Casona -la segunda es una de las primeras obras que representó el Teatro Universitario chileno con José Ricardo Morales-, El retablo de las maravillas de Cervantes, El avaro de Molière y La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón. Si a ello añadimos que se estrenó Llama un inspector de J. B. Priestley, a Pirandello, Arthur Miller, Albert Camus, Ugo Betti y Shaw, entre otros, además de a numerosos autores paraguayos, no cabe añadir otra palabra más a lo que significó esta institución y la labor de Fernando Oca del Valle en el teatro paraguayo de alrededor de mediados del siglo XX, y como cimentador de las bases para un teatro futuro. Y esta labor se fundamentó en la elección de un repertorio lo más actualizado posible, una dirección escénica innovadora para el Paraguay de la época, aunque muy marcada por la escena española de los treinta y por la bonaerense de los cuarenta, y, quizá el aspecto más importante, la labor de formación de actores. Su trabajo incluyó también las representaciones de teatro leído en el Rotary Club asunceño, donde se recuerda la sesión de La cena de los cardenales de Dantas en 1953.

Oca del Valle cuidó el trabajo formativo de los actores, de tal manera que de su enseñanza aprendieron las primeras grandes figuras de la interpretación en el teatro paraguayo. Algunos como Jacinto Herrera y Nelly Prono hicieron carrera en Buenos Aires, con lo que el logro significaba. En el decir oral de Edda de los Ríos, el primero hizo cine y teatro en la capital argentina, y regresó a Paraguay en los 60, en plena decadencia por su alcoholismo. No obstante, cumplimentó algunas temporadas teatrales y fue un pionero presentador de la televisión paraguaya hasta su fallecimiento en 1969. La segunda cumplió en Buenos Aires con una excelente labor en teatro, cine y televisión. Sólo retornó al Paraguay en contadas ocasiones con compañías teatrales porteñas o de visita a sus familiares. Murió en la capital argentina.

Del elenco del Ateneo Paraguayo de la época de Oca del Valle, surgió una compañía importante en el desarrollo del teatro popular posterior. Es la compañía Báez-Reisofer-Gómez. Ernesto Báez, Emigdia Reisofer, Sara Giménez y Carlos Gómez, después de haberse iniciado con Fernando Oca del Valle y tras un periodo no muy extenso de temporadas en Asunción, dejaron la Compañía del Ateneo y fundaron la propia que hemos citado. Su línea abandonó presupuestos que difundió Oca del Valle y optó por el teatro popular en jopará y castellano. Báez era el director, que siguió con la vena de Julio Correa hasta su fallecimiento. Realizaron algunas representaciones esporádicas en Buenos Aires, donde no tuvieron demasiado repercusión, dado el carácter localista de este teatro popular.

Interesa subrayar la figura de Ernesto Báez, porque fue quien se enfrentó a Fernando Oca del Valle, después de haber sido su alumno, en los cincuenta, dada la diferente concepción teatral de ambos. Báez optó definitivamente por el teatro popular, lo que era sinónimo de discordancia con su maestro. La polémica llegó a los diarios y revistas de la época, aunque, unos años después, las desavenencias, que llegaron al plano personal, desaparecerían. En 1959, Ernesto Báez y su esposa Emigdia volvieron a trabajar como artistas invitados con la Compañía del Ateneo para el estreno de la primera zarzuela paraguaya «La Tejedora de Ñandutí» de Moreno González y Frutos Pane, que tuvo un gran éxito. Después del fallecimiento de Emigdia de Báez, su esposo Ernesto, Sara Giménez y Carlos Gómez prosiguieron la labor de la compañía. Salvo Carlos Gómez, quien sigue representando teatro popular a sus más de ochenta años, todos han fallecido hace poco.

Entre las actrices destacó Mercedes Jané. Fue la protagonista del montaje de La barca sin pescador, el más recordado, a juzgar por los testimonios orales de testigos, de los que dirigió nuestro personaje. Jané trabajó en el Ateneo durante muchos años, y más tarde fundó una compañía propia. Aún trabaja en la escena esporádicamente, a pesar de su avanzada edad. Como «actores de carácter» del Ateneo Paraguayo destacaron Leandro Cacavelos y Azucena Zelaya (ambos murieron a finales de los años ochenta), quienes representaron los títulos más importantes que dirigió Oca del Valle en los años cincuenta, cuando Ernesto Báez abandonó la compañía. Zelaya estrenó La dama del alba en Asunción. Entre los actores más jóvenes que ingresaron en la compañía en los cincuenta, hay que destacar a María Sachero, hoy en día una de las grandes actrices paraguayas, y Mario Prono. El traspaso de la dirección de la compañía a ambos fue uno de los legados de Fernando Oca del Valle, una vez se retiró por motivos oscuros y posiblemente surgidos por las eternas disputas entre los literatos y artistas paraguayos, que subsisten desde siempre y hasta nuestros días. Sachero y Prono continuaron la labor de la compañía y los nuevos montajes hasta los ochenta aproximadamente, década en que desapareció definitivamente el elenco del Ateneo Paraguayo.

Otros nombres de actores de la compañía merecen ser destacados, aunque no figuraran en primer plano: Amador García, Ethel Stark, los hermanos Torres, Ninica Segura, etc. En realidad, Fernando Oca del Valle puede considerarse un maestro-director más que un director escénico exclusivamente, dado que todos los que integraron la compañía fueron actores noveles.
 

Fernando Oca del Valle no es una figura excesivamente recordada en el ámbito del teatro paraguayo actual. Sus reminiscencias quedan como muy lejanas y extrañas. Sin embargo, fue quien puso los cimientos para que el teatro paraguayo contemporáneo presente figuras como Manuel E. B. Argüello, Edda de los Ríos y Gloria Muñoz. Los autores, actores y docentes le recuerdan, pero no con la importancia que merece. Posiblemente, no logró culminar el proceso de actualización del teatro paraguayo, que no evolucionó a las nuevas corrientes neovanguardistas que surgieron en Europa o en los países vecinos en los sesenta y setenta, Pero aportó los cauces pedagógicos necesarios para una renovación teatral y, sobre todo, para la formación de actores y directores. La carencia de tratados escénicos suyos y de obras didácticas escritas, es el motivo que impide que reconozcamos su labor; una labor destacable de otro exiliado más de la fratricida guerra civil española en tierras americanas.
 
 
Fuente: TEATRO PARAGUAYO CONTEMPORÁNEO : FERNANDO OCA DEL VALLE Edición digital: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003. N. sobre edición original: Otra ed.: Stichomythia (2001), Universidad de Valencia.
 
 

 

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