CRÓNICA ASUNCENA
Asunción está harta de vehículos, ruido, basura, agujeros, carteles publicitarios, gente con parlantes y personas indeseables, entre otras desgracias, que no por afectar a muchos nos consuela.
Apunto las primeras letras de esta crónica mientras un pastor evangelista, instalado con su carpa en una plaza cercana, inicia también su labor. Con poderosos altavoces convoca al redil a las ovejas que espera apacentar. Vocifera tanto que ya debe estar fastidiando al mismísimo Creador; no se diga al vecindario. Hasta donde mi corto saber alcanza, cuando Jesucristo encomendó a sus discípulos "id y predicad" no agregó "y usad todos los decibeles que queráis". Pero, en fin, la interpretación de la Palabra es libre.
No menos agresivos son los altoparlantes de una discoteca juvenil de pequeña contextura pero gran tenacidad. Cuando el pastor se vuelve ronco y calla a la derecha, comienza el reguetón a la izquierda. Cuando por azar callan ambos, pasa el comprador de baterías viejas seguido del chipero, todos bien actualizados en materia de amplificación electrónica. No creo que ninguno de ellos posea origen diabólico, pero de que despiertan ánimos criminales, no me cabe ya duda alguna a estas alturas de la estruendosa competencia.
Quedan por agregar a la lista los estrépitos que producen los huelguistas y manifestantes que se reúnen y luego marchan. Petardos y parlantes hacen tanto estropicio en el ánimo de los que tienen que sufrirles, que uno acaba averiguando qué causa defienden para ponerse en contra. Aunque el barullo no incomoda a todos; por ejemplo les encanta a los indígenas que vinieron a pasar sus prolongadas vacaciones de invierno a la plaza Uruguaya. Se solazan con cosas que tienen la suerte de no tener en sus hábitat, como el griterío, las pancartas, las bombas y la agitación. Bueno, al fin y al cabo, las vacaciones son para entretenerse.
A veces uno tiende a creer que esa plaza fue maldita por algún grave pecado histórico asunceno, pues siendo la más antigua y mejor dotada no se dirá ya la más linda, es sistemáticamente destruida por los manifestantes, los vagos, los indígenas arreados por oportunistas y los viandantes que buscan un sitio apropiado para evacuar cualquier cosa que su cuerpo solicite expeler.
El intendente que recupere la "selva aromada" para su uso y goce públicos como espacio natural, digo, no como spa, retrete o teatro de dramas sindicales será recordado por siempre. El experimento de cercar la plaza Italia es, hasta ahora, muy exitosa, ya que de momento quedó libre de la depredación de los SIN (sin tierra, sin techo, sin trabajo, sin vergüenza, etc.).
Al tiempo que me apresto a acabar con esto, el pastor reinicia su convocatoria voceando con el mismo frenesí que comenzó. Se conoce que las ovejas no acuden aún en cantidad necesaria para justificar su inversión, de modo que habrá grita para rato. Me envía el mensaje de que si acudo a escucharle tendré la salvación de mi alma prácticamente asegurada. Pero creo que más bien lo que hace es tratar de salvar la suya, a expensas de nuestra paciencia. A menudo me pregunto si alguna religión ganará alguna vez esta lucha tenaz por administrar la eternidad. Estremece la idea de morir e ir a parar al mismo paraíso adonde irán ellos con sus parlantes.
Sería bueno que cuando comparezcan ante su Salvador, este les diga: "Por haber ensordecido y jodido la existencia a tanta gente, os condeno a permanecer en la discoteca de Satanás, donde escucharán reguetón por la eternidad". Sería un fallo justo, me parece.
Pero a los depredadores nocturnos de las discotecas en las que jamás amanece, también debería dispensárseles alguna sentencia. Que se los condene a escuchar al predicador evangélico y su "música cristiana" perennemente. In omnibus quidem aequitas spectanda sit. En todo se ha de esperar la equidad. Palabra santa. Aunque estos dos son capaces de inventar el reguetón cristiano, si es que no lo han hecho ya, con lo que la sentencia quedaría inane.
Vean los intendentables y concejables de Asunción qué pueden hacer por ella y sus habitantes; si logran componer las cosas para que haya un poco más de respeto recíproco, es decir, para que la ciudad sea un poco más vivible, no les prometo la vida eterna ni les invitaré a amanecer en una disco, pero me aseguraré de que la Historia los recuerde amablemente.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 31 de Octubre de 2010
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