OCASIÓN CALVA
Propalan algunos que somos un pueblo generoso. Y por generoso hay que entender -dicen-, hospitalario, desprendido, magnánimo, pródigo.
La Biblia llama pródigo a quien dilapida en horas lo que tiene que durarle el día completo; o en poco tiempo lo que debía aprovecharle toda la vida; o la que compromete por anticipado lo que solo posee en expectativa. Así, pues, los senadores, diputados y concejales serían los pródigos de la república; los que derrochan displicentemente lo que el administrador recauda con esfuerzo. Mas, si este mismo no hace algo por impedir la prodigalidad, incurre en lo que establecía el aforismo romano: Qui cum possit non prohibet, iubet. Quien pudiendo, no prohíbe, ordena.
El paraguayo pasa por generoso porque gusta dilapidar sus reservas alegremente, indiferente a la previsión de la escasez y la vejez, olvida rápidamente los malos trances y agota la jornada como si fuera a morirse a la siguiente. Peor aún: como si fuera a morirse sin dejar tras de sí más carga que la de su féretro.
Al indígena nómada rioplatense lo describieron de esta misma manera decenas de cronistas y observadores. Los europeos le hablaban de cultivar hoy para comer bien mañana, construir para conservar y reutilizar, fabricar para almacenar, mirar por su descendencia, obtener el máximo provecho con el menor esfuerzo, y aprender a prever la adversidad con la moderación y el cálculo. Nada de esto aprendió. Nada del mañana le interesó.
“Entre las muchas cosas comunes á todas ó casi todas mis naciones (indígenas) -decía Azara- hay algunas que pueden considerarse como peculiares suyas: …el no conocer ambición, juegos, bailes, cantares, instrumentos músicos, la apatía con que soportan sin quejarse la intemperie, la escasez, las enfermedades, dolores, duelos y fiestas, la igualdad de clases y no servir unos á otros; el no saber la edad que tienen, ni cuidar de lo porvenir aun para hacer provisiones, limitándose á tener para el día; el comer mucho de una vez, sin avisar ni convidar á nadie, bebiendo antes ó después y nunca á media comida; el no tener hora fija para nada; el no lavarse, barrer ni coser, ni instruir á los hijos; y el morir sin inquietud por la muger é hijos que dejan”.
También los sacerdotes concurrían a intentar redimir a los indígenas, alertándoles acerca de la preparación para la vida eterna. Pero, ¿cuánto podría interesarles el Más Allá si el más acá les tenía sin cuidado? Los indios no les respondían “A mi estómago le importa poco la inmortalidad”, como gustaba exclamar el gran poeta Heinrich Heine, pero opinaban exactamente igual. “Lo que más cuesta de corregir en los que se ha intentado civilizar es una indolencia y una imprevisión que exceden a cuanto se puede expresar; una voracidad extraordinaria y un sumo horror al trabajo” -describía el padre Charlevoix; y en otra parte agregaba- “no puede causar sorpresa que las grandes verdades del Cristianismo produzcan tan poca impresión en ellos, que hablándoles del fuego del infierno responden fríamente que ya se arreglarán para apagarlo”. El ateísmo era así de común entre esos pueblos porque representaba la expresión natural de su modo de concebir la vida y el mundo.
Mas -¿por qué soslayarlo?-, la templanza tampoco era virtud muy señalada entre los conquistadores ibéricos, de aquellos optimistas y valerosos aventureros que, en cuestiones de espíritu y materia, solían guiarse sabiamente por un dicho muy suyo: “Lo primero y principal: oír misa y almorzar; pero si corre prisa, almorzar sin oír misa”.
Penetrados de esta doble herencia, los paraguayos deseamos comenzar a corregirnos. Mestizos de dos ancestros desaprensivos, ahora estamos dedicados a aleccionarnos mutuamente acerca del comedimiento y la circunspección; deseamos ser previsores, cautelosos, no rifar la hacienda fiscal y suprimir el deporte político nacional de jugar al filántropo con el dinero público. Pero la rectificación de tan arraigada y desarreglada conducta reclama medidas moderadas, decididas por gobernantes firmes y administradas por funcionarios eficientes. Tal vez estemos, en este momento, en la excepcional circunstancia de contar con estas tres condiciones. En una ocasión afortunada pero fugaz, de esas que no tienen cabello para sujetarla mucho tiempo.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 08 de Setiembre de 2013
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