GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

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Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

TÍTULOS Y DIPLOMAS - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 01 de Febrero de 2015

TÍTULOS Y DIPLOMAS - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 01 de Febrero de 2015

TÍTULOS Y DIPLOMAS


  Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

¿Quiénes distribuyen los títulos en este país? preguntan. Depende. Los académicos son otorgados por universidades e institutos. Los sociales y políticos, como dirigente, líder, referente, casi siempre precedidos de adjetivos como importante, conocido, famoso, cada cual suele atribuirse a sí mismo. Los del ámbito económico, como empresario, labriego, rico, pobre, etc., son títulos que conceden los periodistas.  

Humilde, en nuestro país, es una calificación especial de rango superior. Por ejemplo, si acompaña a campesino, a trabajador, a poblador y otros de este tipo, viene a ser una especie de nota summa cum laude para credenciales sociales. Con la frase “humildes campesinos”, “humilde trabajador”, etc., se eleva a los aludidos a un sitial de honor. Además, adjudicado este título, el beneficiario suele tornarse legal y moralmente inimputable, en virtud del principio general del “aichejáranga”.

En su significado real, la humildad constituye una virtud solo si se la emplea en el sentido que la usó Jesús, es decir, como actitud opuesta al engreimiento fariseo. Es, por tanto, cualidad del espíritu y no del bolsillo. Jesús ni iglesia alguna afirmaron que los mendigos y pastores, por el único motivo de carecer de riquezas, debían recibir una distinción. Siempre, más aún en su época, hubo ricos recatados y pobres arrogantes. De hecho, la humildad no integra las cuatro virtudes cardinales platónicas adoptadas por el Cristianismo ni se halla implícita en alguna de las tres teologales.

¿Quiénes, pues, convirtieron al adjetivo humilde en una condecoración política?

Todo comenzó con el cristianismo primitivo, aunque, como vimos, con acepción limitada a lo espiritual. Llegado el tiempo del pobrismo –que es el nuestro– el sentido cambió para convertirse en una especie de categoría social y, por este medio, adquirir uso político. De este modo, actualmente, los populistas latinoamericanos en campaña prometen “trabajar para los humildes”, “cumplir el sueño de los humildes”. Se presume, pues, que todos quieren salir de ella y el candidato en carrera es quien los librará de tal condición.

Formidable paradoja esta de que ser pobre, por tanto humilde, sean virtudes excelsas que los seres humanos que las poseen luchen toda la vida por perderlas.

Hay otros prejuicios que fundan títulos tan falsos como la firma de Sócrates puesta al pie de la edición de sus obras completas. “Madrugador”, por ejemplo, se hizo sinónimo de trabajador. El campesino madruga mucho, pero a las 9:30 de la mañana ya abandona la labor por el resto de la jornada; no obstante, no pierde su título de “esforzado” que, junto con el ícono del arado, conforman el dúo simbólico más venerable. La figura de una hoz y un martillo entrelazados fue adoptada por el comunismo ruso como símbolo de la unión de clase entre campesinos y proletarios. Dado que los intelectuales, artistas, científicos, periodistas, docentes, etc., raras veces emplean esas herramientas, quedaron afuera; entonces se tuvo que inventar eso de “trabajadores de la cultura”, a ver si con esta cuña encajaban en el eminentísimo logo comunista. Que fue ampliándose, de suerte que hoy ya lo integran todos los que hagan cualquier cosa; hasta las “trabajadoras del sexo”. Siempre que uno pueda colgarse el cartel de trabajador, tiene asegurado el diploma populista cum laude.

Empresario es también un buen título, hoy disputado por el de emprendedor. Uno puede ser emprendedor sin ser empresario, y viceversa, pero casi siempre aquel precede a este, como a la maestría se anticipa al doctorado. ¿Qué se requiere? Tener iniciativas, crear, generar, abrir compuertas, hallar oportunidades, descubrir “nichos”. Con profusión se escriben y publican libros y artículos para mostrarnos las recetas infalibles del éxito empresarial. Desde el financista de una torre hasta el lomitero del semáforo pueden merecer, holgadamente, el diploma de emprendedor. De hecho, sin rendir examen alguno y sin otro trámite que dar en el clavo, en nuestra universidad popular se puede pasar de humilde trabajador a exitoso emprendedor sin siquiera inscribirse en el registro de contribuyentes.

El populismo creó tantas universidades, institutos superiores y academias en nuestro país, que dentro de poco los políticos prometerán cosas como ayudar a los esforzados y humildes licenciados a obtener sus anhelados, merecidos e injustamente postergados doctorados. ¡Oh! Qué tiempos eran aquellos en que la universidad era acusada de elitista!

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 01 de Febrero de 2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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