GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

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Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

JURAMENTOS, PECADOS, CONFESIONES - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 28 de Febrero de 2010

JURAMENTOS, PECADOS, CONFESIONES - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 28 de Febrero de 2010

JURAMENTOS, PECADOS, CONFESIONES

 

Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

En su momento acusaron a Fernando Lugo de faltar a su voto sacramental; Rodríguez, Wasmosy y Nicanor violentaban abiertamente varios juramentos. Lucho González extendió su mano derecha sobre un objeto que nunca supimos si era la Biblia o el calefón (todo sucedió tan rápido) y luego hizo lo que se le antojó. Si no hubiera juramentos y reglas no habría transgresiones, pecados, confesiones ni absoluciones. La vida sería aburrida.   

Aunque hay quienes cumplen su palabra contra todo riesgo, al modo de Juan Nepomuceno, hecho ahogar por Wenceslao IV por negarse a revelarle los pecados que le confió su esposa. Lo malo es que a la hora de las elecciones no se los encuentra en ninguna parte.   

De la confesión de tropezones y caídas hay que notar que si antes era un acto privado, ahora es público. Se pone de moda pedir perdón a la humanidad, vale decir a los televidentes, que en cierto modo hoy son lo mismo. En esta onda se agitan desde el Papa y los obispos hasta los arcángeles del negocio del espectáculo, de tal suerte que, cuanto más sórdida sea la falta perpetrada, más emocionante resulta a la masa televidente perdonarla.   

En una clase media tan asombrosamente mojigata y reprimida como la estadounidense, la revelación pública de culpas se tornó un estupendo negocio sadomasoquista. Hace pocos días un campeón de golf, ídolo en el mundo del deporte, encaró uno de estos shows con gran producción litúrgica. Frente a un sencillo atril, en un escenario pudorosamente azul, el deportista, atildado y compuesto como un telepredicador, con afligida expresión confesó que fue infiel y pidió perdón. El programa concluyó con un beso hollywoodense entre el pecador y su comprensiva esposa, que en esa farsa hacía el papel de Dios.   

El deportista había sido descubierto por la prensa adoleciendo del terrible vicio de gustarle mucho las chicas, actitud que de inmediato fue clasificada por el lenguaje puritano seudocientífico como "adicción al sexo"; algo que en estos trópicos suena tan peregrino como llamar "adicción al oxígeno" al hábito de respirar con demasiada frecuencia.   

Lo cierto es que el golfista asistió a sesiones de terapia para perder la fementida adicción (deseémosle que en algunos años más no tenga que pagar otras para recuperarla) y luego se abocó al montaje del acto en el que efectuaría sus revelaciones. El altísimo rating que logró es una promesa de ganancias publicitarias fabulosas para Wood, quien de este modo ratificó la obsolescencia del viejo aforismo romano nemo admittitur aut auditur propiam turpitudinem allegans (a nadie debe admitirse u oírse si alega su propia torpeza).   

De los famosos peticionantes de perdón, éste no es el primero ni mucho menos. Recordamos con nostalgia al pionero, el telebibliólatra Jimmy Swaggart, cuando fuera descubierto, hace ya algunos años, retozando con unas strippers. Y Elliot Spitzer, gobernador de Nueva York, a quien el año pasado pillaron en una especie de desayuno de trabajo íntimo con una suripanta de alto caché. El senador John Edwards, al igual que Tom Cruise y deportistas conocidos recurrieron con gran suceso a esta nueva variedad de show.   

Bill Clinton, que por ese affaire con una pasante de la Casa Blanca andaba pidiendo perdón hasta en los meaderos públicos de Washington, sacó finalmente bastante provecho publicitario del asunto. Aunque mejor aun le fue a su esposa Hilaria, que en aquella puesta en escena se destacó en papeles secundarios, poniendo cara de "así nomás sufro yo, en silencio", para luego largarse a una provechosa campaña electoral en que obtuvo una senaduría.   

Los banqueros de Wall Street, que no suelen pedir perdón por nada, toman estas cosas con filosofía; "el matrimonio -suelen decir- es una sociedad en comandita que, con el adulterio, se convierte en anónima". Y hasta podrían cotizar en bolsa, agregamos, si es que los accionistas administran bien sus juramentos, pecados y confesiones.   

 

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 28 de Febrero de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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