¡BUEN TRABAJO!
El viernes 13 de mayo, desmintiendo el sino aciago de la fecha, explotó el entusiasmo general, impresagiable, cuanto menos señales se daban de él; porque no se ignora que somos gente, a menudo, de abulia invencible.
Grande fue el riesgo asumido por Margarita Morselli al hacerse cargo del diseño y construcción de esta gigantesca pirámide; su arrojo y tesón fueron de la mano, junto a los de la gente que la secunda en El Cabildo. Los vi trabajar y certifico que cualquiera sea el reconocimiento público que reciban, si alguno, será insuficiente. Hicieron bien todo lo que se propusieron y se esperaba; y aun más; aun probando el sabor del sabotaje, la envidia, la intriga, la descalificación gratuita, la indiferencia, la competencia desleal. Extiendo el homenaje para Ticio Escobar y su equipo de la Secretaría Nacional de Cultura. ¡Buen trabajo!
No se le rinde aplauso, hasta ahora, a Itaipú Binacional, que corrió con el grueso de la carga económica. ¿Por qué? No tenía obligación alguna. Ni se gratifica con el encomio merecido a los demás que pusieron dinero generosamente, sin recibir más remuneración que la del placer de cooperar, como la Asociación Cultural Comuneros y la fundación "Roa Bastos". Y esos empresarios privados, sin cuyas chequeras, extendidas desinteresadamente, muchos espectáculos que nos encantaron no se hubiesen solventado. El anonimato no les hace justicia.
Y no menos valioso es lo que muchos otros contribuyeron por su cuenta, calladamente, obsequiando su dinero o sus horas, compartiendo los tesoros de su archivo y su labor intelectual o su gestión profesional. Medalla especial a esa prensa y a los periodistas que se dieron a estimular, divulgando y enseñando Historia, echando combustible limpio, sin malevolencia, sectarismo ni resentimientos, a la caldera del entusiasmo general. Ostenten orgullosos el galardón recogido: la formidable respuesta popular a las celebraciones.
La conmemoración del Bicentenario estuvo a la altura de las expectativas, superándolas, incluso, en muchos pasajes. Ornar e iluminar los edificios fue un make-up urbano gratamente revelador de un arte que aquí era inusual. Y alegró el espíritu general la explosión de colores patrios en calcomanías, banderitas y escarapelas. Estas últimas no las había visto desde épocas escolares reaparecieron en su diseño clásico, más también como cintas rizadas, lacitos de rodetes, tejidas o bordadas; y hasta una muy llamativa, de ñandutí, en formato mbeju, cubriendo parte substancial del orgulloso pecho de sus portadores.
El inevitable griterío disonante esta vez no logró hacerse escuchar. ¿Había disconformes? Era previsible, pues jamás lloverá a gusto de todos. ¿Discordancias? De seguro. ¿Se anotaron fallas? Inevitablemente. ¿Algo salió torcido? No es raro. ¿Somos impuntuales, lerdos, indisciplinados; improvisamos? ¡Gran novedad! El mismo movimiento libertador del 14 y 15 de mayo de 1811 fue bastante improvisado. Mirando en sincera retrospectiva, reconozcamos que convivimos con falencias ancestrales.
Algunos artistas hicieron sus aportes, fueron aplaudidos, cobraron por su trabajo y se enojaron. Es que además aguardaban la corona de laureles. Hay gente que ve las cosas del revés. Los participantes deben a los organizadores gratitud eterna por la oportunidad que tuvieron de dejar sus nombres inscriptos en tan memorables celebraciones. ¿O creen acaso que dentro de cien años alguien sabrá de ellos si no fuese por los testimonios documentales que a la posteridad legarán estas fiestas? Pero la inmensa mayoría dio lo mejor de sí sin esperar ni recibir trofeos. Los que trabajaron sin estrépito, en escritorios, archivos, salones de ensayo, montajes, computadoras e imprentas, disfrutan íntimamente de una satisfacción silenciosa.
Desde el martes dieciséis la patria reposa otra vez en la hamaca, bajo el mango umbrío, iniciando otra siesta que bien podría extenderse hasta el tricentenario. No debería ser así, pues nos restan al menos tres fechas más, dignas de celebración: el 20 de julio de 1811, cuando declaramos nuestra independencia de Buenos Aires; el 15 de agosto de 1812, izada por primera vez la enseña tricolor; y el 12 de octubre de 1813, cuando nos declaramos, finalmente y por escrito, república.
La identidad nacional acaba de recibir un fortísimo haz de energía preciosa. Esos miles y miles de jóvenes que cubrieron la apoteosis con banderas y cánticos reciben ahora el legado del formidable ejercicio de preservarla y enriquecerla. Y han de hacerlo.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 22 de Mayo de 2011
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