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NICOLÁS DEL TECHO


  RELACIÓN SOBRE LA GENTE CAAIGUA QUE SE EMPEZO A CONVERTIR (Obra de NICOLÁS DEL TECHO)


RELACIÓN SOBRE LA GENTE CAAIGUA QUE SE EMPEZO A CONVERTIR (Obra de NICOLÁS DEL TECHO)

RELACIÓN SOBRE LA GENTE CAAIGUA QUE SE EMPEZO A CONVERTIR

Obra de NICOLÁS DEL TECHO

 

Fuente: TRES ENCUENTROS CON AMÉRICA

 TRADUCCIÓN, EDICIÓN Y NOTAS

ARTURO NAGY Y FRANCISCO PEREZ - MARICEVICH 

EDITORIAL DEL CENTENARIO

Asunción - 1967 - Paraguay

Colección "PARAQUARIA" Nº 2

 

Hecho el depósito que marca

la ley 94.

Copyright by EDITORIAL

CENTENARIO

(en formación)

 

PRINTED IN PARAGUAY - IMPRESO EN PARAGUAY

Editorial "El Arte" S.A. Cerro Corá 726/64 - Asunción

 

 

 

 

NOTA PRELIMINAR

Al cumplirse el bicentenario de la expulsión de los jesuitas del Paraguay, la Editorial del Centenario se adhiere a la conmemoración de ese acontecimiento publicando, en traducción castellana, tres relatos difícilmente accesibles al público. Estos relatos abarcan más de cien años de la obra evangelizadora de la Compañía y reflejan tres fases sociológicas de la misma. Esta diversidad de caracteres deriva no sólo de los naturales cambios generacionales sino también de las distintas nacionalidades de los autores.

El primero de los relatos, traducido del latín, corresponde al Padre Nicolás del Techo y se refiere a una tentativa para evangelizar a los guayakíes. El segundo, escrito originalmente en español por el Padre Bartolomé Ximénez sobre una expedición evangelizadora a las tierras de los tobatines, llegó hasta nosotros en las traducciones alemana y latina del Padre Antonio Sepp. El último es un fragmento de la monumental obra del Padre Martín Dobrizhoffer que relata su encuentro con los cainguáes del Mbaéverá. Nuestra versión está basada en el original latino y en la traducción alemana.

En la interpretación de algunos pasajes del texto del Padre del Techo nos fue de gran ayuda la erudición filológica del Profesor Rolando Natalizia, a quien nos complacemos en expresar nuestros agradecimientos.


 

NICOLÁS DEL TECHO


Nacido en 1611, en LiLa, ingresó a La Compañía a Los diecinueve años de edad. A fines de 1640 llegó a América y, luego de culminar sus estudios en Córdoba, pasó el resto de su larga vida en distintas reducciones de la extensa provincia jesuítica del Paraguay, en Córdoba y en Asunción. Murió en agosto de 1687 en la reducción de Apóstoles.

El Padre Nicolás del Techo (cuyo apellido original du Toict fue castellanizado) es uno de los mayores historiadores oficiales de la Compañía y su obra fundamental, Historia Provinciae Paraquariae, se publicó en Lieja en 1678. De esta obra existe una sola traducción completa al español, debida a Manuel Serrano y Sanz. Fue publicada en Madrid en 1897, en la Biblioteca Paraguaya dirigida por Blas Garay, del cual es el prólogo que encabeza la edición.

El texto que aquí se publica, apareció en la Relatio triplex de rebus indicis impresa en 1654 en Amberes. Es una pieza rara de la que existen dos ejemplares: el primero, citado por todos los bibliógrafos, se guarda en el Museo Británico, y el segundo – según información de Maxime Haubert – en la biblioteca de los jesuitas de Chantilly.

El relato del padre belga abunda en observaciones agudas y realistas sin que se desvincule notoriamente de La atmósfera de robustas creencias religiosas en la que los milagros tienen su sitio natural, propia de la época.


 

 

I PARTE

RELACIÓN SOBRE LA GENTE CAAIGUA QUE SE EMPEZO A CONVERTIR


 

(De la carta del Reverendo Padre Nicolás del Techo, alias du Toict, de Lila, fechada en el año 1651, desde la reducción de Santa María la Mayor, a orillas del río Uruguay, en la Provincia del Paraguay).


ESTOY viviendo en la reducción, o pueblo de Santa María la Mayor, en las orillas del río Uruguay, junto con el Padre Alfonso Gutiérrez, quien sufre de un asma maligna, Estamos cuidando aquí, los dos, de dos mil seiscientos indios, muchos de los cuales se convirtieron recientemente a la fe de Cristo. Por ello, su organización requiere trabajo intenso y continuo. A este trabajo se agrega otro, no menos árduo: el de amansar a las ferocísimas gentes Caaiguá y de conducirlas a los pueblos de los neófitos. Para que esta tarea se pueda comprender con más claridad, creo necesario describir brevemente las costumbres de esta gente, el lugar donde viven, los esfuerzos para convertirla y las esperanzas futuras.

La gente Caaiguá es muy poco numerosa y la menos apta para el trabajo entre todos los indios. Viven en las selvas entre los ríos Paraná y Uruguay, especialmente cerca del río Iguazú, por lo cual las tribus circunvecinas, los llaman habitantes de la selva (que es el significado del nombre Caaiguá). Hablan un idioma propio, no muy fácil de aprender, pues, emitiendo sus sonidos, parece que, en vez de hablar, silbaran, produciendo un remolino de explosiones inarticuladas en la garganta. Tienen muy pocas cabañas y las mismas están muy alejadas entre sí. La mayoría de estos indios se conforman viviendo en antros, como los animales, y no se procuran la comida mucho mejor que aquéllos, así que no practican ni la agricultura, ni actividad campesina ninguna. Pescan y cazan con arco y flecha. Sin embargo, durante la mayor parte del año se nutren de gusanos crudos, ratones, hormigas y otros animalitos que pueden conseguir fácilmente. Luchan con las antas, que nosotros llamamos animales grandes, las matan y las comen; trepando a los árboles agarran a los monos, con tal agilidad, como si ellos mismos fuesen simios. La carne de mono les gusta muchísimo y comen sin asco hasta la carne de tigre. Encuentran deliciosa la miel silvestre, y, tomándola, se calientan tanto que los hombres soportan desnudos el frío y se excitan para guerrear. En verdad, sus guerras son tan innobles que más parecen asaltos de fieras, que luchas entre seres humanos. Puesto que viven continuamente en las selvas, por el ejercicio cotidiano se mueven tan ágilmente en la espesura de malezas y zarzales, como las mismísimas víboras, de manera que más parecen serpear que caminar. Desde los matorrales asaltan y matan, mas sólo de noche, a los viajeros que imprudentemente duermen en sus territorios, no tanto por venganza o por el deseo de cosas ajenas, como por cierta ferocidad innata. Benévola e impropiamente ellos llaman guerra a esta salvajada, que aprendieron de los tigres, con los cuales están en perpetua lucha. La razón que ellos mismos dan de su reducido número es precisamente que son diezmados por los continuos ataques de los tigres. Consideran la ira una virtud, desconociendo las otras prendas del alma. Son físicamente deformes hasta lo monstruoso, tan parecidos a los monos como a los hombres, especialmente si se les mira las narices, por las cuales se los puede llamar ñatos con toda justicia. Por vivir en las selvas, la mayoría tiene espaldas encorvadas y jibosas, por lo cual, con la vista fija en el suelo, caminan muy inclinados. Sin embargo, muchos de ellos tienen aspecto más agradable, especialmente las mujeres, que nacidas y criadas a la sombra, conservan el color del cuerpo bastante semejante al de los europeos. Ambos sexos hacen poco uso de la razón, a la cual, por la calidad de sus alimentos, la ferocidad cotidianamente profesada y la absoluta libertad de su manera d vivir (pues desde niños no se acostumbran a ningún trabajo y hacen sólo lo que les da la gana) han corrompido de tal manera, que entre sus costumbres y las de los animales salvajes no hay ni la diferencia del grosor de las uñas. Las mujeres se visten con ortigas desde la cintura hasta las rodillas. Primero maceran la ortiga como si fuese lino, después la peinan con los dedos y luego la tejen en forma de red. Los hombres, al contrario, no llevan vestido alguno, excepto unas pieles tan pequeñas que dejan ver casi todas las partes del cuerpo. Como están desnudos, la piel de todo el cuerpo se halla tan encallecida, que caminan ilesos y sin temor alguno a través de los matorrales espinosos. Son tan desconfiados que no desean adquirir nada que venga desde afuera; procuran, para su uso cotidiano, las cosas que crecen y se producen entre ellos, aún siendo malas e insípidas. Una vez capturados, resulta más difícil domesticarlos que a las mismas fieras. En efecto, a veces fueron vistos morder con los dientes sus ataduras, aún de hierro, y echar espuma por la boca, como animales rabiosos. De esta manera, exceptuando apenas algunos párvulos, no se podían acostumbrar al consorcio con otra gente y a la mansedumbre. Si se los dejaba maniatados por cierto tiempo, entonces rehusaban la comida y se morían a los pocos días, por una especie de impotencia del alma, como animales que no quieren ser criados fuera de su ambiente. Los ribereños del Paraná, antes de convertirse a la fe de Cristo, se trababan en lucha con esta gente y no tenían otra causa de hostilidad que el deseo de alimentarse con la carne del enemigo, como los cazadores hacen con los animales salvajes, o por lo menos el deseo de alejar los peligros, como es costumbre en Europa matar a los lobos para que no causen estragos. Pero los Caaiguá, una vez vencidos, se afligen de tal manera que, a pesar de ser perdonados a veces por los enemigos, no comen, ni dejan que se les cure las heridas, y puede lograrse sólo en pocos casos que tengan la voluntad de sobrevivir. Habiendo encontrado el Padre Claudio en el pueblo de Santa María la Mayor, dicho del Iguazú, (en el cual yo vivo ahora) a un jovencito de esa nación, lo rescató y lo educó (yo lo uso ahora como intérprete), para que aprendiera la lengua guaraní y las costumbres cristianas y para que explicara a los suyos la religión, relatando las enseñanzas de sus maestros. El proyecto resultó según lo esperado, pues cuando los Caaiguá vieron que nuestros neófitos guaraníes eran menos violentos desde su sumisión a los sacerdotes extranjeros y ya no iban buscándolos a muerte, surgió en sus ánimos el deseo de observar de cerca a los cristianos. Así que algunos salieron de sus grutas y bajo pretexto de negocio, avanzaron con una embarcación hasta las cercanías del pueblo de Santa María la Mayor. Una vez realizados, por medio de un intérprete, los intercambios de sus baratijas, pidieron al fin, casi a regañadientes, que su cacique, que estaba presente, pudiese entrar en el pueblo con otros cuatro indios para presentarse a los padres jesuitas. El jovencito, que por la benevolencia de los padres se había acostumbrado al consorcio de extranjeros, contribuyó a este gran acontecimiento. Los habitantes de la selva se maravillaban de todo. Las casas de los padres, hechas de barro y paja, les parecían tan espléndidas como los soberbios palacios de los reyes a los campesinos europeos que entran por primera vez en una ciudad. Mientras tanto los espectadores los rodeaban no exentos de cierto temor; pues habían escuchado que esos hombres podían enfurecerse repentinamente como los locos y mientras se los creía tranquilos, atacar a los presentes a la manera de las fieras, así que la gente, observando todos los movimientos de los Caaiguá, estaba lista a poner pies en polvorosa. Pero no hubo tal necesidad, porque nuestros padres, desconfiando de influir sobre aquella gente con razones, prudentemente recurrieron a la ayuda divina. Les pareció bien mostrar a los huéspedes el relicario que contenía un trocito de los huesos de San Javier, para que sintieran el poder del Patrono de los Indios; porque suponían, inteligentemente, que en los cielos habría aumentado el amor de Javier, quien, mientras viviera, deshacíase por conquistar las almas de los bárbaros. Los salvajes tocaron el relicario; se les inmutaron los semblantes, señal del cambio de su espíritu, y se mostraron tan razonables que prometieron volver otra vez y contar a sus compañeros todo lo que habían visto. Y esta es no poca gloria para San Javier, cuyos huesos conservan después de tantos años el poder con el cual él subyugaba a los salvajes mientras viviera. En realidad, muchas veces afirmaban los padres, por pura modestia, que Javier, mudo y en efigie, podía más que las vivas virtudes de los demás. Desde aquel momento los salvajes escucharon con avidez los sermones sobre Dios y con su expresión atenta y con su deseo de escuchar demostraban claramente que tenían el alma dispuesta, por el cielo, a llegar a la virtud. Abandonada toda sospecha, aceptaban de buena gana los alimentos de manos de los padres; pero éstos lamentaban no poder explicar los sentimientos del alma, ni satisfacer completamente las preguntas, por su ignorancia de la lengua y por las pocas luces del intérprete. Por otra parte, como no hay duda de que el alma de cualquiera se conquista con los continuos beneficios, los padres se conciliaban el afecto de los salvajes con buenas acciones. Todos recibieron generosos regalos de los padres, delante de los cuales demostraron su alegría como suelen hacerlo en las fiestas. Era divertido verlos estupefactos al escuchar el sonido de la campana de bronce, semejante al trueno, pues se maravillaban que tan pequeña mole pudiese emitir una voz tan poderosa. Pero aún más divertido fue ver a estos salvajes, acostumbrados sólo a los rugidos de los tigres, saltar al ritmo nunca antes escuchado de la música e imitar abiertamente a los muchachos convertidos, danzando al son de los instrumentos músicos. Ya no me maravillo del cuento de los poetas, según los cuales las piedras y las fieras eran atraídas por las melodías de la lira de Orfeo, si estos muchachos aquí hacen lo mismo. Los padres adornaron con ramos y flores la embarcación en la cual iban a viajar los indios que querían volver a su territorio. Con estas manifestaciones exteriores querían atraer, de ser posible, a esos bárbaros, los cuales, después de haber prometido que volverían, se fueron el mismo día de su llegada. Desde entonces los padres no perdieron ocasión alguna para mostrarse favorables a esa gente. Cosa que los salvajes sabían muy bien, porque cuando se divulgó la noticia de que ciertos habitantes indisciplinados del pueblo de Santa María la Mayor habían irrumpido en el territorio de los Caaiguá, según la vieja costumbre hostil, nuestros padres castigaron severamente a los culpables.

Luego el padre Pedro Alvaro se entusiasmó con renovado ardor, proyectando franquear las tierras de los Caaiguá y propagar la ley de Cristo en esa nación que es la más bárbara entre todas. Obtuvo el permiso del padre Pedro Romero, en aquel entonces Superior de las Misiones y ahora mártir ilustre, y acompañado de algunos indios emprendió viaje desde el pueblo de indios conversos Acauaia y, pasado el Paraná, se internó en selvas tupidas sólo transitables por los tigres. Se abrió camino a través de aquellas espesuras con tanto esfuerzo y trabajo que al poco tiempo la sotana se le desgarró en jirones entre los matorrales espinosos, tanto que apenas estaba cubierta la desnudez de su tronco. El resto del viaje fue sumamente incómodo y peligroso; el padre debió vadear ríos, entrando en el agua hasta el cuello con la ropa puesta, cruzar pantanos bajo torrentes de lluvia y echarse a dormir donde se veían huellas de tigres y había cadáveres semi devorados por las fieras.

Después de un viaje de nueve días este ilustre cazador de almas entró en las grutas de los hombres salvajes y, por intermedio del intérprete, obtuvo que los dieciocho que allí se encontraban, aceptaran ser convertidos y lo siguieran. Y no abandonaron de mala gana sus lugares pues estaban tan aterrorizados por los ataques de los tigres, que consideraban casi imposible poder sobrevivir en aquellas selvas. Contaban que, poco antes de la llegada del padre, los tigres habían destrozado a dos hombres, y tres mujeres habían muerto por picaduras de víboras. Cuando el padre se informó con respecto a las tribus vecinas, resultó que no mucho tiempo antes había llegado un cristiano desertor de los Ibagobios, quien persuadió a muchos de los Caaiguá a que lo siguieran y los condujo a lugares accesibles sólo para los mismos habitantes de las selvas, porque el camino es intransitable, cruzando montañas abruptas, en regiones infestadas por tigres y antas, y no se sabía exactamente dónde se habrían establecido. Después de haber escuchado todo esto, el Padre Alvaro preparó el retorno, pues sus fuerzas se habían debilitado por haberse alimentado sólo de bayas y de yuyos silvestres. Con la feliz adquisición hecha, desandó su camino con los mismos esfuerzos y penurias. Iba casi descalzo y semidesnudo, porque por todos lados encontraba arroyos y ríos que debía pasar vadeándolos o a nado. A menudo sufría duramente, casi desfalleciendo por el frío y por el hambre; a cada rato se le doblaban las rodillas y, cansado por las espinas que lo hostigaban continuamente, se desplomaba cuando el terreno resbaladizo o abrupto le hacía fallar la pisada. Todos estos sufrimientos él los sobrellevaba con ánimo no sólo tranquilo, sino fijo en Dios; pues se sentía tan feliz por su nueva conquista (de las almas) que se lo veía recobrarse gozoso cada vez que se enredaba en las zarzas o se golpeaba y hería los pies con las piedras, o cuando las lluvias lo empapaban, o se había quedado aterido por el frío y el hambre, donde no había consuelo humano alguno. Superadas a duras penas las dificultades del camino, durante tres semanas de viaje, al fin llegó a su pueblo completamente exhausto, pero, por gracia de Dios, con sus compañeros sanos y salvos. Y habiendo comprobado que la gente Caaiguá, sacada de sus sombras nativas, muere en seguida, como los peces fuera de su elemento, no vaciló en tentar inmediatamente ver con qué ánimo iban a aprender por fin los fundamentos de la doctrina cristiana. Encontró que eran ineptos para retener y obtusos para comprender claramente. Sin embargo, recordando la Divina Clemencia que quiere salvar a hombres y brutos, sin perder tiempo le preguntó a cada uno si creía en los misterios de Cristo: diciendo ellos que sí, empezó a bautizar a los que querían. Poco después murieron todos, sin excepción. Cuando Pedro Alvaro vio todo eso, después de tan grandes penurias sufridas en el viaje, se alegró de que el manojo de la mies, recogido por él, fuese digno de ser trasladado al granero del Eterno Padre. Y se consolaba del número reducido, pensando que no sólo es glorioso hacer muchas cosas por amor de Cristo, sino también sufrir mucho haciendo poco.

Luego nunca más se acercaron los Caaiguá hasta este año; pues, habiendo aparecido los ladrones Mamelucos para llevárselos, y temiendo que una vez subyugada aquella gente asaltarían a nuestros neófitos, unos seiscientos indios del Paraná, a los cuales se agregaron dos de nuestros padres, en el mes de marzo próximo pasado salieron en reconocimiento. Y sucedió que entraron en las selvas de los Caaiguá justamente cuando los ladrones Mamelucos se preparaban a llevarse a aquella gente. Los nuestros tomaron las armas y poniendo en fuga a los bandidos, liberaron de la esclavitud a unos sesenta Caaiguá y los condujeron, cargados de los despojos de los Mamelucos, a los pueblos de los neófitos. El Padre Superior de todas las reducciones asignó este grupo de Caaiguá al pueblo en el cual me encuentro y los confió a mi cuidado. Con un viaje de dos días me fui a su encuentro con caballos y carros, llevándolos a casa a todos incólumes, con gran alegría mía. Era divertido ver a esta gente maravillarse de todo; pues nunca antes habían visto ni caballos, ni carros, ni bueyes, en una palabra, nada, fuera de sus bosques y creían, si no me equivoco, que nosotros habíamos nacido con sombrero y zapatos puestos, porque iban tocando con admiración nuestros calzados y polainas. Por cuatro meses me ocupé asiduamente de ellos y a fuerza de buenos tratos se han vuelto mansos antes de lo esperado, de tal manera que parecen dispuestos a amoldarse, dentro de poco, a las costumbres de nuestros neófitos. Me arreglo con ellos por intermedio del intérprete ya mencionado y con su ayuda compuse un breve catecismo. Hasta ahora murieron sólo tres adultos y cuatro niños, todos después de haber recibido el bautismo. Encontré que esta gente no tiene palabras para significar Dios y elalma humana. No tiene objetos sagrados ni ídolos. Por esta razón creen fácilmente lo que la fe nos enseña acerca de Dios. Los demás que viven, gozan de buena salud y me pidieron todos que volviera a sus tierras para invitar a las demás gentes. Esto me indujo a pedir fervorosamente a mis superiores que me encomendaran esta misión y por fin obtuve su permiso. De esta manera, si Dios quiere, en el próximo mes de setiembre marcharé con unos sesenta neófitos a sus tierras, que distan sesenta leguas de aquí.

Ruego a Dios Todopoderoso que me ayude y que por fin pueda yo conducir a esta gente al redil de la Iglesia, cosa que espero llevar a cabo, siempre que no lo impidan mis pecados.



 

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