GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Foto de GUSTAVO LATERZA RIVAROLA
Nacimiento:
Asunción, Paraguay
20 de Septiembre de 1945

SE VIENE NOMÁS EL HOMONOMIO - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 25 de Julio de 2010

SE VIENE NOMÁS EL HOMONOMIO - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 25 de Julio de 2010

SE VIENE NOMÁS EL HOMONOMIO


Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Desde el año 2004, más o menos, venimos preguntando si la diversidad sexual no debería producir también la diversidad semántica, fundados en la obviedad de que lo diferente merece diferenciarse. Un vocablo creado especialmente daría singularidad al nuevo instituto y lo apartaría de la mezcolanza que hace falsamente idénticas cosas que no lo son, en desmedro del sentido común y la buena comunicación.   

En aquel momento apenas comenzaba el asunto este del homonomio. En Canadá y España se redefinía el matrimonio en una versión minimalista: "la unión de dos personas", acompañado por estruendosas quejas, parecidas al producido aquí por la Constituyente de 1992, en ocasión de aquella frase "se garantiza la protección a la vida en general desde la concepción".   

Si el problema este de cómo llamar técnicamente a la unión formal de homosexuales es relativamente nuevo, la unión misma no lo es en absoluto; ha de ser tan antigua como el matrimonio, seguramente. Quienes leyeron "Naufragios y Comentarios" recordarán que don Alvar Núñez Cabeza de Vaca relata esto: "En el tiempo que así estaba, entre estos (indígenas del golfo de México) vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro, y estos son unos hombres amarionados, impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres, y tiran arco y llevan muy gran carga, y entre estos vimos muchos de ellos así amarionados como digo, y son más membrudos que los otros hombres y más altos; sufren muy grandes cargas".   

Tan solo por anticiparnos, sugerimos la incorporación de algunos términos adecuados, como homonomio, gaynomio, lesbinomio, útiles para designar al nuevo instituto; pero nada; hasta el momento las sugerencias no cuajan. Ocurre ahora que el asunto del mal llamado matrimonio gay sienta reales en la Argentina, por lo que irá poniéndose de moda en nuestro medio. Nuestros periodistas y publicistas, en general siempre muy sensibles a las ondas que se generan en el Río de la Plata, han de mantener vivo este fuego.   

Retomando la cuestión inicial: ¿Por qué se insiste en denominar matrimonio a una institución distinta a la que entendemos por tal? Es notoria la minúscula ductilidad del habla española para crear nuevos vocablos. Al inventarse el automóvil, por ejemplo, algunos le llamaron coche, inflando innecesariamente el significado de un término creado para los vehículos tirados por caballos o por locomotoras. En Venezuela y otros países de la región optaron por llamarle carro, renqueando de la misma pata. Por fortuna, la mayoría optó por automóvil o auto. 

Con esa actitud reaccionaria de negarnos a crear nuevas palabras para cosas nuevas, nos llenamos de anfibologías, equívocos, ambigüedades, que nos obligan al tan frecuente "¿a qué cosa te referís?". En esto hay que admirar (e intentar seguir) al inglés, cuyo dinamismo para innovarse junto con la historia, especialmente con la tecnología, le hace cada vez más indiscutidamente el idioma del mundo.   

Debe tenerse como muy razonable, por ende, que al adoptar una institución jurídica novedosa como el que produce el casamiento gay, se le dé un nombre particular. De modo, por ejemplo, que si llega el marido a casa y le dice a la esposa "Querida, invité a un homonomio amigo a cenar", no le quepa a ella ninguna duda acerca de qué clase de visita va a recibir. No será lo mismo, evidentemente, que le anuncie "invité a un matrimonio amigo". Se evitarían situaciones muy embarazosas, como aquella de la inolvidable película "La jaula de las locas".   

Aquí tendremos obstáculos legales. Nuestra Constitución establece que la familia "incluye la unión estable del hombre y la mujer", con lo cual hace a la mera ley inepta para asumir la tarea de crear el homonomio e incorporarlo al Código Civil. Habrá que incluirla en un proyecto de reforma constitucional y luego convencer a una mayoría de convencionales de que la apruebe, hecho que, si esa mayoría está compuesta de políticos, no será difícil, pues bastará que el gremio bi-gay-lesbi-trans logre demostrar que tiene muchos electores. Hay que ver cómo se enternece el corazón de un político ante la vista de un montón de votos.   

Y luego de la lucha semántica y de la legal, se deberá encarar el combate contra la estupidez, que suele ser más difícil y encarnizado. Como anticipo de lo que puede ser, allí está lo de la jueza argentina que recientemente declaró algo así como: "Yo leo la Biblia todos los días y sé bien lo que Dios quiere, así que prefiero morir antes que celebrar un matrimonio de estos". De los que más hay que cuidarse es de esta clase de gente, los que tienen el número de teléfono particular de Dios, hablan con él todos los días, reciben y cumplen sus instrucciones directas.   

  

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 25 de Julio de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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