LA CULPA QUE NO ES DE NADIE
Tal vez en el mismo sitio donde en 1525 los indios mbayá dieron muerte alevosa a Alejo García, el primer europeo en pisar este suelo, sicarios del EPP hicieron lo mismo con el ganadero señor Luis Lindstron. Mas, hasta aquí nomás llega la analogía, porque el veredicto sobre aquel crimen lejano fue escueto y elemental: los indios mataron para robar; y sanseacabó.
A este último asesinato no se le concedió un dictamen tan expedito; por el contrario, desató una abrumadora disentería de interpretaciones, opiniones y fallos. La nómina de culpables, según las radios que abren sus micrófonos a llamadas telefónicas, es, hasta ahora, esta: Federico Franco, Fernando Lugo, la Policía Nacional, los militares, la pobreza extrema, los agroexportadores, el precio de la carne vacuna, la corrupción administrativa, los agentes del Ministerio Público, la venalidad judicial, alguna de las varias “mafias”, las fuerzas esotéricas, el terrorismo izquierdista o la derecha empeñada en desacreditar a la izquierda.
Esa frenética dispersión de causas y culpables, que las redes sociales acentúan y ciertos periodistas divulgan con entusiasmo, enciman tanta hojarasca sobre este asesinato, que la tragedia misma acaba desapareciendo de la vista, sepultada por esa intrincada y oscura malla de conjeturas y prejuicios, desvaríos detectivescos, locas o ingenuas hipótesis y falsedades concebidas para funcionar ideológicamente. ¿Qué tenemos, pues? Un curiosísimo fenómeno de comunicación social, por el que un descarnado hecho criminal es arrancado de su escueta realidad y desfigurado, enmarañado, sometido a interpretaciones abstrusas, incongruentes y gratuitas, sin más justificación que el darse el placer de opinar.
Lo grave de esta repartija de culpas y responsabilidades es que genera un efecto fatal: los actores del crimen pasan a segundo plano. Desaparecen a medida que se afianza la teoría de que la banda terrorista no es más que una consecuencia natural de la “ausencia del Estado”, frase de moda con la que se pretende dar cuenta de todos los problemas, desde la falta de lápices escolares hasta los estragos de las inundaciones.
Así mezclados y revueltos los hechos, las causalidades, los valores, los análisis y las explicaciones, la conclusión a la que la gente común arriba es que el éxito del EPP y la sangre que derrama no son más que meros resultados de la miseria, la pobreza, la injusticia, la ignorancia, el desencanto, la corrupción y de una larga serie de aflicciones seculares, entre cuyos densos vapores se esfumina la culpabilidad concreta y puntual de los criminales de carne y hueso. No importa que esos mismos males sociales a los que se atribuye ser causa eficiente de la criminalidad actual ya existieran en tiempos de Alejo García; a los mbayá no les sirvieron para lograr la indulgencia que consiguen los terroristas de hoy.
De esto no cabe más que inferir que, si a las causas directas del asesinato del señor Lindstron hay que buscarlas entre las nubes de la problemática socioeconómica, entonces los que aprietan el gatillo no son responsables de sus actos sino apenas operadores del músculo social excitado por la fuerza ciega de los procesos históricos. Prosiguiendo, se dirá luego que los recursos que se gastan en las operaciones de combate al EPP deberían destinarse a la salud pública, a educación, caminos, tierras, subsidios…; porque, cuando hayamos derrotado a la pobreza y la inequidad, cuando todos seamos iguales, sanos y cultos, tengamos tierra y caminos, el EPP se desactivará solo y hasta el delincuente común finalmente echará de ver que es mejor laborar honestamente que delinquir. Será el paraíso terrenal, tan anunciado y predicho.
Pero, en la vereda de enfrente, en la del sentido común, hay otra versión de la realidad, una mucho más sencilla: el EPP, igual que las organizaciones criminales comunes, no es engendro diabólico de las carencias sociales –condiciones preexistentes desde siglos–, sino el simple resultado exitoso de un equipo criminal bien escogido y organizado, que logró excelentes asesoramientos y complicidades, con hábil adaptación ecológica e ingentes recursos económicos. Especialmente esto último, con lo cual suele comprarse lo demás.
Balzac, optimista, decía que “a menudo la necesidad es la espuela del genio”. En nuestro país, según la opinión hoy dominante, la necesidad solamente consigue ser espuela del crimen.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 09 de Junio de 2013
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