PARAGUAYISMOS Y PARAGUAYIDADES
"Aháta aju" es una expresión local que causa hilaridad entre los foráneos, una vez que se enteran de que se traduce, literalmente, por voy a ir a venir. "¿Es como el búmeran?", preguntaba uno de ellos, tratando de entender. En realidad, significa voy pero retorno enseguida; eventualmente alguien traduciría también por un voy para vuelvo; o algo así.
El problema radica lo venimos sosteniendo en la particular percepción espacio-temporal del paraguayo. Por eso es que, indagado un campesino por alguna dirección, considerará referencias diferentes a las nuestras. A la pregunta de "¿dónde queda la casa de don Alcibiades González?", por ejemplo, nos responderá casi siempre "¡apete!", si nos ve en vehículo. Si nos ve a pie o a caballo, será, seguramente, más preciso: "Apeté, dos legua". Diez kilómetros, que no es apete (cerquita nomás) para alguien habituado a distancias urbanas.
Los equinos siempre tuvieron entre nosotros una gran influencia en la formación de estas categorías espacio-temporales, tanto como de los modismos y proverbios populares paraguayos. Félix de Azara ya había notado este fenómeno durante su estancia, a fines del siglo XVIII, y lo relata más o menos así: Cuando preguntamos al campesino paraguayo por la distancia que hay hasta cierto lugar, antes de responder mira qué cabalgadura llevamos; si es buena, dice "ahí cerca nomás"; si
mala, dice "en dos o tres horas llegarás".
"¿Cuándo vas a bajar un poco en casa?", le dijo una rústica dama, nativa de estas cálidas latitudes, a una septentrional señorita del Cuerpo de Paz. Esta, recién arribada, quedó confundida y no supo responder. Después indagó cautamente si la señora vivía en un sótano. Desmontados sus temores, fue a visitarla. Se anunció en el portón y la amable anfitriona acudió exclamando "llegá pues". Y la visitante: "Ya llegué. Pero, ¿puedo entrar?". Y la nativa: "¡No y sí pue!". Y así sucesivamente, la colisión cultural producía una conversación de lo más borrascosa, tropezando los interlocutores, a cada paso, en los filosos peñascos idiomáticos.
Lo de "bajar en casa" también proviene del empleo del caballo. Llegado al pueblo, el jinete tiene que apearse en algún sitio, en la comisaría, el bar, en fin, en la casa del compadre. Allí es cuando se forma la metonimia que los lingüistas denominan "de la causa por el efecto". La fórmula de cortesía "llegá pues a mi casa" en vez de "visitame" o "entre por favor" tiene el mismo origen. El arriero que circula por el pueblo tiene la opción de quedarse o proseguir; si opta por quedarse para hacer una visita, "llega" hasta el portón y "baja". Debo declarar, en este punto, que me gusta más este paraguayismo que el castizo "pase adelante", que, bien analizado, no guarda relación alguna con lo que invita a hacer. No decimos "vuelva atrás" cuando nos despedimos.
Con motivo del reciente lamentable secuestro vivido en el país, se escuchó a un locutor de TV afirmar que uno de los "cautores" de la víctima (el que llamó a pedir el rescate) "hablaba con una voz de sexo masculino". Luego de entrevistar al "doptor" Filizzola, informó que una peculiaridad del llamador de los criminales era que se expresaba correctamente en castellano, con lo que, ventajosamente, se excluía a sí mismo de toda presunción de estar implicado. Coronó la apoteosis locutoria cuando, unos días después, anunció gozoso la liberación de la víctima, señalando que la misma salió "sin ningún rajuño". Fue Cervantes el que quedó todo rasguñado.
Un otro, exitoso conductor de programas, hace poco se le escuchó referirse a una colega que le acompañaba: "Che Pabla, lo que me gusta es ese tu cabello que te llega hasta tu cola". Este, por ejemplo, también queda liberado de la más mínima duda respecto a ser el llamador de los cautores.
Nadie afirma que hablar español fluida y correctamente sea fácil; no lo es para los mismos españoles; y más arduo nos resulta por la poca frecuencia de su práctica entre nosotros; pero, por haber escogido ese oficio, los locutores tienen la obligación profesional de hacerlo mejor que los demás. Debería exigírseles algo así como un doptorado en Dicción, Fonética y Retórica.
Y si no, a llamarse a silencio;
que como dice bien el adagio, el tonto, si es callado, por sesudo es reputado.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 11 de Setiembre de 2011
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