DEBATES PLACENTEROS
Hoy ya no es como antes, pero sigue siendo grave el conflicto de doctrinarios religiosos con los placeres humanos. Judaísmo, cristianismo e islamismo descalifican el placer físico acusándole de producir el “olvido de Dios”. Su fórmula común podría resumirse en esto: si lo estás pasando demasiado bien, es seguro que estás pecando. Tomás de Aquino lo definió apodícticamente: todo apetito humano que tenga un fin excesivamente deseable, es pecado capital. Fue así que cada deleite humano recibió un nombre pecaminoso: gula, codicia, lujuria, holgazanería.
La sexualidad, en particular, les trastornaba. Era la prueba diabólica de las vocaciones sacerdotales y preocupación medular de sus cavilaciones. El cristianismo primitivo arreció contra el mundo clásico, contra sus hábitos y costumbres, legislación, sistema punitivo, arte y pautas culturales en general, así como hoy lo hace el fundamentalismo islámico. Impuso reglas férreas para el amor sexual; simple, ciertamente, porque, en realidad, se reducía a una sola: nada fuera del matrimonio. Incluyendo un aun más terrible corolario: y, dentro del matrimonio, solo lo que esté dirigido a la procreación.
Desde la antigüedad, las autoridades de esas religiones intentaron imponer los cánones para la rutina cotidiana, desde el amanecer hasta la noche, en algunos casos hora por hora. En cuanto a las relaciones sexuales, estaban restringidas, como se tiene dicho, al matrimonio consagrado por el sacerdote, para cumplirse en los momentos indicados y en las posiciones aprobadas. Aunque todo eso en medio de confusiones y contradicciones, como se verá.
Al irritable e impredecible Jehová, que castigó a Onán tan solo por practicar el coitus interruptus, no le molestaban los adúlteros, polígamos y lascivos, públicos y notorios, que poblaron la historia de Israel, desde Abraham en adelante. Premió a la ramera Rahab por haber cooperado en la destrucción de Jericó y miró para otro lado cuando Judá yació con su nuera Tamar. Era homofóbico, además, pues exterminó cruelmente a los sodomitas por homosexuales; y también a los gomorritas, aunque sin aclarar el motivo (omisión que ahora nos priva de insultar a alguien llamándole gomorrita).
En cuanto al famoso “sexto mandamiento”, ningún estudioso de la historia bíblica sabe qué exactamente quiso decir Moisés en ese artículo. Como las frágiles Tablas de la Ley desaparecieron (si es que alguna vez existieron), se desconoce el término arameo tallado en ese ítem, de modo que la versión que conocemos es la adoptada en la Septuaginta (interpretación que hicieron traductores alejandrinos del siglo III a.C.). De ahí, ya en tiempos cristianos, pasó al latín, en el que los traduttori-traditori escogieron el verbo fornicar. ¿Por qué?
Fornix se denominaba a una construcción romana circular, con techumbre de bovedilla. De esta palabra derivan, pues, fornacina y horno. Como la mayoría de los prostíbulos romanos funcionaban en esta clase de recintos, el neologismo fornicar pasó a designar lo que se hacía en esos sitios, así como hoy decimos hornear algo. “No fornicar”, por tanto, se referiría a la prostitución y no al acto sexual en general. Se abona esto con el hecho bien conocido de que, en los textos antiguos, para referirse a relaciones sexuales comunes y naturales, se empleaban eufemismos como yacer, conocer, abrazar y otros parecidos.
Con animales se arregla uno con términos considerados científicos, moralmente neutros, como servir, copular, cubrir, montar, etc; v.gr.:“un toro sirve a muchas vacas, en primavera”. Pero en el ámbito humano, hablar de esto no es sencillo. Es arriesgado decir, por ejemplo, que Ana fue servida por Jorge; o que Jorge cubrió a Ana en invierno (que más bien hará pensar en una frazada). A la hora de hablar, escribir, traducir, gesticular, con la sexualidad humana hay que tomarse cuidados; excepto, lógicamente, cuando el negocio consista precisamente en ser audaz o ramplón, a lo cual se dedica mucha gente actualmente, por cierto, con señalado éxito de público y provecho económico.
Buscarles explicaciones a los placeres humanos e imponerles criterios rigurosos parece, francamente, un empeño muy tonto. La naturaleza nos provee de todo lo que hay que saber acerca de ellos, sin necesidad de esfuerzos intelectuales.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 19 de Octubre de 2014
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