GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

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Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

EL ODIO BIEN ENTENDIDO - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Diciembre de 2009

EL ODIO BIEN ENTENDIDO -  Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Diciembre de 2009

EL ODIO BIEN ENTENDIDO


Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Es bueno saber que todos, en algún momento, podemos ser objeto del odio de alguien, sea que nos conozca realmente o no.

Este sentimiento es una forma de afianzamiento de la identidad del que lo siente y, simultáneamente, por tanto, de reconocimiento de la individualidad del ser odiado. A menudo, hasta inspira grandes obras. Pero existe también el odio colectivo, general, impersonal.El racismo es una forma peculiar de odio colectivo que, como manifestación de neurosis más recurrente en el ser humano, reflorece cíclicamente. Sin pasar de agorero, es visible que en nuestra época se detectan señales de odio impersonal que merecen una interpretación en el marco del fenómeno histórico actual más inevitable e irreversible: el proceso de globalización cultural.   

En realidad, cualquier grupo humano que se sienta inferior o superior a otro construye un prejuicio (o un complejo, como se decía antes). Los Guaicurú eran racistas respecto a los Karió guaraní, a quienes consideraban inferiores. Las Agaces lo eran respecto a los Chané, a quienes esclavizaban. En las Misiones jesuíticas se aplicaban las cédulas reales que prohibían a los forasteros y visitantes de paso, español, mulato, negro o mestizo, que se detuvieran más de tres días en las poblaciones de nativos. "Son los indios de genio humilde, pueril y apocado. Se reconocen por inferiores a todas las demás castas y se dejan avasallar por cualquier maligno...", refiere el padre Cardiel, refiriéndose a los Guaraní.   

Muchos ingenuos creen que las personas más ilustradas, cultivadas o inteligentes están desprovistas del sentimiento racista. O, dicho de otro modo, que declararse antirracista es una forma de exhibir buen nivel intelectual y progresismo político. Error notable. El hecho mismo de que definamos al racismo como sentimiento lo excluye del área de la racionalidad. Veamos.   

¿Alguien duda de la limpidez de la inteligencia de Karl Marx? Pues bien, léase este comentario suyo: "El negro judío Lassalle, quien felizmente sale de viaje este fin de semana, ha vuelto a perder, felizmente, 5.000 táleros en una especulación fallida. Ahora me resulta del todo claro que, como lo demuestran su formación craneana y su cabellera, desciende de los negros que siguieron a Moisés en su salida de Egipto (si su madre o abuela paternas no se cruzaron con un negro). Ahora bien, esa unión entre el judaísmo y el germanismo con la sustancia básica negra debe generar un producto especial. La impertinencia del tipo es también negroide". (Carta de Marx a Engels. 1862).   

Con todo, somos más discretos (o quizás más hipócritas) que en el siglo XIX, en que el desprecio por los otros era un sentimiento que no causaba ninguna aprensión y se lo expresaba sin comedimiento, como Marx hizo respecto al socialista Lasalle.   

Schopenhauer decía sin ningún recato: "Alemania, la nación más inteligente de Europa y la primera en casi todos los respectos", complementado por Nietzsche: "Las razas mezcladas constituyen también culturas mezcladas, moralidades mezcladas: son generalmente más malvadas, más crueles, más inestables". Y Hume: "Me siento llevado a considerar a los negros, y en general a todas las demás especies humanas... naturalmente inferiores a los blancos (...) Hay, dispersos en toda Europa, esclavos negros en los que nadie ha encontrado jamás trazas de ingeniosidad...". Y Kant: "Los negros son extremadamente vanidosos, pero a la manera negra, y son tan parlanchines que hay que dispersarles a bastonazos".   

Y más confites de aquellos tiempos en que ser antirracista no era signo de progresismo para los socialistas, como se proclama ahora, sino a la inversa: "¿No son los judíos con sus costumbre mercantiles, la lepra y la peste del cuerpo social? (Charles Fourier)". Y: "No hay más remedio que enviar a esta raza al Asia o exterminarla" (Proudhon). "Es hoy cuando termina la feria de Leipzig; y henos aquí felizmente desembarazados de los olores a grasa quemada y del aflujo de judíos" (Schopenhauer). "La marrullería y la astucia, he aquí el carácter fundamental del indio; el engaño, el robo, el asesinato están en sus costumbres" (Hegel).   

Proseguiríamos la lista indefinidamente, pues si hay algo natural en el humano es odiar algo o alguien, aun sin conocerlo y pese a sus propias creencias religiosas. Los luteranos expresaban su aborrecimiento a los papistas de todas formas posibles. Los católicos devolvían los mismos actos y sentimientos a los cismáticos y herejes en general; aunque en el seno del clero católico de los siglos XVI y siguientes, también las aversiones estaban profusamente repartidas, como los que enfrentaban a dominicos con jesuitas. Montesquieu sostenía que "ningún reino ha tenido nunca tantas guerras civiles como el reino de Cristo".   

En nuestros días son los islámicos quienes generan mayor rechazo en el mundo occidental. Hay varios motivos sobradamente conocidos: su negativa cerril a admitir el cambio, su cerrazón mental, su legitimación religiosa de la violencia, su empeño de imponer sus costumbres en ambientes que no son los suyos y en reprimir costumbres ajenas en sus ambientes. El racismo más previsible del siglo XXI será el de ellos y el que se ejerza contra ellos; a menos que hagan algo por detenerlo.   

Si bien es cierto que el racismo siempre genera odio, éste es mucho más abarcante aun que aquél; o sea, podemos odiar libremente sin ser racistas, sin que nos constriña el color de la piel o el origen nacional. Demuestran bien este aserto los artistas en general, que fue y continúa siendo el gremio que mayores resentimientos es capaz de generar en su seno, célebres algunos, como el de aquellos grandes poetas del dorado siglo español. A Lope de Vega dedicó Luis de Góngora esta quintilla:  

Dicen que ha hecho Lopico  
contra mí versos adversos;  
mas si yo vuelvo mi pico,  
con el pico de mis versos  
a este Lopico lo-pico
  

Pero, a su vez, recibió los perdigones de Francisco de Quevedo, disparados en un epigrama:  

Dice don Luis que me ha escrito  
un soneto, y digo yo  
que si don Luis lo escribió,  
será un soneto maldito.   
A las obras lo remito:  
luego el poema se vea;  
mas nadie que escribe crea,  
mientras más no se cultive,   
porque no escribe el que escribe  
versos que no hay quien los lea.
  

Entre filósofos hay dardos no menos certeros. Leibniz decía de Descartes: "Su mecánica está llena de errores, su física va demasiado deprisa, su geometría es limitada, su metafísica es todo eso junto. Ha alojado la verdad en la hostelería de la evidencia, pero ha olvidado indicarnos la dirección". Y Voltaire de Rousseau: "Yo creo que la perra de Eróstrato, habiendo encontrado al perro de Diógenes, le hizo perritos, de los que Juan Jacobo ha descendido en línea directa". Y sólo uno más, Giovanni Papini, de Hegel: "En sus libros trata de todo, habla de todo, explica todo. Hablando mal, escribiendo peor aún, no haciéndose comprender y declarando que no era comprendido, ha llegado, cosa extraña, a ser el rey del pensamiento de su tiempo y de su país y a conservar fieles hasta ahora".   

De los artistas del espectáculo hay tanto que contar que haría falta del resto del diario. Una sola muestra: "El Royal Variety empieza a parecer un geriátrico. Personajes a los que uno creía difuntos hace tiempo se tambalean sobre el escenario entre furibundos aplausos" (un crítico). Y una réplica: "Los críticos son como los eunucos de un harén: saben exactamente cómo hay que hacerlo, y todas las noches ven cómo se hace, pero ellos no lo consiguen hacer" (un actor).   

Sin duda que el odio individual, pasivo o activo, es a veces un estímulo eficaz para superarse y ser mejor; el odio colectivo, sin embargo, es opresor y destructivo; es también mucho más difícil de organizar y dirigir; afortunadamente los Adolf Hitler no nacen con frecuencia.   

Amar al poderoso y odiar al débil son tendencias instintivas que la mente racionaliza por diversos medios; y en esto también suele basarse algún racismo. Lo opuesto, amar al débil y odiar al poderoso, no se da con frecuencia en la historia humana, pues para tal hay que tener coraje; es como poner los genitales en el pedernal de la circuncisión.   

Los sentimientos humanos nacen y se dan mezclados, de manera que odio y amor, como tantas veces proclamó el poeta, nacen, viven y desaparecen juntos; y al morir les reemplazan la resignación, la indiferencia o el cinismo. El verdadero cinismo, quiero decir, ese estado de apacible felicidad intelectual que se alcanza al filo de la vejez, cuando uno cree que ya no puede ni debe ser sorprendido por nada ni nadie.

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Diciembre de 2009

www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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