En tren de cotejar nuestra historia con la realidad que nos circunda hoy y que se proyecta al futuro electoral y el pos 2023, podemos pulsar algunas conclusiones.
No se podrá estar mejor si no se construye cultura democrática, para lo cual se requiere institucionalidad. Esa misma institucionalidad de la que carece hoy el Paraguay debido a los reflejos latentes de dictaduras pasadas y los efectos cada vez más presentes de retrógrados caciquismos de billetera y prepotencia.
La institucionalidad exige un Legislativo que piense en la ciudadanía y no en la defensa a ultranza de los intereses de traficantes de negocios sospechosos; un Poder Judicial de magistrados sabios y honrados; un Ejecutivo libre de deudas políticas a pagar con anuencias para saquear el Estado.
Institucionalidad significa que la Policía proteja a los ciudadanos y no a los delincuentes; que el Ministerio Público sirva al Estado y no a un grupo empresarial con ramificaciones políticas; que los organismos de control impositivo persigan a los evasores y no a los pocos honestos que pagan sus impuestos; que los usureros no tengan la libertad de blanquear su fortuna con el libre uso de ciertos circuitos financieros.
No se podrá estar mejor si no se revierten drásticamente las oprobiosas estadísticas en la educación que nos arrojan a la cara un 5,5 por ciento de analfabetos absolutos y alrededor del 80 por ciento de analfabetos funcionales. Para impedir el avance de esto se debe sanear el Ministerio de Educación y Ciencia, viciado con el tósigo del partidismo que lo inocula de burócratas y lo vacía de maestros sabios.
En nuestro sistema educativo la burocracia es una lacra que obliga al docente, por ejemplo, a llenar largas y tediosas planillas, lo que le hace perder un tiempo valioso que debería dedicar a investigar, ampliar sus conocimientos y enriquecer el contenido de sus clases.
No podremos estar mejor mientras el sistema sanitario tenga como base la solidaridad vecinal organizadora de polladas. En tanto, la corrupción evita la existencia de medicamentos en los hospitales públicos y deja caer la infraestructura física y tecnológica de los centros sanitarios.
No podremos estar mejor hasta tanto prácticamente la mitad de nuestra economía se mueva en negro para solaz de traficantes, lavadores y políticos sinvergüenzas que se niegan a rendir cuentas del origen del dinero que financia sus campañas.
No podremos estar mejor con el aumento exponencial de la pobreza extrema, cuyas cifras ya escapan a las estadísticas.
Y difícilmente podamos estar mejor porque quien eso nos promete hoy es del signo que originó, justamente, la situación que sufrimos.


