GANADEROS SIN VACAS
Según datos recogidos por Groussac, don Pedro de Mendoza reunió en su armada unas once embarcaciones (juntas no pasaban de 1.700 toneladas) y unos 1.200 tripulantes, muchos de ellos hidalgos de posición y fortuna, viajando con sus cabalgaduras.
No se dispone de la cifra de éstas, pero calculamos que los equinos conquistadores no bajarían de un centenar. No se mencionó otro tipo de animal embarcado en aquella célebre armada, de modo que nuevamente habrá de suponerse que traerían cerdos, la única fuente de carne fresca transportable sin mucho sacrificio de recursos; aunque dudosamente alguno habría sobrevivido al viaje de más de cinco meses. Fulgencio R. Moreno dice que Irala hizo criar cerdos nativos en la isla San Gabriel. Tampoco nos sirve de mucho esta información.
Cinco años después, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, haciendo poco honor a su apellido, no incluyó en su armada de cinco embarcaciones ningún vacuno, pese a que Peña Villamil refiere que adquirió "ocho a diez vacas" en Jerez. Las habrá dejado a la familia. Trajo consigo, eso sí, 46 caballos y un grillo, embarcado por un marinero enfermo que sentía alivio escuchándolo; pero aconteció algo extraño porque el cantor decidió enmudecer y desaparecer, contrariando a su dueño, que deambulaba por el barco quejándose de su mala suerte. Mas una noche muy oscura, sin que nadie lo esperara, el grillo cantó tan fuerte que despertó a muchos y alertó al vigía justo cuando se aproximaban a un arrecife. "Es cierto cuenta don Álvar en sus Testimonios si el grillo no cantara nos ahogáramos cuatrocientos hombres y treinta caballos".
En fin, de los 46 equinos que venían en varias naves, llegaron a Asunción 26; pero aquí ya se estarían reproduciendo los de Ayolas y Salazar. ¿Por qué no traían vacas estas expediciones tan cuidadosamente preparadas? Una explicación parece sencilla: los europeos no venían a dedicarse a la ganadería; esos animales demandaban mucho espacio, comida y agua. Nótese que tampoco traían semillas ni otras herramientas que no fuesen de minería.
En la armada del tercer Adelantado tampoco vinieron vacunos; ni siquiera en el barco conducido por el capitán de nombre Becerra. Sin embargo y finalmente, acompañando a doña Mencia de Sanabria, los hermanos Goes trajeron de Brasil algunos vacunos, arreados por el tropero Francisco Gaete, desde lo que hoy es Porto Alegre hasta Asunción; eran un toro y siete vacas. El tropero pidió y recibió como paga una de las vacas.
Ciprian (Scipión, según otros) y Vicente Goes fueron los primeros hacendados del Paraguay, Gaete fue el primer tropero, los indios y mestizos de los alrededores de Asunción fueron los primeros abigeos. Estos, con sólo ver las primeras vacas, ya descubrieron que su vocación había sido siempre la ganadería. Eran, para decirlo de un modo actual, ganaderos sin vacas. Todos merecen algún homenaje en la Asociación Rural del Paraguay; o al menos un recordatorio en el restaurant asunceno que se inspira en ellos. Roberto Quevedo proporcionará la biografía de los Goes.
Por la misma época (1555), llegaron los primeros contingentes de ganado vacuno al Tucumán, provenientes de los llanos bolivianos. Los cronistas dan datos escasos sobre el ganado, dejando vacíos que se ensaya llenar con el cálculo o con la imaginación. Sabemos, por ejemplo, que Juan de Garay llevó de Asunción ganado vacuno y equino para la fundación de Santa Fe, en 1573. Hizo lo mismo en 1580 para la de Buenos Aires. Y tres años después, Alonso de Vera y Aragón (alias Cara de Perro) llevó para la fundación de Concepción del Bermejo nada menos que esta vez sí tenemos cifras 50 yuntas de bueyes y 300 vacas.
Garay decía, en 1583, "hoy día hay tanto ganado que no vale una vaca un peso y medio arriba de la moneda de la tierra". Dos oficiales reales escribían a España, por la misma época, relatando: "Aunque el ganado se va aumentando en número, como todos tienen y no hay saca, los precios se van menoscabando: una becerra de un año se vende en 2 varas (poco menos de dos metros) de lienzo de algodón; un potro o potranca, a vara o vara y media".
La pregunta que se suscita cae de suyo: ¿estos centenares o miles de vacunos que poblaron las praderas paraguayas y argentinas durante la segunda mitad del siglo XVI provenían de la tropilla de los hermanos Goes? Suponiendo que a principios de 1556 el toro y las vacas fueran fértiles y prolíficos durante toda su vida genéticamente útil, y cumplieran su tarea con el mayor esmero, dedicación y equidad de género, ¿podrían acaso convertirse en casi un millar veinticinco años después?
La ciencia veterinaria asegura que el coeficiente de reproducción normal no da semejante posibilidad, de modo que la leyenda se tambalea en su base. Tuvo que allegarse otro ganado con posterioridad al de los Goes. ¿De dónde vendría? No podría ser de otro sitio que el Perú; o sea, de los llanos de la actual Bolivia.
Pedro Dorantes, uno de los más antiguos y razonables conquistadores del Paraguay, que fue al Perú en la expedición de Francisco Ortiz de Vergara, en 1566, nos cuenta que para retornar a Asunción tomó dinero prestado a fin de comprar ganado vacuno. No lo refiere, pero los otros oficiales habrían hecho lo mismo, pues en Charcas abundaba tanto y sería tan barato, que el cuarto Adelantado Hortíz de Zárate se comprometió a traer al Paraguay cosa que no hizo 4.000 vacunos, otro tanto de ovinos, 500 equinos y otros tantos caprinos.
Dorantes relata que, al separarse Ñuflo de Chávez de la expedición que retornaba a Asunción, convenció a algunos que se quedaran con él, lo que mermó la tropa en 600 vacunos. Los demás siguieron camino y, luego de cruzar el río Paraguay para aproximarse a Asunción, unas 130 vacas quedaron del lado chaqueño, desperdigadas, a las que hubo que ir a recuperar, empresa de dudoso éxito, considerando que era territorio guaicurú. Una becerra, dice el cronista, valía entonces unos doce metros de lienzo.
Traían también ovinos y caprinos, lo que les salvó de un infortunio pues, según se relata, estando una noche los guaicurúes con ánimo de atacar al contingente que dormía, ocurrió que escucharon la ruidosa fogosidad de los machos cabríos y huyeron creyendo que los españoles se movilizaban. Sin duda, las ocas del Capitolio romano no lo hubieran hecho mejor.
La clasificación del ganado que se hacía en el siglo XVIII en el Paraguay era el siguiente: ganado de rodeo; bueyes; caballos; yeguas; potros; mulas; burros; burros hechores; ovejas y cabras. "Burros hechores" eran los que hacían, de lo que se desprende que los meros burros no hacían.
Respecto al ganado asnal en nuestro país asunto que siempre fue de mi mayor preocupación no se tienen datos de su origen, por lo que hay que inferir que también se los trajo del Perú, donde eran muy necesarios, puesto que daban mulas y burdéganos para cabalgar y acarrear en terrenos escabrosos. Tal vez fue por causa de nuestras llanuras que no prosperó el empleo de este nobilísimo animal, salvo en las Misiones Jesuíticas y en los yerbales. En aquellas se reportaron, al momento de su expulsión, unos 22.000 de las tres categorías. ¿Qué labor cumplían allí? Por supuesto, transportar yerba, igualmente a como lo hacían para los comerciantes asuncenos. "Para cada cien cargas de yerba explicaba un documento de 1761 son necesarias ciento cincuenta mulas, por las que a cada paso se destruyen, maltratan y fenecen".
Decía Félix de Azara, hacia finales del siglo XVIII: "Hay en el Paraguay algunos burros mansos que no se parecían y lo mismo sucede en Misiones. En Buenos Aires y Montevideo nadie los utiliza aunque los hay en abundancia silvestres ó cimarrones. Como los burros huelgan los caballos se tratan sin piedad, como que cuestan poco, y se mata y destruye tanto ganado vacuno, suelen decir que estas tierras son purgatorio de caballos, infierno de vacas y paraíso de burros". En mi opinión, al menos en este aspecto, los paraguayos continuamos en el paraíso.
Al momento en que los jesuitas fueron expulsados de las Misiones del Paraguay, su ganado, según datos asentados, era el siguiente: vacuno: 787.722; caballar: 99.211; ovino: 225.486; asnal: 20.174. Esto, en 30 pueblos habitados por unas cien mil personas. Manuel Peña Villamil se ocupó de investigar este tema en 1970; pero no lo continúa nadie aún, para actualizar la historia con la dinámica ganadería moderna. No hay que esperar a que un historiador se convierta en hacendado invirtiendo el lucro de su oficio, pues esto podría demorar mucho; mejor pagar a uno; tal vez, como Francisco Gaete, se contente con una vaca de honorario.
Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR
Domingo, 17 de Octubre de 2010
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