CADA CALLE EN SU DETALLE
Descartando las calles de Asunción que llevan nombres militares, nos restan unas pocas dedicadas a civiles y, poquísimas, a valores, árboles, flores, animales, pueblos indígenas, caciques, símbolos patrios e, incluso, algunas con palabras cuya asociación con calles y avenidas resulta completamente misteriosa, como el caso de Sociedad, Cuadrilátero, Indias, Kuarahy y Del Sol, Internacional, De los Ángeles
en fin, ¡Bonete! Que son cuanto más llamativos más riesgosos. ¿Cómo un cobrador perdería de vista a alguien que reside en la calle Mandií?
Hay personas cuyos nombres ingresaron a la nomenclatura vial sin que se sepa muy bien por qué. En otros casos, se leen placas que rinden homenajes recíprocamente contradictorios, como Madame Lynch, Pancha Garmendia, Mariscal López, General José María Bruguez, José Berges, etc. Existen otros ejemplos, como Indio Francisco, recordado por haber sido un leal colaborador de los primeros conquistadores; el Cacique Arecayá, por haberlos combatido y morir ejecutado por ellos. Por esta vereda vienen también Mencia de Sanabria e India Juliana.
De doña Mencia conocemos su valor y porfía, pero se le rinde la memoria por haber sido suegra, madre y abuela de conquistadores insignes. De Juliana quise saber más y recurrí a alguien versado en la materia, un amigo historiador en situación de calle (o sea de esos que hay que localizar en la vereda de un bar conocido).
"La india Juliana cometió masculinicidio", me dijo. ¿Y eso qué es? Pregunté. Me explicó: "consiste en matar a un varón por el hecho de ser varón. Algunas mujeres asesinan hombres solamente por ser tales -me ilustró-, y esto fue lo que cometió la india Juliana con su pareja, el conquistador Ñuño, en Asunción, en el año 1543. Don Álvar Núñez la hizo juzgar; la condenaron y ejecutaron".
Así que, con su nombre en una calle, Juliana dejó de ser una simple masculinicida para ser elevada a la excelsa condición de una especie de heroína de la resistencia indígena, aunque a ella jamás se le haya pasado por la cabeza ejercitar tal misión. Unos trece años después arribaron y se establecieron en Asunción doña Mencia Calderón y unas dieciséis jóvenes españolas conquistadoras, tomando mujeres indígenas a su servicio doméstico, tratándolas con bastante rudeza, según relatos y tal como cabría imaginar (y como aún sucede en la actualidad). No obstante, cada cual recibió su placa callejera: Mencia de Sanabria y Mujer en la Conquista.
Tal vez próximas generaciones de concejales recuperen para nuestras calles nombres alegres, como aquellos que agradaban al Dr. Francesco Morra y que exornaron de gracia lo que habrá sido posiblemente la primera urbanización asuncena: la calle de los Recuerdos, de las Aventuras, de los Artistas, de los Pocitos, Miraflores, de los Colores, del Horno, del Gallinero
Ahora se llaman del Teniente, del Capitán, del Mayor, del General, del Regimiento, del Batallón, de la Legión, de la batalla, en fin
Villa Guerra debería llamarse hoy, y no Villa Morra.
Dadas así las cosas, es natural que nadie sepa por qué a una calle se denominó "22 de Junio de 1876", pero sí, cualquiera, por qué alguna otra se llama "Amistad". Es la diferencia entre lo efímero y lo indeleble.
Es que la nomenclatura no es obra de la gente, sino de la política. Y, en verdad, nada hay más alegre y jaranero en la política que repartir galardones y honores a diestra y siniestra; a unos por mostrar el camino, a otros por salteadores de caminos; a algunos por traer la luz, a otros por robarse el farol. Debe ser por casos como estos que Paul Valéry definió que "la Política es el arte de evitar que la gente participe en los asuntos que en realidad le conciernen".
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 19 de Febrero de 2012
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