ROSARIO DE HISTORIAS
Por Dr. ALEJANDRO ENCINA MARÍN
aencinamarin@hotmail.com
CAPÍTULO I
La fundación
Corría junio, frío y ventoso como un anticipo del “veranillo de San Juan”, en 1787, cuando la expedición dispuesta por don Pedro Melo de Portugal, coronel de los Reales Ejércitos, gobernador, intendente y capitán general de la Provincia del Paraguay, transcurrió desafiando los vientos que hacían restallar las velas de la goleta que había zarpado días atrás de Asunción, conforme con las órdenes del capitán general de la Provincia del Paraguay, a los efectos de realizar diligencias tendientes a la formación de una población de españoles a unas treinta o cuarenta leguas de la capital.
Despuntaba el alba cuando la embarcación superó la cuarta gran “cancha” del río Paraguay a partir de Asunción con rumbo a noroeste. La orden de don Pedro con el sello de sus armas, y refrendada por el notario y escribano público de su majestad y de Gobierno, Manuel Bachicao, comisionaba al comandante don Roque Acosta a que —con asistencia de don José Mongelós, nombrado síndico procurador de la ciudad— practicara diligencias judiciales de mensura, deslinde y amojonamiento de tierras que poseían los vecinos, señalando a cada uno el lugar donde debían permanecer.
El comandante don Roque Acosta tenía instrucciones de oficializar la fundación en la que reparte, amojona y da posesión de los terrenos a los vecinos de la nueva población.
Don Roque oficializa la fundación del nuevo grupo y con el ritual de estilo —mandobles al aire, cortes de ramas de los árboles silvestres y, por supuesto, oraciones— dio por sentada la VILLA DEL ROSARIO DEL CUAREPOTÍ (KUAREPOTI) con el nombre oficial de Villa de San José del Yvyracapa y Puesto de Cuarepotí, denominación de un riacho que nace en el estero Jetyty y tras sesenta kilómetros —una parte de ellos paralelo al río Paraguay— desemboca en el hoy Puerto Rosario, uniendo su cause al del Gran Río.
La nueva villa nació de la urgencia paraguaya de asentar su soberanía sobre las extensas y ricas regiones del Norte, disputadas por los portugueses y sus aliados: los indios mbayás, sirviendo a partir de su asiento como punto de convergencia de todos los pobladores españoles que, partiendo de las tierras de Limpio, Tapúa y Arekaya, dejaron sentado que todo este territorio sería desde entonces agrícola y ganadero, para lo cual establecieron inmensas estancias y grandes chacras en aquella bellísima zona, abundantemente regada por ríos y arroyos.
En algún momento, la instalación de estos pobladores inquietó la suspicacia del cabildo indígena de San Estanislao, resto de lo que antiguamente fuera llamado “el otro Paraguay”, es decir, el de las Misiones Jesuíticas, que no siempre guardó buenas relaciones con el Paraguay español, cuya capital era la Asunción.
Los primeros pobladores de la villa estaban unidos entre sí por lazos de parentescos consanguíneos o afines, razón por la cual por entonces nacientes iniciaba toda una tradición de unidad e hidalguía entre sus habitantes y nunca desmentida en los años de historia que lleva vividos.
La GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA consolidó económicamente la población, basada en la gran riqueza forestal y agrícola de la zona, en la cual llegaron más tarde a afincarse en el lugar numerosas familias europeas cuyos descendientes están recordados hasta la fecha en los registros públicos de la ciudad. Aportando datos de mi vivencia personal, debo recordar que a mi llegada, en 1946, el pujante puerto maderero de Rosario tenía una población activa con un comercio alimentado y, a la vez, proveído por todas la poblaciones del hoy departamento de San Pedro, y que los nombres y apellidos de la zona presentaban un mosaico internacional de descendientes de los principales países europeos, inclusive rusos y alemanes, sirios y libaneses, portugueses, griegos y naturalmente españoles.
En 1931, cuando ya de la mano de mi padre se organizaba el catastro de Puerto Rosario, fue un vecino procedente de la península ibérica, don Luciano Vidal, el titular de la primera escritura traslativa de una fracción urbana en el puerto. Hay numerosos apellidos que prácticamente poblaron la zona, generando la formación de conglomerados de parentesco con diferentes ramas características del lugar. Tengo muy presente un apellido, OLMEDO, cuya unión con diferentes ramas dieron característica familiar a la zona: la unión del citado Luciano Vidal con la señora Ana Olmedo dio andamiento a la rama Vidal-Olmedo, cuyos hijos (cuatro) fueron heroicos combatientes en la Guerra del Chaco; por otro lado, se conformó la familia Parini-Olmedo, que más adelante ocupara un lugar de privilegio y respeto inclusive en nuestra
capital.
Otra dirección tomó la familia Mallén-Olmedo, cuyos descendientes ocuparon cargos importantes en la administración y la diplomacia, tales como el Viceministerio de Obras Públicas y la representación diplomática del Paraguay en la República Argentina.
Desarrollaron también importante gestión económica en el rubro de maderas y ganado, los señores Marengo-Olmedo y estimo que se me ha escapado todavía alguna rama más, particularmente importante.
El apellido Caballero, por otra parte, tiene importante afincamiento en toda la zona de Rosario. Recuerdo haber conocido a don Domiciano Caballero, quien se identificaba por su parentesco con el general Bernardino Caballero.
Lo mismo que don Norberto Caballero, por muchos años juez de Paz de Puerto Rosario.
El mismo nombre de Rosario está ligado a otra rama: la familia Caballero y Añazco, ligada con el prócer de la libertad capitán Pedro Juan Caballero y accidentalmente con la rama directa de mi familia, ya que mi bisabuelo don Agustín Encina, manco glorioso de Avay en la Guerra Grande, se casó en primeras nupcias con una señorita de nombre (...) de Caballero y Añazco, la que al fallecer le permitió a don Agustín renovar su vínculo familiar contrayendo segundas nupcias con la hermana de su primera esposa, doña Rosalía de Caballero y Añazco.
Esta familia era la propietaria titular de la imagen de la Virgen del Rosario que se tuvo en la villa, siendo patrona de numerosas compañías como Ykua Mbocaja, Arazapety, Santa Rosa y toda la extensión del riacho que hizo que fuera reconocida como Puesto de Cuarepotí.
Hoy en día, todas estas compañías, además de Ñandu kua’i, Costa Puku, cuentan no solamente con escuelas primarias y su gente, laboriosa, cuenta con diversos cultivos y un sinnúmero de animales domésticos, por lo que conviene que por su belleza y desarrollo tengan también como respetuosa subdenominación el nombre de Oasis del Norte, rodeada como está por el río Paraguay y el Cuarepotí, además de grandes esterales y bañados que hacen fértiles grandes establecimientos ganaderos de primer nivel, y que hoy ya concluida la ruta asfaltada es de fácil acceso para conocer una zona de gente trabajadora y culta, merced a los colegios secundarios esparcidos por toda la jurisdicción.
A más de los apellidos recordados más arriba, conviene establecer que también está muy difundido el apellido CARRILLO, ante el hecho que don Carlos Antonio López fuera confinado por el dictador Francia a su estancia en Tajy Karê, ubicado a menos de dos leguas de Puerto Rosario, sobre el río Paraguay, de donde no es descabellado afirmar que la unión del Primer Presidente con doña Juana Pabla Carrillo, del que fuera fruto el Mariscal de Acero, da también lustre a esta zona del país.
CAPÍTULO II:
Próceres de la patria
Aun cuando resulte difícil no olvidar a numerosas celebridades civiles vinculadas con Rosario, es bueno recordar a algunas de ellas que estuvieron ubicadas en lugares cruciales de nuestra política y del desarrollo de la patria. Muy pronto surgieron dentro del Paraguay independiente numerosas personalidades que ocuparon sitios de honor en la conducción del Paraguay y que instalaron también dentro de su legislación figuras novedosas en la democracia del mundo, y que también fueron instrumentos de franco progreso en América con instituciones e inventos y descubrimientos que honraron a paraguayos y extranjeros afincados dentro de nuestra geografía.
En este sentido, conviene arrancar del recuerdo de don Carlos Antonio López, primer presidente de la República del Paraguay, respaldado por la Constitución Nacional. Como ya lo recordáramos antes, don Carlos A. López, en forma fortuita, fue a dar por algunos años a la zona de influencia de Rosario, en Tajy Karê.
Se recordará que nuestro principal gobernante del siglo XIX, destacado por su ilustración y su impulso progresista, tiene como galardón de su capacidad el hecho de haber sido confinado a su estancia por el dictador Rodríguez de Francia.
Solemos acostumbrar la alabanza de don Carlos como hombre que impulsó el progreso del Paraguay, en forma que mereció la admiración y el respeto de países del viejo y el nuevo continente. No fue solamente su ilustración la causante de su confinamiento, sino la capacidad de aplicación de sus conocimientos para realizar el tremendo esfuerzo económico para impulsar nuestro desarrollo.
Don Carlos recibía, con la periodicidad propias de las distancias y los medios de comunicación, publicaciones periodísticas y libros que, a casi un siglo de la Revolución francesa, circulaban por el mundo como una gran novedad y eran conocidos como sus exposiciones sobre los principios de la Revolución francesa: la libertad, el principio de igualdad entre todos los seres humanos y la paz como principio del progreso y modo fundamental de dotar a los países independientes de un régimen de respeto y fraternidad como clima fundamental para estimular el comercio y la instalación de principios políticos y científicos que nos ubicaron entre los primeros países que enarbolaron el pabellón del desarrollo en todo lo científico.
Accidentalmente, desde Félix de Azara en adelante, por impulso de las ideas políticas, muchos fueron los sabios involucrados en la vida científica de Europa que vinieron a la arcadia paraguaya en procura de reposo para sus espíritus inquietos, convirtiendo a nuestro país en el centro del descanso de los espíritus políticos, y en la base también de la expansión de numerosas instituciones ligadas con la ciencia y las matemáticas.
Mucho antes que otros países que con el tiempo se convirtieron en verdaderos paladines de la libertad, la democracia y, por sobre todas las cosas, de la igualdad de los seres humanos, don Carlos impulsó algunas instituciones como la libertad de vientres, que implicaba que todos los hombres, aun los hijos de mujeres sometidas a la esclavitud, nacieran absolutamente libres y sin cargar con las gruesas cadenas de la esclavitud.
Solo la ilustración de don Carlos y su afán de igualdad cívica, política y social lo llevaron también a imponer en su gobierno la fórmula constitucional de un Estado constituido por tres poderes independientes.
Es así que de nuestro país partieron ideólogos que, tras sacudir el dominio de reinos europeos y potencias americanas importantes, justificaron el alejamiento de López por el Supremo Dictador, arrumbándolo en Tajy Karê, donde solamente su afán de estudio y su contacto con las ideas que se desarrollaban en el mundo dejan justificada la medida de fuerza del Supremo, para alejarlo de Asunción, que por entonces era el único centro de difusión de ideas que en lo político pudiera inquietar las formas de gobierno férreas y sin admisión de cambios, que pudiera apuntar a la democracia.
No cuento con ninguna prueba instrumental de la época para sostener algunas cosas en las cuales solamente la lógica acude en mi favor: instalado don Carlos en la cercanías de Villa y Puerto del Rosario, no sería extraño que tuviera vinculación social con la gente afincada en las riveras del Cuarepotí, desarrollando un importante movimiento político y social con las gentes que integraban la población rosarina.
De hecho, mi principio lógico de que don Carlos conviviera muchos días y muchas horas con la población rosarina, y en algunos documentos oficiales se recuerda —y lo he leído— que uno de los apellidos “patricios” del lugar era el de la familia Carrillo, así como hay textos que recuerdan a personas que llegaron a unir los apellidos López y Carrillo, haría también probable que el mariscal Francisco Solano LÓPEZ CARRILLO fuera el producto de una relación surgida del contacto del confinado con las familias importantes de Rosario y en particular con la familia de aquella gran dama, madre sufrida del Mariscal, que se llamó doña Juana Pabla Carrillo de López.
Los avatares bélicos que dominaron la vida de nuestro país y la depredación documentaria sufrida con motivo de la llamada Guerra Grande provocaron que ni siquiera ahora podamos seguir escarbando en archivos y antiguas bibliotecas para esclarecer puntos tan interesantes como este, en el que dentro de nuestra imparcialidad querramos honrar a Rosario con el nacimiento de nuestro héroe máximo en las proximidades del río o en la pendiente-lomada, en cuya cúspide se hallaba ubicada la villa.
Muchas discrepancias se suscitaron recientemente con respecto a las circunstancias que rodearon la muerte del Mariscal López. Creemos que hay textos de reciente publicación, como el de la Dra. Milda Rivarola —una compilación que más que nada sirve para revelar su auténtico espíritu de investigadora—, que agotaron el tema con la transcripción de las versiones dadas por diversos protagonistas cerca al ignominioso episodio del prácticamente asesinato de nuestro HÉROE.
La palabra asesino tiene una lejana raigambre que alcanza a las épocas de las Cruzadas, cuando un caudillo oriental conocido con el nombre de “el viejo de la montaña” contrataba mercenarios para enfrentar a los cruzados y estimulaba el ánimo guerrero distribuyendo entre sus contratados raciones de haxix y, a la vez, proporcionaba buena paga a los haxixin (mercenarios drogados), quienes cometían con gran ímpetu y mayor espíritu de crueldad contra los que ellos llamaban infieles. Todas las lenguas neolatinas absorbieron que el nombre que otorgaron los contemporáneos a quienes quitaban la vida a sus adversarios por paga o promesa remuneratoria, definición que dio base al que comete homicidio con afán de lucro, que reserva para ellos el nombre de “asesino” en nuestro idioma español.
En lo que a nosotros nos interesa, es bueno señalar que de los textos recogidos por la Dra. Rivarola surge el recuerdo unánime de la importancia de Villa y Puerto Rosario durante la Guerra Grande. Comenzamos sentando la importancia de la zona en la retirada sin fin del ejército del Mariscal y de un anecdotario frondoso que, por ser tal, no vamos a copiar íntegramente; sin embargo, recordamos que en San Estanislao se registraron numerosos episodios que la tradición popular transmite hasta ahora.
Transcribiendo un “diario del ejército brasileño” obtenido de la biblioteca Do Exercito Brasileño, Milda Rivarola extrae del diario un párrafo que pertenece al informe del vizconde Alfred D’Escragnolle Taunay, correspondiente al miércoles 2 de marzo de 1870. El tal diario registra el siguiente párrafo: “El General José A. Da Silva Guimaraes participó por telegrama que debe llegar mañana, con la fuerzas de Curuguaty a Villa del Rosario…” (Milda Rivarola - La Muerte del Mariscal López).
En el mismo trabajo, nuestra empeñosa investigadora, en la página 51, recoge la anotación pertinente al domingo 6 de marzo de 1870, que reza: “A las 12 y media llegó su Alteza al Puerto de Rosario y trasbordando, subió por el arroyo Kuarepoti hasta Villa del Rosario, donde fue recibido con insuperable entusiasmo. La gran noticia había llegado allí a las 6 de la tarde de antes de ayer, y causó verdadero delirio en la oficialidad y la soldadesca que espontáneamente iluminaron sus campamentos, y marcharon por el pueblo con bandas de música al frente”.
Del mismo modo, en la página 74 de la obra de referencia, haciéndose cargo del contenido de una obra del general brasilero Dionisio Cerqueira, Reminiscencias da campanha do Paraguai, la Dra. Rivarola recoge un párrafo tan honroso como doloroso que transcribimos in extenso:
“En el ardor del combate que duró poco, el Teniente Coronel Martins de la Caballería riograndense, se arrojó con la espada desenvainada contra un joven Coronel paraguayo, que defendía un carruaje donde estaba una señora. Cruzáronse las espadas, y ella, la Mme. Lynch, gritaba desesperada “ríndete Panchito hijo mío”. Y el seguía peleando bizarramente como un valiente hijo de esa tierra de bravos… Martins más fuerte que él, lo mató. Era el primogénito de López. Cuando la noticia del gran acontecimiento llegó al CAMPAMENTO DEL EJÉRCITO EN ROSARIO vi en medio de VIVAS e himnos de alegrías, deslizarse silenciosas lágrimas por los adustos rostros de los prisioneros de guerra. PARA MÍ ERAN SINCERAS, PORQUE LAS ALMAS DE LOS VALIENTES NO SABEN MENTIR”. (Milda Rivarola - Ob. cite).
Las transcripciones de lo anotado por los militares brasileños sobrevivientes dan cuenta de que los hechos dantescos de los crueles perseguidores también calaron muy hondo en sus corazones y con la hidalguía propia de la profesión militar no quisieron dejar en vano el conocimiento de sus impresiones que, igualmente que Cerqueira, creemos auténticas.
Fuente:Suplemento Cultural de ABC Color
www.abc.com.py
Domingo, 20 de Enero de 2013
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