SUPERSTICIONES, TIRANÍAS, LOCURA
Juntas suelen presentarse en la historia, como si hubiera una fuerza gravitatoria que las mantuviera vinculadas.
Afirma Frazer que las religiones primitivas eran más democráticas que las modernas, porque el ser humano no distinguía demasiadas diferencias con los seres sobrenaturales en quienes creía. Y esto es tan certero como evidente con solamente observar la descripción de aquellos dioses, provistos de nuestras mismas humanas virtudes y defectos. Eran elevados y desalojados de los altares y de la adoración, igual a como hacemos actualmente con líderes y autoridades políticas, y en la cultura del espectáculo, con los artistas pop.El Dios único, omnipotente, infinito e inefable, desprovisto por completo de características humanas, es una idea demasiado abstracta para aquellas culturas; sólo el humano civilizado puede ir concibiéndola de a poco. El politeísmo fue un paso intermedio que siguió al animismo primitivo y precedió al monoteísmo, el cual persiste actualmente en su segunda fase evolutiva: la de las religiones organizadas, que generan algunas formas de locura también organizadas, como el terrorismo islámico.
Entre los precursores de la igualdad de género cuento yo a la religiosidad de los antiguos romanos, pues fueron ellos los que, al adoptar y enriquecer al politeísmo griego, expulsaron a Plutón del Olimpo e incorporaron en su lugar a Vesta, la única diosa virgen del panteón, resolviendo el problema de la cuota femenina. Los doce máximos Dii majorem gentium quedaron integrados con seis masculinos y seis femeninas, a saber: Júpiter (Zeus), Juno (Hera), Mercurio (Hermes), Minerva (Atenea), Apolo o Febo, Venus (Afrodita), Marte (Ares), Diana (Artemisa), Neptuno (Poseidón), Ceres (Deméter), Vulcano (Hefesto) y Vesta.
Los griegos y romanos clásicos multiplicaron sus dioses menores hasta cantidades enciclopédicas, literalmente, pues un diccionario mitológico regular recoge más de 800 personajes griegos, número que los romanos incrementaron en unos 150. A los dioses tutelares se sumaron genios, manes, nereidas, harpías, centauros, sátiros, hipogitos, cíclopes, erinias, gracias, musas, gigantes, estinfálidas, náyades, céfiros, lares, dríadas, en fin, tempestades, tipos genéricos en los que cabían dioses, semidioses, héroes, seres semihumanos, animales, monstruos y objetos con cualidades fabulosas.
Toma nota Voltaire de que los romanos crearon un dios menor para cada etapa de la vida, para cada oficio, para la casa, los jardines, los bosques, fuentes y ríos; hasta para actividades variadas. Allí estaban, por ejemplo, Baco (Dionisos) y su hijo Príapo (el del gran pene), acompañados de las bacantes y ménades danzando alrededor de los falos simbólicos; con la egregia presencia de Afrodita (Pandemos). Y contar a Pertunda, diosa de la fertilidad; y el pequeño y volátil dios Pedo; y Rumilia, deidad de las tetas. Es suficiente conocer los carnavales brasileños para imaginar las festividades dionisíacas, pues mucho no se habrá innovado al respecto.
Al final, habiendo agotado la observación de la naturaleza para crear divinidades y fabricarles templos, estatuas y toda clase de representaciones simbólicas visuales, comenzaron a venerar a ciertos humanos, como los emperadores, la mayoría de los cuales aceptaba gustoso el título de dios, aunque seguramente no sin íntimo y secreto escepticismo. Relata Montaigne que un poeta chupamedias le dedicó a Antígono (general de Alejandro devenido rey de Siria), unos versos en que le llamaba "hijo del Sol". Al oírlo, Antígono dijo: "¡Bah!, el esclavo que limpia mi bacín todos los días sabe muy bien que es falso".
El título imperial César fue creado por el Senado en honor a Julio César. Su sobrino y heredero político, César Octavio de los romanos el primero y quizás más esclarecido emperador (junto con Marco Aurelio)recibió el título adicional de Augusto y, concluidas sus exequias, le divinizaron, le dedicaron un templo y una liturgia sagrada. Los políticos romanos se postraban a los pies de los poderosos y cada vez inventaban nuevas formas de lisonja. Tácito cuenta: "Era grande para con Augusta (Livia, viuda de Augusto) la adulación de los senadores, queriendo algunos que se le llamase "madre de la patria"; muchos que al nombre de César se añadiese hijo de Livia" (en esto último se refería a Tiberio).
Los monarcas cristianos medievales no podían pretender el endiosamiento romano, pero insistían con la idea de que su corona era forjada por la mismísima voluntad divina ("Sacro Imperio"), lo que los aproximaba bastante al mismo objetivo. Como a los poderosos nunca les falta quien fabrique argumentos racionales para fundamentar sus ambiciones, los papas, que querían subordinar el poder temporal al suyo, tenían sus teólogos, y los reyes y emperadores disponían de sus jurisconsultos para resistirse.
La época del Iluminismo creó sus propias formas de sacralización, y no tan metafóricamente hablando. Robespierre, como se recuerda, hizo levantar en París un altar a la diosa Razón e imaginó una especie de liturgia en la que asumía el sumo sacerdocio. Por suerte, los demás revolucionarios no se dejaron seducir por la locura que tan a menudo produce la posesión del poder político, más loco cuanto más omnímodo.
Napoléon se hizo nombrar emperador y se calzó a sí mismo la corona, dejando al papa Pío VII haciendo el ridículo como mero espectador de la escena. El poder convirtió a uno de los mayores divulgadores de las ideas liberales revolucionarias en Europa en un triste imitador de las figuras que la Revolución había derrocado. Napoleón se mareó con el éxito pero éste no lo atacó por el flanco de la locura, sino por el otro que suele hacerlo: se tornó cínico. Decía que solamente hay en el mundo dos fuerzas invencibles: la pluma y la espada; como ya había ganado la gloria de la espada, se dedicó a tratar de conquistar también la inmortalidad de la pluma, creando aforismos como éste: "El trono es un pedazo de madera cubierto de terciopelo"; o: "No hay cosa más grande que ver a un hombre de rodillas". Tal vez el cinismo político sea una estrategia para que la enajenación pase desapercibida.
Nuestro Dr. Francia, a mi modesto entender, adoleció de un tipo específico de locura que los siquiatras y sicólogos llaman genéricamente esquizotimia, devenida posiblemente de una paranoia larvada que emergió con los sucesos del año 1821. En su caso, el poder omnímodo posiblemente no fue el causante de su locura, sino el detonante de ella. Lo dirán mucho mejor los doctos, desde luego, si alguno se atreve a estudiar al personaje con verdadero rigor científico.
En cuanto al mariscal López, tuvo la desgracia de ser nombrado general y comandante en jefe a los 18 años de edad, enviado a recorrer Europa como embajador plenipotenciario, con el bolsillo rebosante de dinero, a los 27, y de obtener los poderes absolutos de la República a los 35. Hasta qué punto fue único responsable de sus desatinos, es algo que también compete a los especialistas discernir.
Alfredo Stroessner es un caso moderno. Se diría que de nuestros grandes tiranos, su mente fue la que mejor supo resistir los efectos deletéreos de la omnipotencia política. Se suele tener por demostrado el hecho de que las personas de mente simple, de educación rústica, militar o religiosamente cuadriculadas, resisten mucho mejor a la locura en general. Posiblemente sea el fanatismo la única variedad de insanía que se desarrolla cómodamente en tan parvas personalidades.
Sería erróneo suponer que la religión y política autoritarias son las únicos generadoras de chifladura, pues están también las enfermedades, de las cuales, las mentales propiamente dichas, comenzaron a estudiarse rigurosamente recién en el siglo XVIII. Algunas dolencias como la sífilis, llevada de Centroamérica a Nápoles por los soldados españoles, y allí contagiada a las tropas del libertino rey francés Luis XII por intermedio de las prostitutas napolitanas, entre otros efectos producían locura, por lo que los ingleses, siempre al acecho, llamaron a la sífilis el "mal francés". Pero alguien llamó "mal inglés" a la locura; y no fue un galo revanchista como podría suponerse, sino propiamente un inglés: el médico George Cheyne, quien sostenía que su explicación radicaba en el exceso de bienestar y riqueza de que disfrutaban sus compatriotas.
Los franceses aseguraban que ellos estaban protegidos contra el mal inglés gracias a su buen manejo del amor, porque mientras en Inglaterra era una mera pasión tierna, en Francia había alcanzado su meta sublime: convertirse en arte. Para los galos, pues, el amor apasionado era una modalidad de la alteración mental, tanto así que un pionero psiquiatra francés, Boissier de Sauvages (ya iniciado el siglo XIX) escribió una tesis denominada "Si el amor puede curarse con los remedios obtenidos de las plantas". No habiendo leído esta tesis, no puedo, lamentablemente, ofrecerles la conclusión de ella.
Pero sí ofrezco algunos conceptos esclarecedores de la extraordinaria Ninon de Lenclos (1620-1705), quien daba su consejo a un amante en este tono: "...si es posible, haced de manera que en vos el amor no llegue hasta la pasión (...) ¿Queréis que os diga qué es lo que hace peligroso al amor? Es la idea sublime que de él nos formamos". Luego escribió esto a otro: "Creo que os amaré unos tres meses, que para mí es la eternidad". Era gente como Ninon la que impedía que el "mal inglés" devastara Francia.
La mayoría de los autores coinciden en que cada época y cada sociedad genera sus propias formas de tilinguería. Y cada superstición y cada tiranía las suyas, supongo. La lección que deberíamos obtener de la historia es que, si estamos rodeados de dementes, persistir en mostrarnos cuerdos es una locura.
Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR
Domingo, Noviembre de 2009
www.abc.com.py
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