EL VIL METAL
El oro inspiró muchos mitos, como el de la ciudad áurea erguida en medio de un lago, la archifamosa El Dorado, que, al decir de Alejandro Humboldt, era un fantasma que atormentaba a los españoles, huyendo de ellos a medida que conquistaban nuevos territorios. Al principio se la suponía en la Amazonia colombiana, luego la leyenda se diversificó, ora en el Perú incaico, ora en Guayanas, en Minas Gerais o en una isla en medio del río Amazonas.
Pero el oro americano no estaba concentrado en un sitio fantástico sino a lo largo y ancho del continente. De todos modos, millones de fracciones del metal amarillo americano, de cualquier forma y peso, acabaron finalmente en Europa; inicialmente en las bóvedas de los banqueros judíos de Génova, después en Amsterdam y Londres; finalmente, luego de la Segunda Guerra Mundial, en Fort Knox, Kentucky.
En la conquista del Río de la Plata sucedió que la metrópoli muy pronto se decepcionó de los resultados. La armada de Pedro de Mendoza, una de las más grandes y lucidas, fue el producto de las falsas noticias de fabulosas riquezas que habían sido llevadas a España por los navegantes anteriores. El nombre Río de la Plata se debe a esa fantasía. Mas, Mendoza, Ayolas, Alvar Núñez, Irala, Chaves, no hallaron sino vegetales insulsos, animales feroces, hostilidad, miseria y, lo peor, desencanto.
Las pocas piezas de plata y chafalonía que consiguieron, despojando a los indígenas chaqueños, nunca justificaron el gigantesco esfuerzo dilapidado. Los indígenas mismos no estimaban en gran cosa esos metales; y aunque se los robaban ocasionalmente unos a otros, sin embargo, para adornarse preferían mil veces las plumas exóticas, los aretes de madera pintada, los tejidos de colores llamativos. Un cacique le confesó al Inca Garcilaso de la Vega: "Si los españoles, vuestros padres, no hubieran hecho más que traernos tijeras, espejos y peines, les hubiéramos dado cuanto oro y plata teníamos en nuestra tierra". Así la Conquista no hubiera sido quizás una empresa sanguinaria sino una especie de gran feria comercial.
Cuando los indígenas del Río de la Plata se percataron de que eran esos metales lo que los extraños barbudos buscaban tan afanosamente, con tal de librarse de estos trataron de conseguírselos, mas tampoco ellos los hallaban en ningún sitio. Los que los poseían eran los incas; principalmente el oro, porque la plata no abundó hasta el descubrimiento de las vetas del cerro Potosí, y esto ocurrió recién en 1547, merced a la tenaz obsesión de un conquistador llamado Villarroel. Se cuenta que los araucanos, cuando tuvieron en sus manos a Pedro de Valdivia, le derramaron oro derretido en la boca, diciéndole algo así como "¡ya que tanto lo quieres!".
En el Paraguay nunca tuvimos veneros de metales preciosos. Ni de los otros, hasta ahora. Nuestros conquistadores constataron finalmente esta decepción allá por 1550 y se consolaron viviendo una existencia lánguida y pobre aunque fácil. Fray Bernardo Armenta, iralista militante, esparció por ahí el infundio de que don Alvar Núñez Cabeza de Vaca opinaba que "donde no había oro ni plata no había necesidad de bautismo". Aserto que, verdaderamente, no se alejaba demasiado de la realidad de esos siglos, confirmado por la observación de Alfred Demersay: "A los ojos de la alta administración americana, como de la corte de Madrid, el Paraguay adolecía de la irreparable culpa de no ser en absoluto un país de minas".
Es curioso que todavía los seres humanos le llamemos "vil" al más noble de los metales conocidos, poseedor de virtudes químicas innumerables. Vil, sí, es la locura que siempre generó en la mayoría de los seres humanos, desde las míticas minas del rey Salomón hasta las salomónicas reparticiones de minas que se hicieron las potencias colonialistas.
En las herméticas bóvedas de nuestro Banco Central -la de las rejas destornillables- se habían acumulado unos cuantos lingotes, en calidad de reserva nacional. Se dijo que desaparecieron el 3 de febrero de 1989, proyectados al exterior por la potencia del primer impulso democrático. Tan fuertemente proyectados que hasta ahora no se sabe de ellos; es decir, si continúan girando en alguna órbita oculta o yacen ya, en dulce calma, en las bóvedas de alguna isla fiscal paradisíaca.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 05 de Junio de 2011
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