LA REVISIÓN SPAGHETTI
En el lejano oeste de John Wayne, Gregory Peck, James Stewart, John Ford y Gary Cooper no había matices morales; los buenos y los malos se definían desde el principio; al espectador no le cabía ninguna duda acerca de cuál partido habría de tomarse en la platea; era la ley o el crimen. La gran revolución producida por el western spaghetti se basó precisamente en la introducción de la duplicidad moral de héroes y villanos.
Cuando vio que los héroes venían de un siniestro pasado, al tiempo que los villanos no eran más que personas decentes a quienes la injusticia trastornó, el joven espectador tuvo que modificar su actitud ética; su sentido de lo bueno y lo malo fue trastocado y la frontera crítica entre ambos se desdibujó en nubosos matices de gris.
Clint Eastwood nunca fue enteramente bueno ni malo; Lee Van Cleef, feo y habitualmente perverso, a veces mostraba alguna hilacha sentimental, el espectador no debía confiar del todo en su maldad. Franco Nero, cowboy babyface, de ordinario generoso y valiente, de vez en vez mostraba la hilacha cínica o vengativa. Marlon Brando, cruel y sucio, trabajaba para la ley. El western spaghetti (Il buono, il brutto, il cattivo; Sergio Leone; 1966; por citar un solo film) fue un antecedente importante del posmodernismo, aunque no se lo ve todavía así.
Y también transformó a otros personajes. Los pieles rojas recuperaron parte de su crédito en una nobleza estereotipada fabricada por el celuloide. Ya no atacaban a traición ni robaban caballos o cortaban cabelleras de puro bandidos. En cuanto a los mexicanos, aunque invariablemente borrachos, contrabandistas o mercenarios, en ocasiones se reivindicaban prestando algún que otro servicio a la ley.
Eso sí: el sheriff y el juez dejaron de ser dignos de confianza; se corrompían y conspiraban contra los buenos, condenaban inicuamente y, aunque al final recibían su merecido, la espina de la suspicacia acerca de la autoridad representativa del Estado y la idea de la fragilidad de la justicia quedó clavada para siempre en el corazón del joven espectador. ¿Quién sabe cuántos adalides revolucionarios vieron la luz en la penumbra de las salas de cine?
La profunda revisión histórica de la colonización del Oeste norteamericano, filmada en las llanuras semidesérticas de Andalucía por guionistas y directores italianos, desmontaron muchos estereotipos éticos. Pero no previeron que desde entonces comenzaría un proceso difícil de controlar para la cultura establecida. Ahora los blancos somos los peores villanos y las minorías étnicas de otro color son seres angelicales. En el altar de la diosa diversidad se queman toneladas de incienso a cualquiera que no sea occidental. Según la ideología cinematográfica actual, hasta los extraterrestres son éticamente más íntegros y confiables que el blanco cristiano, abusador y pervertido hedonista. Ahora vivimos la cúspide de esta etapa; posiblemente mi generación no alcanzará a ver la próxima revolución de los estereotipos éticos.
Pero algo de histórico hay en todo aquello que decíamos del western. Investigaciones relativamente recientes develan que cuando los ingleses iniciaron la conquista y colonización de Norteamérica, solamente los indios iroqueses cortaban cabelleras como ritual de guerra. ¿Quiénes imitaron y expandieron la crueldad? Pues no lo creerá usted: los puritanos, fanáticos religiosos protestantes que ofrecían 40 libras esterlinas por cabellera de indio de cualquier origen, sexo o edad. Uno de los más sanguinarios y rememorados episodios, el exterminio de un poblado cheyenne (Sand Creek; 1864), fue llevado a cabo por la tropa de un pastor metodista cuyas declaraciones fueron inmortalizadas por la prensa de entonces; en una de ellas exhortaba: "Hay que matar y cortar la cabellera a todos, chicos y grandes". Malhumor provocado quizás por antecedentes, como el de dos siglos antes, más o menos, en el que los indios hurones perpetraron otra célebre masacre en una tropa inglesa que ya se había rendido.
Ninguno de los colonizadores que desalojaron y exterminaron, o contribuyeron al extermino indígena americano, se privó del hipócrita gesto de inmortalizar héroes nativos, perpetuar algunas de sus costumbres y conservar su toponimia. En los EE.UU. hay al menos una docena de estados y mucho mayor cantidad de ciudades que llevan denominaciones originarias, además de ríos, montañas, valles, parques nacionales, marcas de automóviles, platos gastronómicos, comercios y canciones alegres como Chattanooga Choo, Choo, que dicen que quiere decir algo en no sé qué lengua.
En países donde los indígenas desaparecieron, como Argentina y Uruguay, ocurre lo mismo. El Paraguay, donde comparativamente los nativos tuvieron mejor fortuna, es uno de los que mayor cantidad de elementos de su tradición cultural conservó, al menos en lo que respecta a los Guaraní. Hasta inventamos caciques, como el de Lambaré, o heroínas como Juliana, atribuyéndoles proezas imaginarias, falsificaciones históricas que perpetramos, entre otros oscuros motivos, para aligerar nuestro flamante complejo de culpa blanca y sintonizar de algún modo con la revisión spaghetti en ideologías de moda.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Sábado, 14 de Noviembre de 2009
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