VIAJES MÍSTICOS
La visita al Papa que todo político latinoamericano ambiciona realizar es uno de esos sueños que solamente pueden cumplirse montados en la jefatura de un Gobierno. Si no, hay que contentarse con audiencias vaticanas colectivas e impersonales. O bien, la paciente sentata en la Plaza de San Pedro, un domingo matutino, tal vez bajo la lluvia o el frío, oliendo durante horas fragancias sudorosamente secretadas por turistas del orbe.
Veamos: los viajes presidenciales a la Santa Sede son los únicos que no se justifican con la promoción y atracción de inversiones. Aun así, nadie se molesta en explicar estas excursiones; pensarán que se justifican por sí mismas; por eso, quizás, es que no se escuchó a ningún periodista preguntar: ¿A qué fue, Sr. Presidente, al Vaticano?
Porque, o se trató de una entrevista entre colegas, para concertar asuntos políticos de interés mutuo para sus Gobiernos, o se trató de la visita de una oveja devota a su pastor religioso, en cuyo caso fue una peregrinación y, por consiguiente, no debió estar pagada por el erario sino por el bolsillo del romero, como lo establece la ley y lo mandaba Eligio Ayala. Bueno; en fin; dejémoslo allí. En estos asuntos, evidentemente, no somos críticos tan puntillosos ni intransigentes como en otros.
Según notas periodísticas supimos, entre otros detalles, que el papa Francisco se declara admirador de la mujer paraguaya con frecuencia. Suponemos que, al escucharlo, el presidente Cartes habrá exclamado algo así como “¡Caramba, Santo Padre! ¡Qué coincidencia con algunos senadores de mi país!”. Claro que lo del Papa se refiere más bien a lo histórico, a las residentas, las destinadas, las alanceadas por el Mariscal López, figuras del pasado heroico. Lo de nuestros legisladores tiene que ver con las alanceadas por Cupido.
Es preciso elogiar a Cartes en lo referente a los obsequios llevados a Roma; loable es que no regalase un arpa ni una guampa de plata; una carpeta de ñandutí con los colores del Vaticano o un termo forrado con la insignia del San Lorenzo de Almagro; que no fuese un poncho de sesenta listas ni un mantel de poyvi para doce comensales. Y tampoco, felizmente, una imagen original del barroco paraguayo, o sea, otra pieza perdida para el saqueado y ya ralo patrimonio cultural de nuestro país.
Los presidentes latinoamericanos no solo suelen afanarse en visitar al Papa sino obstinarse en ser sus anfitriones; le apremian con convites, forzando a esos señores mayores, de ordinario muy ocupados y cansados, a rehusarse con mil amables excusas. Juan Pablo II fue el responsable de la inflación desmesurada en la demanda de visitas papales. Comenzó a viajar siendo joven y saludable; después ya no pudo parar, alcanzando el asombroso récord de 128 países recorridos. Muchos lo aprovechaban para legitimar sus regímenes despóticos, potenciar sus liderazgos o para desviar la atención de problemas internos. Juan Pablo no retaceó a nadie su espaldarazo; hasta Stroessner y Fidel Castro ostentaron el trofeo de su visita.
El rédito que perseguía el “Papa viajero”, se decía, era de valía superior al inconveniente de tener que alternar con indeseables. Que aquellos agotadores periplos infundían nueva vitalidad a un catolicismo debilitado en áreas del mundo invadidas por carpas extrañas, por falsos apóstoles de camisa blanca, corbata negra y biblias minúsculas, por predicadores con megáfonos, por milagreros y sanalotodos, gurúes y santones de sincretismos orientalistas; además de esas multinacionales religiosas, de gran empuje y éxito económico, que prosperan loteando el Paraíso por internet, TV y radio, en estas sociedades hiperconsumistas, en cuyas estanterías se exhiben las novedades tecnológicas al lado de las esotéricas; en espacios acondicionados para saciar el apetito de mercadería mística o seudofilosófica tan confortablemente como en el patio de comidas del shopping center.
¿Podrá el papa Francisco triunfar sobre las estupideces, los engaños, las miserias y crueldades de este verraco, verraco mundo, como diría don Pablo Emilio Escobar Gaviria, solo a base de exhortaciones verbales y paseos pastorales? Le deseamos éxito, desde luego, pero no el mismo que producen los viajes promocionales, las “cumbres” y los discursos de los presidentes latinoamericanos.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 01 de Diciembre de 2013
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