PÍCAROS QUEJOSOS
Presidentas de Argentina y Brasil se lamentan en la ONU de las desventuras que países más poderosos les hacen padecer. Sus vecinos solemos formularles reclamos parecidos; y aun otros, más graves. Sus agravios pasados y presentes nos enredan a los paraguayos en una trama emocional de cicatrices mal curadas, fogoneando resentimientos malsanos.
Recordamos con frecuencia que del Brasil nunca recibimos un gesto verosímilmente amistoso. En ocasiones compartimos negocios y ventajas. Nos obsequian puentes fluviales en señal de integración y amizade, pero en el marco de planes militares estratégicos. Nos unen sus carreteras y nos desunen sus aduanas y gendarmerías. Francamente, en las avenidas de nuestra historia común nadie nos vio caminar juntos. La cercanía lusitana y brasileña, especialmente, para los paraguayos fue siempre temible, amenazante, a menudo hostil, casi siempre dañosa.
Por esa manía de fechas, digamos que todo comenzó cuando el rey portugués Juan III, allá por 1555, advirtió al embajador español en Lisboa que la ciudad de Asunción era de Portugal. Después incursionaron invasores paulistas, los bandeirantes, bautizados “mamelucos” por los jesuitas, comparándolos con los sanguinarios soldados esclavos de los sultanes medievales. Antonio Raposo Tavares, comandante de las implacables bandeiras que azotaron el Guairá y las Misiones entre 1627 y 1632, colocó en el mercado esclavista de los ingenios de azúcar unos 70.000 indígenas del Paraguay, además de destruir varias reducciones, provocando la ruina de poblados paraguayos, instalando el terror y desalentando la incipiente colonización del Guairá y los montuosos señoríos del Kaninde, con lo que perdimos para siempre un territorio equivalente al menos a la mitad de nuestra actual Región Oriental.
Aquellas correrías expandieron la frontera portuguesa de manera tan exitosa que casi lograron clavar sus hitos dominiales en la ribera izquierda del Paraguay-Paraná. En Brasil, los bandeirantes son héroes y, Raposo, un patriota. ¿Paradoja? Así como el corsario Francis Drake y el filibustero Henry Morgan merecieron el grado de caballeros en la corte británica, hoy, la carretera más extensa del Estado de San Pablo se denomina Raposo Tavares, con 664 kilómetros que se desplazan sobre el mismo camino y dirección que recorrió el traficante esclavista, que en la Historia oficial recibe el honroso tratamiento de explorador.
Acabada la Guerra de la Triple Alianza, los argentinos armaron su botín con muebles, objetos decorativos, enseres domésticos, armas, instrumentos, despojos de la hecatombe; en fin, lo acostumbrado; pero los brasileños se llevaron, además, nuestro archivo nacional, hecho que, por insólito, obliga a suponer un plan siniestramente pérfido: el propósito de apropiarse del alma misma del país borrando su memoria.
En toda guerra el saqueo del vencido suele ser trámite infalible; pero en muy pocos casos, sí en alguno, el vencedor se lleva también los retratos familiares y la colección de cartas de amor del vencido. El Vizconde de Río Branco lo hizo en nombre de su imperio. Al parecer, era preciso derrotar al Paraguay no solo en lo militar y político, sino también aplastarlo en lo espiritual. Hace poco nos devolvieron gran parte de esos documentos, conocidos aquí como “Archivo Río Branco”, denominación con la que debe permanecer para siempre, pues es preciso que el nombre del pirata quede indeleblemente asociado a las pruebas materiales de sus crímenes.
En noviembre de 1956, el entonces canciller brasileño Macedo Soares, de visita en Asunción para “estrechar lazos” entre Kubitschek y Stroessner, suscribió algunos acuerdos de cooperación, “al terminar el acto de la firma de los citados documentos, sorpresivamente, como si sacara del bolsillo un obsequio inesperado, devolvió a nuestro gobierno el Acta de 1844 mediante el cual el Brasil reconoció nuestra independencia”, relata en sus memorias un testigo presencial: Édgar L. Insfrán. ¡Hurtaron el testimonio documental de su propio compromiso! Quizás Río Branco pensó que después de la victoria, Brasil ya no tendría necesidad de honrarlo.
En política y en diplomacia no hay lugar para la ingenuidad y ser sincero no suele ser recomendado, pero, antes de quejarse de los más poderosos, argentinos y brasileños deberían considerar sus propias picardías contra los más débiles. Y deberían ser históricamente veraces de tiempo en tiempo, de tal suerte que, cuando fingen, se les crea alguna vez.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 29 de Setiembre de 2013
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