SACRIFICAR LA BARBA
¿Qué impulsa a jóvenes educados, inteligentes, que no están en la miseria, en la desesperación, amenazados o perseguidos, que no padecen por desestructuración familiar ni ambicionan lucro, a hacerse yihadistas, ir a sitios inhóspitos o correr grandes riesgos para aprender a matar con crueldad gente que no conoce y a la que no debe ningún agravio? Esta pregunta abruma a millones de personas, en todo el mundo.
Una persona entrevistada en un canal de noticias internacional ofreció una explicación más concisa y convincente de cuantas se escuchan por ahí acerca de ese fenómeno: los extremistas islámicos, de las tres o cuatro organizaciones que actualmente pugnan por ganar ese torneo de atrocidades en el que están compitiendo, descubrieron cómo sacar a flote al sicópata que todos llevamos adentro; en especial en los jóvenes, que, por la escasa edad, conocen mal los principios humanitarios, calculan mal los riesgos de la pasión exacerbada y estiman mal el valor de la paz y la convivencia social.
Además, señala, aprendieron a utilizar las redes sociales para el reclutamiento de sus huestes en todos los rincones del mundo; disponen de abundancia de armas y equipos de buena tecnología, y desarrollaron con gran eficiencia el sistema de las llamadas “células dormidas”. Se acredita suficientemente el analista aludido por el hecho de ser, él mismo, árabe y musulmán, es decir, habitando en las entrañas del dragón.
Los que saben de alteraciones mentales suelen contar que las conductas sicopáticas más comunes están asociadas al fanatismo, al odio, a la ambición, a los celos, a la venganza, a la envidia, a las perturbaciones sexuales y a unas cuantas causas similares más. Y aun cabe agregar causas excepcionales a esta lista, como el caso reciente del piloto alemán que decidió suicidarse pero llevándose consigo a la tumba a nada menos que 149 personas quienes, en lo que a él respecta, eran extrañas e inocentes.
Las diversas formas de tilinguería suelen florecer entre creyentes religiosos, en la afición enfermiza a ciertos deportes o por causa del partidismo o el racismo, en sus muchas variedades. La personalidad sicopática suele manifestarse en casi todos esos escenarios; y todavía en otros, aun los más nimios.
Lo que nos salva de que la fracción chiflada de la humanidad pase a constituir una minoría aplastante –por ahora– es que habitualmente no pueden vencer las fuerzas inhibidoras, individuales y sociales, que les impiden llevar a la práctica sus pulsiones destructivas. Pero cuando se dan ciertos factores de necesidad y oportunidad, y esas fuerzas merman, entonces se abren ciertas válvulas y aflojan sus retenes. Vale decir, si quisiéramos servirnos de un sicópata en estado latente, para que despierte sólo tendríamos que crear esas condiciones disparadoras. Y esta técnica sería la que los yihadistas desarrollan con creciente eficiencia.
El incremento de la violencia terrorista impulsa, a su vez –como no puede ser de otro modo– la multiplicación de los resortes de vigilancia, haciéndonos la vida más difícil a todos y produciendo un efecto colateral peor: la paranoia; esa epidemia que ahora mismo nos azota ya, en virtud de la cual nos sentimos opresivamente observados y espiados. Las redes sociales acaban de entrar en esta lista y hacerse blanco de la acusación de servir a esas misteriosas y temibles atalayas. Igual suerte corren proyectos de ley de control y medidas de inteligencia policial. Muchos vuelven hacia al archimentado George Orwell.
En realidad, estamos en una encrucijada: por una parte, tememos el avance funesto del fanatismo y del terrorismo, exigimos a los gobiernos que los extirpen del mundo; por otra parte, desconfiamos de los sistemas de inteligencia a emplear para realizar esa tarea. Queremos que nos libren de los enemigos terribles pero sin perder el privilegio de vivir en cobijo perpetuo bajo la carpa sagrada del “derecho a la intimidad”, techo bajo el cual, precisamente, se asilan aquellos a los que hay que combatir. ¡Menudo dilema!
Si hay que elegir entre renunciar a ciertos derechos para ganar en algo más importante, es el momento de decidirlo. Un antiguo proverbio turco dice que: “Hay que saber sacrificar la barba para salvar la cabeza”.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 12 de Abril de 2015
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