ALEJANDRO ENCINA MARÍN (+)

Foto de ALEJANDRO ENCINA MARÍN (+)
Nacimiento:
25 de Mayo de 1931

Fallecimiento:
22 de Junio de 2017

DE ZARZUELAS Y OPERETAS (II) - CRÓNICA DE UNA TEMPORADA DE MÚSICA Y DE ALEGRÍA - Por Dr. ALEJANDRO ENCINA MARÍN - Domingo, 16 de Febrero de 2014

DE ZARZUELAS Y OPERETAS (II) - CRÓNICA DE UNA TEMPORADA DE MÚSICA Y DE ALEGRÍA - Por Dr. ALEJANDRO ENCINA MARÍN - Domingo, 16 de Febrero de 2014

CRÓNICA DE UNA TEMPORADA DE MÚSICA Y DE ALEGRÍA


 DE ZARZUELAS Y OPERETAS (II)


Por Dr. ALEJANDRO ENCINA MARÍN




Prosiguiendo con la temporada del Teatro Municipal, desde La del soto del parral y Agua, azucarillos y aguardiente, el ritmo y la picardía aumentaban con La verbena de la Paloma, de música ágil y versos con mucha gracia, sobre una joven del barrio de la Virgen de la Paloma, rodeada de pretendientes celosos y deseosos de llevarla a la verbena.


Acompañada de un señor de alguna edad, se cruza en los alrededores de la verbena con su novio; en ese punto, luego, con el apoyo del «telón literario», se cantaba una copla que quedó como muy conocida en nuestro medio:

Dónde vas con mantón de Manila,
dónde vas con vestido chinés...
Y la respuesta de la dama:
Voy un rato a mirar la verbena,
y a meterme en la cama después...
Y tras estos versos picarescos, el novio insistía burlonamente:
Y quién es ese chico tan guapo…
A lo que la damisela contestaba:
Es un hombre que tiene vergüenza
y también lo que hay que tener... (y aquí ella frotaba el pulgar y el índice con ese leve movimiento que significa «dinero»).

Esta escena hilarante promovía el gozo del público, que cantaba los versos con gran entusiasmo. Encontré ese mismo entusiasmo cuando, en Madrid, presencié la zarzuela (dos o tres veces) en mayo, en los días de la fiesta de la Virgen, en una suerte de baldío en la parte antigua de la capital española, donde antes se guardaban las mulas que tiraban de los carros y de los carruajes suntuosos de la época anterior al automóvil. «La Corrala», como se llamaba al lugar por su uso anterior, estaba rodeada totalmente de casas de varios pisos, alquiladas por piezas y que por eso reciben el nombre de «conventillos». Cuando llegaba la parte del coro, los titulares de las habitaciones asomaban cada uno a su balcón para entonar las estrofas con tanto entusiasmo como el que yo había visto en las butacas del Municipal.

Era tanta la receptividad del público en Asunción que La verbena de la Paloma se presentaba en funciones dobles, alternando así las primeras voces, masculinas y femeninas, de Victoria Sportelli y su reemplazante prevista, y de Luis Sagi-Vela y Reyes Millán, menos famoso pero cuya estampa de torero hacía fácil el aplauso del público hasta rondar la idolatría en las funciones de «matiné dominical» en las que el entusiasmo del goce popular igualaba al de la auténtica verbena madrileña.

Luisa Fernanda hacía gozar a las niñas elegantes que concurrían a verla en nuestro Teatro. Tenía dos momentos estelares cuyos respectivos coros cantaba el público con gran pasión. En una escena de espectacular elegancia, los protagonistas, Carolina y Javier, acompañados por un coro de «pollos» (jóvenes galanteadores) y damiselas, cantaban la «Mazurca de las sombrillas»:

A la sombra de una sombrilla
de encaje y seda
con voz muy queda
canta el amor
A la sombra de una sombrilla
son ideales
los madrigales
a media voz...

El revolear de las sombrillas y de las faldas de las niñas hacía inolvidable esta escena. Más adelante, sin embargo, debía competir con otra, de marcado corte sentimental, cuando una de las actrices principales despedía a su novio, que marchaba a la guerra, con el coro que luego acogía el público con entusiasmo:

Y el soldadito
le contestaba
«Paloma mía,
yo he de volver
y en nuestras bodas
serán las arras
los entorchados
de brigadier».

Y allá se queda
sobre un ribazo,
con el pañuelo
diciendo adiós
la prometida
del soldadito
hasta que apenas
se ven los dos…

Estas dos obras, que aumentaban la aceptación y la alegría del público, hacían subir el nivel programático y pasar de las zarzuelas a las operetas; música y vestuario subían de categoría con dos obras que, sobre todo en sus repeticiones, promovían una disputa general para conseguir entradas. Llenas de valses al estilo de Strauss, compuestos por Franz Lehár, El conde de Luxemburgo, y sobre todo La viuda alegre, con ropa de etiqueta, uniformes cargados de condecoraciones y escenas en palacios y embajadas europeas del siglo XIX, por el aplauso que suscitaban ponían en peligro las estructuras de madera del Municipal, sobre todo las situadas a más altura, donde el entusiasmo no tenía límites, en especial a la hora del canto de los coros por el público apiñado en esas zonas. Las escenas de fiestas llevaban al súmmum a las damas, y el director de la compañía echaba mano de las mejores voces para estas piezas, que no por tener menos españolería causaban menos admiración; eran, además, ritmos conocidos por haberlos introducido Madame Lynch en las épocas de gran brillo previas a la Guerra de la Triple Alianza.

A esta altura conviene recordar un par de detalles que ponen de manifiesto la aceptación no solo del público español, sino de la alta sociedad paraguaya: los palcos centrales reservados a las autoridades de los Poderes del Estado y de la Intendencia Municipal estaban siempre repletos, con refuerzo de la cantidad de sillas que colmaban cada repartición.

Y en hablando de palcos, debemos recordar que un alto jefe militar, comandante de la Primera División de Caballería, prendado de las dotes de Victoria Sportelli, parecía tener abono para toda la temporada en el primer palco, prácticamente instalado sobre el mismo proscenio, desde donde, además de los canastos de flores que noche a noche enviaba a la soprano para engalanar el escenario, arrojaba apasionados claveles rojos. La Sportelli le respondía lanzando en exclusiva sus óbolos florales al comandante, que no se revelaba como tal, porque no llevaba uniforme, sino elegantes trajes civiles que lo hacían aparecer casi como un participante de la opereta que recibiera también los aplausos de la concurrencia.

Luego de estas dos operetas de brillo singular, concluía la temporada con dos únicas presentaciones, sin repetición, de otras dos producciones de tono marcadamente picaresco y en las que la primera actriz salía con una indumentaria reducida que podíamos calificar como liviana de ropas y precursora de los bikinis y los tops de nuestro tiempo.

En Las corsarias y, como gran final, en La corte del faraón, lo reducido del ropaje permitía a Victoria lucir todas sus dotes naturales. La admiración del comandante y la concurrencia masculina aumentaron inusitadamente, como es de presumir, máxime cuando el periódico de mínimas hojas y gran distribución dominical publicado por algún departamento del Arzobispado, Acción, que evaluaba las películas y espectáculos de la semana, advertía del carácter de estas dos obras con el calificativo de «escabrosas». La concurrencia de algunas damas curiosas o celosas, que acompañaban a sus maridos aún con cargo de llenar los confesionarios en las previas de las misas de los domingos siguientes promovía un chismerío infernal en la capital.

Recordamos la escena en la que una bailarina babilónica, Sul, la soprano principal, luciendo todas sus bellas dotes femeninas, como ya se dijo, poco cubiertas, se dirigía al faraón con lo que pasaba a ser el coro:

Ay ba, ay ba,
Ay, babilonio que mareas…
Ay ba, ay ba
Ay, vámonos
pronto a Judea…

Estas frases, acompañadas de movimientos de danza atrevidos para la época, eran aplaudidas por el público con riesgo de destartalar el recientemente remozado teatro oficial.

Recuerdos asociados a recientes pantalones largos y a ocultos obsequios de mi padre para satisfacer el precio ligeramente alto de las entradas me califican para señalar el impacto social de aquella temporada de espectáculos. Incurriendo en una vulgaridad, diría, «a esta altura del campeonato» o de la vida en que todavía somos algunos los sobrevivientes que añoramos la «temporada», que estoy seguro de que, si volviera, el público, hoy más desenfadado, acudiría a llenar al teatro y quizá necesitaría un escenario aún mayor –y este bien podría ser el de los jardines ribereños del Palacio de Gobierno, que al decir español, «es hoy lo que se usa».



Fuente:Suplemento Cultural de ABC Color

www.abc.com.py

Domingo, 23 de Febrero de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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