GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

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Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

TECNOLOGÍA PENAL - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 14 de Noviembre de 2010

TECNOLOGÍA PENAL - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 14 de Noviembre de 2010

TECNOLOGÍA PENAL

Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Nicolás Pavlóvich I, zar de todas las Rusias, rey de Polonia, etcétera, absolutista, conservador y nacionalista, repartía duro y parejo. Condenó a la horca a un poeta opositor de apellido Relieff, pero la soga se soltó y el reo exclamó: "Ni una cuerda se sabe fabricar en Rusia". Cuando estos accidentes tan afortunados sucedían era tradición conmutar la pena, pero en este caso el zar ordenó que "se le demuestre lo contrario".   
La tecnología patibularia era complicada. En Europa se ajusticiaba con dos finalidades: dar muerte al reo, mas también ofrecer al público un espectáculo aleccionador. Se hacía pasear al condenado con marcas especiales, se le ahorcaba en una ceremonia concurrida, luego solía descuartizársele, mostrar su cabeza seccionada y, a veces, remitirse miembros sueltos a los lugares donde había cometido sus crímenes, en una especie de postrera gira artística.   
Esta liturgia fue la empleada, por ejemplo, por Bruno Mauricio de Zavala con los comuneros Gabriel Delgado, José Duarte, Ramón Saavedra y Pedro de Esquivel, en abril de 1736. Cabeza y manos de Saavedra se exhibieron en Guayaibity, donde muriera el gobernador Ruiloba. La cabeza de Esquivel fue a Tabapy y sus manos a Carapeguá. Se agregaron penas típicas como la confiscación de bienes, el arrasamiento de viviendas familiares, la declaración de inhabitabilidad del solar y la prohibición de mencionar sus nombres.   
En la ejecución de Gabriel Delgado se soltó la cuerda cayendo el reo sobre la tarima. Pidió clemencia, pero se ordenó repetir la operación. Se volvió a romper la cuerda y entonces la paciencia del verdugo se acabó y optó por estrangularlo con sus manos. Es curiosa la repetición de chambonadas tan peculiares, porque cuando, a mediados de 1550, Domingo Martínez de Irala hizo "dar garrote" (así se decía entonces) al comisionado Miguel de Urrutia, también se soltó la soga, por lo que el verdugo tuvo que utilizar sus manos. La tecnología penal fallaba inútilmente a favor de los condenados.   
Los autos de fe de la Inquisición se ejecutaban con mucha pompa. Se iniciaba con procesión, misa y sermón, lectura solemne de la sentencia y plegarias. Seguía la ejecución misma, a cumplirse por el brazo secular, porque, llegados a este punto, a los religiosos les sobrevenían escrúpulos. Los relajados vestían el saco benedicto, el conocido sambenito (túnica blanca o negra, con cruces rojas, aspas o figuras demoniacas, según el tipo de crimen) desfilando por las calles, precedidos de pregonero que enumeraba en voz muy alta sus crímenes, hasta llegar al patíbulo, montado en el centro de la plaza mayor, rodeado de tablazón armada en graderías y toldos para cubrir del sol a las autoridades y personalidades asistentes. Un inquisidor les instaba por última vez a confesar y arrepentirse; si el hereje accedía, se lo ahorcaba y luego se quemaba su cuerpo; si no, iba vivo a la hoguera. Opciones tenían.   
Como el espectáculo debía realizarse en día feriado, con mucho aparato y concurrencia de notables, se fue haciendo costoso y el Santo Oficio protestaba carecer de fondos para sufragarlos. Este problema financiero hizo que las ejecuciones mermaran y los perdones fueran más fáciles de obtener. Una sana medida de ahorro consistía en reunir relajados durante varios años y luego realizar un acto único para un lote numeroso.   
En tiempos del Dr. Francia ya no se usaba cadalso, horca y ritual, sino simple fusilamiento. Pocos tiradores disparaban desde tres o cuatro metros contra el reo enlazado a un naranjo –el célebre naranjo–, que posiblemente estaría al costado oeste del actual Cabildo, un espacio que desde hace más de un siglo se llama "Paseo Irala", aunque nadie lo sabe; ni la Municipalidad.   
Desde su residencia, a unos cincuenta metros, El Supremo se deleitaba viendo a sus enemigos caer uno tras otro. Se cuenta que para la ejecución de Juan José Machaín (tras trece años de calabozo) ordenó se le disparara al rostro para desfigurarlo y, de este modo, impedir que el hijo adolescente del condenado conociera las facciones de su padre, pues había nacido poco después de su encarcelamiento y nunca se le permitió verlo.   
Actualmente, cuando por motivos humanitarios la pena de muerte está siendo dulcificada o suprimida en muchas legislaciones, hay que proceder de modos muy diversos. La tecnología de las ejecuciones mejoró mucho; es rápida, silenciosa, prolija y aseada. Aun así, no faltará seguramente el ejecutado que se queje, pues en esta materia nunca se dará el gusto a todos.   

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 14 de Noviembre de 2010


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