GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

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Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

VERDADES EMBROLLADAS - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 01 de Marzo de 2015

VERDADES EMBROLLADAS - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 01 de Marzo de 2015

VERDADES EMBROLLADAS

  

  Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Hace dos décadas, en nuestro país nadie hubiese imaginado que un tema relativo al ámbito de la naturaleza suscitase un debate de amplitud. A ninguno le importaba mucho la cuestión ecológica, en parte porque todavía no se había enfocado la atención colectiva hacia lo ambiental, en parte por carencia de información y porque el periodismo local se desinteresaba de ella. Todo esto cambió, para bien, en apenas veinte años.  

Ahora estamos debatiendo si un parque nacional –el mayor y mejor que tenemos– debe franquearse a las actividades de explotación económica o no. En un país de consciencia ambientalista consolidada una discusión de este tenor ni siquiera hubiera tenido ocasión de iniciarse; pero como este es un país divino en el que no habita la certeza y todo es relativo, discutible, opinable, interpretable y controvertible, aquí todavía se escucha disputar acerca de si un área natural protegida debe estar realmente protegida o no.

Es lógico que una arena tan procelosa, donde no rigen reglas fijas, cada quien luche libremente con las armas argumentales que quiera, entre las cuales valen tanto las dislates, inexactitudes, mitos y mentiras descaradas, como las verdades evidentes por sí mismas y los razonamientos más claros e irrefutables. Es también lógico, por tanto, que en tales combates la esgrima sea desigual, que vayan lanzas contra estiletes, sables contra espadas, alfanjes contra machetes y cimitarras; y que de este entrevero las ideas más saludables salgan lastimadas.

Por ejemplo, se arguye que el Parque Nacional Defensores del Chaco debe permanecer lo más alejado posible de las industrias humanas y de su codicia, con el argumento de que es el hábitat centenario del pueblo Ayoreo. Pésima táctica esta, ya que dibuja la imagen de estos indígenas como un puñado de privilegiados para cuyo uso y goce hay que reservar intocadas cientos de miles de hectáreas. Ante deslices argumentales como este es comprensible que los que abogan por la causa contraria fortalezcan sus alegatos acerca de que el “interés general” está muy por encima de un grupúsculo. Y hasta hay quien se permite denigrar a los pobres ayoreos, que ni siquiera se enteran de que se los mandó al frente para justificar una causa que no los necesita, siendo legítima por sí misma.

En el mismo menú se ofrece un error (muy divulgado últimamente) consistente en denominar a nuestros indígenas “pueblos originarios”. Que se sepa, y según las mejores opiniones científicas, ninguno de los pueblos indígenas habitantes del Paraguay son originarios del suelo que pisan o recorren hoy. Igual que nosotros, son descendientes de conquistadores que invadieron territorios ya habitados por otras naciones, desplazándolas, así como estas habían desplazado y reemplazado a habitantes anteriores. Los verdaderos pueblos originarios desaparecieron hace miles de años.

Paradójicamente, el concepto de “pueblos originarios”, inventado con la buena intención de fortalecer los derechos indígenas, se convierte en expresión excluyente. Porque si los indios son definidos como “originarios” de esta tierra, nosotros, que también nacimos aquí, ¿originarios de dónde corno somos? El racismo involuntario de los indigenistas nos envía al limbo. Tendrán que explicar, por ejemplo, cómo es que nuestros países están habitados por “pueblos originarios” y por gente que no es originaria de ninguna parte. Ya lo decía el filósofo: antes, la antigüedad era distinta a como es ahora.

Concluyamos pues: la idea no consiste en salvaguardar al Parque para los ayoreos sino para todos (aunque ellos sean los primeros beneficiados). Y hacer comprender a los renuentes que, si no hubiese allí ningún habitante humano, igualmente debería hacerse lo que se hace, porque, siendo un bien natural valiosísimo e irremplazable, como los desiertos, las selvas, tundras, glaciares o el mundo submarino, no se lo preserva para disfrute de unas cuantas personas sino para la humanidad, la del presente y la del futuro.

No creo que una verdad simple y redonda como esta (y tampoco otras) necesite enredarse con premisas falsas y argumentos falaces. En nuestro país hay que temer muy especialmente a los errores y los mitos, porque si mucha gente los repite, invariablemente acaban convertidos en certezas inconmovibles.


Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 01 de Marzo de 2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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