GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Foto de GUSTAVO LATERZA RIVAROLA
Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

CAMBIO EN PRIMER LUGAR - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 26 de Junio de 2011

CAMBIO EN PRIMER LUGAR  -  Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 26 de Junio de 2011

CAMBIO EN PRIMER LUGAR


 Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Es sabido que los seres humanos no seguimos obedientes las pautas del régimen físico evolutivo, sino que precisamos acelerarlos, a veces desviarlos por los atajos de nuestros apetitos particulares, sin preocuparnos si coinciden o no con los grandes derroteros de la naturaleza.  

Es preciso reconocer algo: no nos agrada todo lo que la naturaleza nos proporcionó. Por eso es que ocasionalmente nos determinamos a cambiar nuestra dotación, ya sea simplemente los colores del cabello, la piel, los ojos; algunas formas del cuerpo; algunos dones y talentos, gustos y tendencias. Modificarse físicamente es renovarse, rejuvenecer, sentirse diferente y mejor; esta es la convicción que mueve a mujeres y varones a someterse a horas de sacrificio en dietas, peluquerías y gimnasios.   

¿Por qué este apetito tan típicamente humano no incluiría la sexualidad? No tendría sentido ni explicación. Lo evidente es que hay gente que no está satisfecha con el sexo que le tocó en suerte y aspira a cambiarlo. Más aún ahora, que la ciencia acude en su auxilio; porque antes no se podía o había que aguardar algún evento prodigioso, como el que relata Montaigne, hacia 1580: "En el Vitry francés vi a su sujeto a quien el obispo de Soissons había confirmado con el nombre de Germán; todas las personas de la localidad le conocieron como mujer hasta la edad de veintidós años, y le llamaban María. Era, cuando yo le conocí, viejo, barbado y soltero, y contaba que, habiendo hecho un esfuerzo al saltar, aparecieron sus miembros viriles. Aun hoy hay costumbre entre las muchachas del Vitry de cantar unos versos que advierten el peligro de dar grandes brincos".   

Pero ahora se quiere presentar a este ocasional aunque antiguo afán de trashumancia sexual como una novedad reprochable, inconveniente para la sociedad humana, desagradable a los dioses, contrario a sus designios o algo así. Lo ilustra bien la preocupación expresada recientemente por un prelado, en una homilía dicha en misa de devoción a San Antonio: "Osêvaipa la ñande familia –se lamentó– y tenemos que estar atentos porque, en un pequeño descuido, los hijos quieren ser mujeres y las mujeres ser hombres, y así se enamoran del mismo sexo". Luego explicó detalladamente el plan divino de la Creación (que los religiosos conocen al dedillo) para que su feligresía entienda de una vez por todas que la homosexualidad y variantes no están incluidas en él.   

De tal homilía se infirió, finalmente, que de ninguna manera San Antonio asistiría a los homosexuales, transexuales, travestidos, etc., favoreciendo vínculos amorosos entre ellos o procurándoles parejas, de forma tal que esta gente quede bien advertida y no empeñe su tiempo enviándole promesas ni operando tretas raras con sus imágenes. No sé yo qué despachos dará San Antonio a las peticiones y rogatorias de los homosexuales, pero sospecho que atiende casos especiales, habida cuenta de cómo marchan estos trámites de cambio de sexo, homonomios y arreglos similares que se van produciendo, hoy ya legalmente, y con gran éxito de prensa y taquilla en el mundo del espectáculo, dicho sea de paso.   

Atestiguaron estas novedades los homosexuales manifestantes que el otro día se congregaron frente al Congreso en el mitin que denominaron "el besotón", besuqueándose frente al ínclito instituto, pasmando a muchos y estriñendo de indignación a unos pocos legisladores, induciéndoles a eyacular atropelladamente intrincadas disquisiciones teóricas sobre la naturaleza de la sexualidad humana.   

A mí, debo admitir, la manifestación me pareció atrevida y novedosa; aunque me agradó más aquella otra denominada "Tetas y Culos por la Democracia", exitosamente organizada hace pocos años por el Partido Humanista, que tuvo obvios efectos benéficos, por cuanto nuestra práctica democrática, al menos en sus altos niveles legislativos, ejecutivos y judiciales, continúa consistiendo básicamente en eso.   

Los cambios son inevitables, tanto en política como en sexo. Si a los políticos se tolera muden de principios, de banderas, de bancada, de voto, de palabra, de promesas, de lealtades o de lo que sea, ¿por qué rehusar la misma regla a los demás? Si alguien fuera requerido por pretender cambiar de sexo simplemente debería responder lo que suelen declarar los políticos ante idéntica situación: "Es que estamos moviéndonos en un nuevo escenario".   

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 26 de Junio de 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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