GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Foto de GUSTAVO LATERZA RIVAROLA
Nacimiento:
Asunción, Paraguay
20 de Septiembre de 1945

LA FELICIDAD SUBSIDIADA - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 03 de Noviembre de 2013

LA FELICIDAD SUBSIDIADA - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 03 de Noviembre de 2013

LA FELICIDAD SUBSIDIADA


 Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Finalmente, el presidente Nicolás Maduro creó el Viceministerio de la Suprema Felicidad, que es como se llama esta nueva unidad administrativa del Estado venezolano, que, entre otras varias, coordinará la dependencia denominada la Gran Misión en Amor Mayor. Son buenas noticias.

No obstante, la decisión causa una duda filosófico-política, a saber: si la felicidad o eudaimonía, bien supremo de la humanidad, según creían Aristóteles y muchos otros, es susceptible de alcanzarse mediante un viceministerio, ¿para qué serviría ya el resto del Estado?

Y otra duda: ¿Cuál concepto de felicidad definirá tal proyecto? Los orientales sostienen que se trata de un estado de armonía permanente; los occidentales creemos que esa armonía es imposible, que la felicidad más bien consiste en la suma de momentos plenos pero ocasionales, fortuitos, las más de las veces efímeros. Es cierto que, al final, todas las utopías confluyen en el lugar donde se dice que la felicidad suprema reside: o sea el paraíso, el cielo, el nirvana, la sociedad comunista, en fin, el edén de las publicidades de gaseosas y cervezas en TV.

Precisamente, alguien se anticipó a Nicolás Maduro en esta estupenda idea de intentar organizar y dirigir la bienaventuranza terrenal: el Instituto Coca-Cola de la Felicidad, división empresarial creada en España, con declarados objetivos de dedicarse a “la investigación y la difusión de conocimientos sobre la felicidad y las variables que influyen en ella, con el fin de contribuir a mejorar la calidad de vida de los españoles”. Trabajarán arduamente, supongo, a la hora de los chatos y las tapas, las cañas y los entremeses, de los toros y el fútbol, para ver cómo es mejorable la calidad de todo eso.

Otra duda que suscita el nombre de la novel unidad administrativa bolivariana es el adjetivo “suprema”. Porque un calificativo siempre crea una clase lógica; vale decir, si hay una felicidad suprema deben presumirse otras que no pertenezcan a esta categoría. ¿Cómo llamarlas? ¿Felicidades subordinadas? En este caso, un Ministerio de la Felicidad Suprema tendría que estar integrado por dependencias encargadas de las felicidades subordinadas. ¿Qué tal, por ejemplo, el Viceministerio de la Felicidad Gastronómica? Dentro del cual bien estaría alguna Dirección General de la Cerveza Helada y Popular. Conozco al menos un centenar y medio de aspirantes a tales cargos.

Se ha de estar proyectando además, seguramente, un Certificado de Infelicidad Suprema (C.I.S.), expedido por el Gobierno a correligionarios tristes, y válido para descuentos en viajes, hoteles, supermercados, bares, reservados, espectáculos públicos, etc.; además de exenciones en tasas municipales y hasta en diezmos de iglesias y pastores religiosos (que si no logran hacer felices a sus ovejas contribuyentes, justo será que no cobren por ello).

Pero, a riesgo de parecer aguafiestas, cuestionamos: ¿Será que el Estado, de cualquier signo doctrinario, es capaz de procurar efectivamente la felicidad a alguien más que a sus administradores?

Si en algo siempre tuvieron acuerdo el pensamiento filosófico oriental y el occidental, es en que la búsqueda de la felicidad es un asunto personal. El Liberalismo distingue el bienestar de la felicidad, al primero le otorga carácter de anhelo particular pero simultáneamente colectivo; sin embargo, la felicidad es del fuero íntimo, exclusivamente, de modo de cumplirse lo que pedía Benedetti: que la gente viva feliz aunque no tenga permiso. Por el contrario, los que no simpatizan con nada individualista opinan en forma opuesta al poeta: la felicidad es también un asunto de Estado; bajo la consigna de: “¡O somos felices todos juntos o no lo es nadie!” (¡Carajo! habría que agregar al final, para darle mayor carácter revolucionario). Y será una oficina gubernamental la que decidirá quiénes serán dichosos, cómo y en qué turno.

Ronald Reagan solía decir que en los EE.UU. las ocho palabras más terroríficas son: “Hola. Soy del gobierno y vengo a ayudar”. En Venezuela, pronto podrían ser estas: “Hola. Soy del gobierno y vengo a hacerles felices”.

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 03 de Noviembre de 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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