TABÚES OCCIDENTALES
En materia de diversificación sexual siempre, o casi, hubo todo lo que hay ahora, con mayores y menores, sostenidos y bemoles. Bien mirado el caso, esto de cambiar de sexo, por ejemplo, no es la gran novedad. Montaigne (1533-1592) refiere que "En el Vitry francés vi a su sujeto a quien el obispo de Soissons había confirmado con el nombre de Germán; todas las personas de la localidad le conocieron como mujer hasta la edad de veintidós años, y le llamaban María. Era, cuando yo le conocí, viejo, barbado y soltero, y contaba que, habiendo hecho un esfuerzo al saltar, aparecieron sus miembros viriles. Aun hoy hay costumbre entre las muchachas del Vitry de cantar unos versos que advierten el peligro de dar grandes brincos".
Y si lo que estaba invaginado no emergía por sí solo, impulsado por el vigoroso resorte de la pubertad, algún cirujano suplía la labor. Quien a tiempo no se animó a hacerse operar y sufrió por ello fue Luis XVI, casado con una hermosa pelirroja de quince años, a quien dejó siete en estado de deplorable virginidad. Según el diagnóstico que el Conde de Aranda (embajador español en la corte francesa) elevó a su gobierno, el real prepucio "se halla tan adherido que no le es posible dejar salir la extremidad del pene, lo que impide se produzca la erección total". Finalmente el bisturí corrigió el defecto y el borbónico órgano pudo cumplir su cometido histórico; aunque, ¿quién asegura que si Luis XVI no hubiera perdido el prepucio, años más tarde habría conservado la cabeza? Pero esta es harina de otro costal.
Dada su relativa simplicidad, el transformismo era, como es hoy, bastante más común que la transexualidad. El caso más célebre, al menos entre historiadores, fue el del caballero de Eón, a quien sus padres bautizaron Charles Geneviève (imagino que Carlos, de cintura para abajo, y Genoveva, de cintura para arriba). Tuvo tanto éxito vestido de mujer que Luis XV se sirvió de él encomendándole una complicada operación de espionaje e intriga política en la corte de San Petersburgo. Siendo de aspecto extremadamente femenino, el caballero de Eón era, sin embargo, heterosexual; y se cuenta que sacó buen provecho de la confusión que su aspecto producía en ignaros e ingenuas; en particular de estas últimas.
El anecdotario ayuda a comprender mejor las múltiples y a menudo sutiles peculiaridades que hoy se dan entre los diferentes sindicatos que conforman la federación gay, lesbo, bi, transexual y transformista (luego se agregarán los transgénicos; que se apodarán genny, o algo así, supongo). Como minorías, en la actualidad comparten la misma situación de marginación social relativa (unos más, otros menos), pero en todo lo demás circulan por andariveles separados.
Hasta no hace mucho nadie le daba importancia al modo espontáneo que se empleara para referirse a ellos, pero hoy esas palabras están tabuadas. El tabú de la civilización occidental no tiene substancia supersticiosa o religiosa sino ética; consiste básicamente en mostrarse ultrasensible ante ciertos términos. Así nace, como bien se sabe, el lenguaje PC (politically correct), en el cual hay que escoger cuidadosamente los vocablos que pueden ser pronunciados y omitir estrictamente los tabuados, todo lo cual hace que conversar libremente sobre aquellos temas sea un quehacer casi imposible; o, al menos, insoportable.
Es que, por ejemplo, dos conceptos o dos voces parecidas pueden llevarnos a direcciones opuestas. A Valle Inclán, que acababa de dar una charla a mujeres de un club literario, una de las damas le preguntó: "Nos dijeron que usted es feminista". "No respondió prestamente Valle, lo que soy es mujeriego". En esa misma vereda caminaba la actriz Zsa Zsa Gabor cuando declaraba: "Soy partidaria de las familias numerosas; toda mujer debería tener al menos tres maridos" (Ella tuvo nueve, en realidad). Mucho más sutilmente se confesó la encantadora Shelley Winters: "Hice una película en Inglaterra un invierno; hacía tanto frío que casi me caso". Esta es la única manera conocida de reventar tabúes: pronunciándolos. Y si se hace con un chiste, mejor que mejor.
¿Hay que reprimirse al hablar de diversidades sexuales? El PC, que en el fondo es un resurgir de puritanismo y una reinserción del tabuismo, lo intenta. Lo bueno sería, en realidad, que en vez de restringir y complicar el lenguaje se enriquecieran el ingenio, la mordacidad, las salidas, inspiradas, la picaresca, los comentarios punzantes, las réplicas airosas, en definitiva, lo que mantiene circulando al buen humor por el cuerpo cultural; aunque todo con un límite: el que ponga la estética.
Si con dos modalidades sexuales los humanos dijimos cosas tan divertidas, con cuatro o cinco ya deberíamos haber quintuplicado cantidad y variedad; aunque sea tan solo para hacer la vida un poco más entretenida. Porque, al final, aquellos viejos chinos tenían razón cuando sentenciaban: "Las palabras sinceras no son elegantes, pero las elegantes no son sinceras". Bueno, no siempre.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Sábado, 20 de Febrero de 2010
ENLACE INTERNO A ESPACIO DE VISITA RECOMENDADA
(Hacer click sobre la imagen)
ENLACE INTERNO A ESPACIO DE VISITA RECOMENDADA
(Hacer click sobre la imagen)