LOS DECIRES DE FRANCISCO
En diciembre pasado, el Papa Francisco se descalzó para ingresar a la Mezquita Azul de Estambul. Un gesto a interpretar como el tendido de un puente de plata con el Islamismo, que cayó bastante indigesto a los católicos europeos, víctimas de las crecientes amenazas, agravios y crímenes de fundamentalistas musulmanes. Francamente, arrojar las Sandalias del Pescador sólo para caer simpático a gente que no simpatiza con él, no parece haber sido la decisión más astuta de la astuta diplomacia vaticana.
Cuatro meses después, Francisco leyó un texto escrito en tiempos de Juan Pablo II, en el que se menciona la masacre de 1.500.000 armenios a manos otomanas, en 1915, recordándolo como “el primer genocidio del siglo XX”. Los turcos se enojaron. Su presidente, Erdogan, incriminó a Francisco por “decir estupideces”. También reaccionaron otros políticos e historiadores, reclamando la calificación de genocidio para alguna de sus desgracias nacionales. Alguien reivindicó el trofeo del primer genocidio de ese siglo para Namibia, donde los alemanes ejecutaron una masacre, en 1909. Los mismos turcos exigen esta tipificación para lo que padecieron los tártaros en Crimea, a manos de Stalin. Ahora todos quieren tener su propio genocidio histórico, lo que no es difícil de lograr, dado lo pródigas en matanzas que fueron las dos últimas centurias.
Oído esto, se supone que Francisco se calzará de nuevo las sandalias y se prevendrá mejor en discursos futuros. Entre sus decires polémicos hay de todas clases. Los deslices y malos entendidos se magnifican y difunden mucho si provienen de un dignatario ilustre. Es que uno puede equivocarse de dos maneras: por lo que aseveramos y por el momento que elegimos para hacerlo. Por ejemplo, cuando declaró “incluso si somos buenos amigos (con alguien), si insulta a mi madre, tiene que esperar un golpe; es algo normal. No puedes jugar con la religión de los demás”, no se equivocaba por lo afirmado en sí, sino por haberlo dicho después de la reciente matanza en París, justificando veladamente a los terroristas. O así pareció, al menos.
Otra vez manifestó: “No es verdad que para ser un buen católico hay que reproducirse como los conejos”. Indiscutible aserto que, seguramente, iba dirigido a controvertir ese prejuicio que es común en los EE.UU. respecto a los católicos. Pero los más enojados con la declaración fueron, precisamente, los fundamentalistas católicos, olfateando una excusa para tolerar la contracepción.
Y una más: en una homilía afirmó que “El Señor nos redimió a todos nosotros, a todos nosotros, con la Sangre de Cristo; a todos nosotros, no solo a los católicos. A todos”. Los católicos ortodoxos chillaron; los ateos estadounidenses le enviaron un mensaje de simpatía. Entonces, ¿Nunca dará el gusto sin excepciones? Posiblemente; salvo que se mantenga calladito. Pero, ¿quién quiere y a quién sirve un líder mudo?
Francisco incursiona ocasionalmente en la política con exhortaciones tales como “acabar con el dominio absoluto de los mercados y su especulación financiera”, con las que uno bien puede coincidir, pero que también sirven para dar alas a curas y monjas progres, de esos que, cuando se reúnen con el Papa solo le estrechan la mano, como se hace con los camaradas (porque, eso de inclinarse y besar el anillo papal es pues medio “facho”; ¿viste?).
De todos modos, Francisco declinó usar el venerable símbolo del ministerio petrino y se mandó hacer otro anillo, exclusivo, en una afamada joyería catalana; también se hizo aderezar una residencia particular, redecorar varios espacios en la sede episcopal, reformar trámites y ritos, incrementar la guardia suiza, etc., con el natural dispendio. A menudo, parecer más austero sale bastante caro.
No obstante, un Papa argentino que es capaz de largarse con buenos chistes socarrones sobre los mismos argentinos, da muestra de excelente salud intelectual. No va a dejar de manifestarse sobre esto, aquello y lo otro, por supuesto; pero ha de decir todo mejor si se ajusta a lo mínimo indispensable, un consejo que bien calza a todos los que, por su oficio, deben hablar. Para que no les ocurra lo del gaitero de Aldabe, a quien daban un peso para que empiece y diez para que acabe.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 24 de Mayo de 2015
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