RECATADO ARTÍCULO SOBRE VÍRGENES E IMÁGENES
Supongo que hay quien sabe diferenciar devoción de idolatría, fe de superstición, convicción sincera de obsesión, espiritualidad real de mera afición a los clubes religiosos.
El problema es que, cuando se camina en la oscuridad, es fácil ir a dar a la zanja. Veo el futuro del cristianismo como una línea progresiva irreversible hacia la supresión de los símbolos visuales, aunque sin caer, como hicieron judíos y musulmanes, en mera iconoclasia supersticiosa. De pocas imágenes de vírgenes se conoce origen que no sea mítico. Habitualmente se ignora quién las talló, de dónde vinieron o por qué lucen aquel detalle singular o carecen de algún otro. El suceso portentoso, misterioso, mirífico, siempre está presente en el principio de estas imágenes. Algunas lucen elementos esotéricos, como por ejemplo la tez negra o algún símbolo, espigas o vara en la mano, fuego en el pecho, lágrimas en el rostro, un haz de luz, una aureola sobre la cabeza o un animal bajo los pies.
Una región de apasionadas devociones es Andalucía; y, en ella, Sevilla. Arriesgarse a juzgar cuál es la Virgen andaluza más popular sería provocar una reyerta. Entre las eminentes, sin duda, descuella María Santísima de la Esperanza Macarena (rubia), que el 18 de diciembre es paseada en espectacular procesión, antecedida por La Dolores (rubia también), rivalizando ambas con la Virgen de los Reyes (15 de agosto), patrona de Sevilla, tanto en solemnidades, celebraciones, hermandades y cofradías, como en cantes, marchas, coplas, trovas y letrillas. Y, asimismo, con María Santísima de las Angustias Coronada, del grupo de vírgenes morenas, más conocida como la Virgen de los Gitanos (29 de octubre), a quien desde veredas y balcones le vociferan apasionados piropos —"¡guapa! ¡guapa! ¡guapa!"— y le dedican inspiradas coplas como esta:
Es un lucero
Que brilla en el firmamento
Y camina por las calles
Con su compás flamenco
Huele a canela y clavo
A incienso y a romero
Piel morena de aceituna
Talle de lirio moreno
De las más invocadas de España es la Virgen del Rocío, llamada además "Blanca Paloma", "Reina de las Marismas" o "Lirio de los Caminos". Muchos siglos atrás, su talla de tamaño natural fue hallada por un campesino andaluz en un erial espinoso. Inspiradora de romerías y salves sevillanas, Rocío cautiva la pasión fanática del andaluz, inspirando cantares, cantores y autores tan populares como Manuel Pareja Obregón o Rocío Jurado. Las salas rocieras de Madrid son muy concurridas; sus miles de "olé, olé y olé, al Rocío yo quiero volver, a cantarle a la Virgen con fe" podrían competir ventajosamente con las discos donde se entona, por ejemplo, el "Mama Do (Uh oh, uh oh)".
De la Almudena —patrona de Madrid— cuenta Carandell que se cuenta fue descubierta en un recinto sellado en la muralla que fornecía esta ciudad en altos tiempos medievales. La otra Virgen de gran prosapia madrileña, la de Atocha (de tez oscura), patrona de la Corte, fue hallada en un espartar por un caballero que combatía a los infieles. De acuerdo a la leyenda, habría sido tallada por el apóstol Lucas en vida de la propia María, y luego traída a España por Santiago. Lo que no se explica es quién la arrojó al espartar. Asumo que los moros. ¿Quiénes más?
Un tanto menos popular pero muy de cerca sigue la Virgen de la Paloma, llamada así por habérsela descubierto, obviamente, en un palomar. Curó milagrosamente el escorbuto de Fernando VII y recibe la devoción de las madres que paren una niña, a quien, en su primera salida, llevan a exhibir a la Paloma.
Pero la comandante en jefe es la Virgen del Pilar, patrona general de España y territorios ultramarinos, que un 12 de octubre, más o menos hacia el año 40 de nuestra era, se manifestó al apóstol Santiago en la ciudad de Caesaraugusta, luego devenida Zaragoza. Lo extraordinario fue que se trataba de la misma María personalmente presente, vale decir, en carne y hueso, siendo que aún vivía en Judea (o en Marsella, según Dan Brown). Este prodigio de poder estar en dos partes simultáneamente se conoce como bilocación. Al desvanecerse, María dejó en el lugar de su aparición una columna de sílex (SiO2, para los exigentes), sobre la cual se erigió el popularísimo ícono que venera el país todo.
Con base en indagaciones propias, Ernesto Giménez Caballero sostiene que la Virgen del Pilar guiaba la carabela que llevó a Cristóbal Colón a descubrir América, que explica el que esta tierra fuera descubierta en su fecha: el 12 de octubre. Afirma también que el apóstol Santiago, habiendo culminado sus servicios en la guerra de reconquista contra los moros, desempleado y resintiendo sus ansias de batallar, decidió embarcarse también hacia América a contribuir en lo que fuera menester. Así llegó a estas tierras, enrolado en la dotación de Juan de Ayolas y develándose —con la misma puntualidad que en los enfrentamientos contra los moros— en el lance crítico de la batalla, para enardecer al combatiente que, al alarido unísono de "¡Santiago y cierra España!", abrumaba al infiel.
Santiago reapareció en la batalla de Lambaré propiciando el triunfo de las armas hispanas —según averiguaciones de Giménez Caballero—, refutando a quienes habían identificado la aparición con San Blas. Giménez aduce que no pudo ser Blas, simplemente por tratarse de un santo más bien intelectual y sosegado, poco dado a trifulcas y hostilidades.
En cuanto a la Virgen de la Asunción, su origen es aún más debatido. Antonio Zinny, historiador del siglo XIX, afirma que Juan Salazar traía una imagen de la Virgen de la Asunción en su navío "La Aparecida", integrante de la flota de Pedro de Mendoza. Es difícil creer que Salazar tuviera la inusual premonición de que dos años después, en un ignoto rincón de América del Sur, se erigiría un fuerte con ese nombre, en la misma fecha conmemorativa de la Virgen cuya imagen traía en su equipaje. Pero pudo haber ocurrido en su segundo viaje, en 1554; aunque, de ser así, no se sabe qué hizo con ella, pues en su testamento citó los templos que servían a la feligresía asuncena: la Catedral, dedicada a la Nuestra Señora de la Encarnación, y luego los templos de "Ntra. Sra. de la Merced", San Blas (para los pardos e indígenas) y la ermita de Santa Lucía. ¡En 1558 en Asunción no había ningún templo dedicado a la Virgen de la Asunción!
Giménez Caballero -nuevamente- se rehúsa a admitir el protagonismo de Salazar y La Asunción, abogando por La Inmaculada Concepción, que habría sido embarcada en el navío de Diego García y salvada del naufragio por Irala, para luego ser entronizada en la catedral de Asunción, donde permaneció hasta 1742, con el nombre de "La Conquistadora".
Fue al parecer el primer obispo asunceno, Fray Fernández de la Torre, quien atinó a convertir un templo ya existente en Catedral e imponerle la advocación de La Asunción. Mas se ignora la identidad y el origen de sus imágenes; y cuál Virgen fue escogida; a menos que rebautizaran alguna otra ya asentada en un templo preexistente, para lo cual forzosamente habría tenido que ser desahuciada de su hornacina anterior.
El transformismo icónico y los cambios de nombre no deben sorprender, pues se los practicaba con cierta habitualidad. Hacia 1790 las imágenes de San Ignacio de Loyola y de San Francisco de Asís fueron trasladadas desde la abandonada iglesia de los jesuitas en Asunción, caídos en desgracia política, transformados en San Pedro y San Pablo y reubicados en la Catedral.
La actual imagen de la Virgen de la Asunción habría sido adquirida en Nápoles, hacia 1742, junto con la de la Virgen de la Merced, destinada a la ciudad de Corrientes. Alguien asegura que durante la estiba se produjo un chapucero intercambio de marcas, lo que resultó en que finalmente La Merced originaria viniera a Asunción y La Asunción fuera a parar a Corrientes.
La azarosa y recóndita historia de la imagen de la Virgen de la Asunción culmina con la no menos controvertida entronización de otra flamante imagen hecha adquirir en España por Francisco Solano López, cuyos conflictos con el clero asunceno, por culpa de su relación profana con Elisa Lynch, dieron origen a la construcción de su capilla particular: actualmente Oratorio en planta baja, y Panteón de los Héroes en subsuelo (lo sagrado y lo heroico, pues, en pacífico y equitativo régimen de propiedad horizontal).
La imagen de la Virgen de Caacupé habría sido tallada por un legendario indígena de nombre José —¿qué otro nombre podría tener?—, en pago de una promesa por salvar su vida ante el acoso de enemigos. José, que era carpintero —¿qué otro oficio podría tener?—, obtuvo la madera del mismo árbol detrás del cual se escondió de sus perseguidores y la talló en Tobatí; así creó la imagen de La Inmaculada Concepción destinada a esa localidad; pero como le sobró material hizo otra más pequeña, que fue a parar a Caacupé. La pequeña obró milagros, tuvo éxito y popularidad; la grande, no.
Otra versión legendaria supone que el indio carpintero José halló la imagen flotando sobre las aguas desbordadas del gran yvu de Tapaicuá, que González Torres ubica en el valle de Pirayú, aunque más bien debió estar en Areguá, de donde es originario el toponímico. Pero, apartando las disputas geográficas, lo medular es que la imagen de la Virgen de Caacupé boyaba a la deriva en el lago Ypacaraí embalada en un recipiente de cuero, de donde el carpintero José la recuperó.
De todos modos, al referirnos a las Vírgenes de Caacupé y de Tobatí, en realidad nos valemos de una metonimia, pues su nombre genérico, la Inmaculada Concepción, representa un hecho y no una persona. Su celebración, como bien se sabe, cae en 8 de diciembre en toda la catolicidad, no porque en una fecha así se haya producido el milagro de la concepción de María, único ser humano desprovisto de pecado original, sino por cuanto en tal día, del año 1854, Pío IX dictó su "Ineffabilis Deus", bula en la que estableció este dogma de fe. Puede resultar decepcionante, pero lo cierto es que La Inmaculada Concepción, Caacupé y el 8 de diciembre no tienen en común más que la fecha de suscripción de un documento.
Entre los ortodoxos griegos también se celebra esta festividad, aunque en fecha 9 de noviembre, de acuerdo a su calendario litúrgico, y con un nombre un tanto sorprendente: "La concepción de Santa Ana, madre de la Madre de Dios". Sorprendente, digo, por cuanto en este caso la conmemoración debe ser por la persona concebida y no por la persona que concibió. En esto, al parecer, los ortodoxos anduvieron un tanto despistados por cuanto no existe información de cuándo fue concebida Santa Ana ni por quiénes. Lo que es bien sabido es que en su fecha conmemorativa, el 26 de julio, es preciso podar el parral.
La Candelaria es otra Virgen esotérica, representada con tez morena. Se impuso su fiesta en reemplazo de las célebres y lujuriosas lupercalias romanas, que se celebraban allá por el 15 de febrero. Luego, extirpada la tradición pagana y ajustados los cálculos astronómicos, su fecha pasó al 2 de febrero, o sea 40 días después del alumbramiento de Jesús, término, según la tradición judía antigua, en que la mujer recuperaba su condición de pureza física. La Virgen de la Candela posee un doble símbolo metafórico, con relación al alumbramiento y a la luz que Cristo vino a traer al mundo.
Lo curioso es que en algunas partes celebraban a la Candelaria en 15 de agosto, confundiendo o superponiendo con la Asunción, traslapado que pudo haber llevado al investigador V. Pistilli a la convicción de que la ciudad de Asunción fue fundada el 2 de febrero y no el 15 de agosto, considerando el rito galicano. La Candelaria apareció ante unos pastores en Tenerife, en el siglo XIV, por lo que es la patrona de Canarias. Habiendo inmigrado tantos canarios al Río de la Plata, lógico resulta que su devoción se haya extendido fácilmente por aquí.
La Virgen de más reciente notoriedad en nuestro país es la de Schoenstatt. En pocos años su culto se arraigó en el área metropolitana de Asunción a un nivel social eminente. Puede afirmarse que tuvo éxito casi fulmíneo. Su imagen, bajo el devoto gobierno de Wasmosy, fue impresa en una estampilla de correo nacional; homenaje apresurado, se conoce, pues los impresores del sello escribieron mal el nombre de la homenajeada, que merecía al menos la revisión de un corrector.
De seguro vendrán otras devociones en el futuro, pues la globalización aporta íconos del Oriente, de África y quién sabe de dónde más. La Yemanjá afrobrasileña, por ejemplo, no mereció aquí ninguna fortuna, posiblemente por nuestra condición de país mediterráneo, pero en algún momento alguien hallará una imagen en el estero, el palmar o el caraguataty, dando origen a otra cofradía de renombre.
Afirmar que alguna vez desaparecerá la devoción católica a vírgenes y patronos es casi tan arriesgado como predecir que en el futuro no habrá camisetas de fútbol; pero la tendencia evolutiva de la inteligencia humana hacia la abstracción parece anunciarla. Pero nosotros ya no existiremos entonces, posiblemente ni siquiera en la memoria colectiva.
Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR
Domingo, 6 de Diciembre de 2009
www.abc.com.py
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