GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

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Nacimiento:
20 de Septiembre de 1945

VIRTUOSOS Y ESCASOS - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 27 de Setiembre de 2015

VIRTUOSOS Y ESCASOS - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA - Domingo, 27 de Setiembre de 2015

VIRTUOSOS Y ESCASOS


  Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Entusiasma esta juventud desperezándose después de una prolongada siesta. El despertar estudiantil, esporádicamente repetido en nuestra historia, suele tener una gran virtud: la espontaneidad y la pasión; y un gran defecto: lo efímero de su duración. Agotada su energía, suele desmayar raudamente, salvo que alguien más le inyecte nuevos bríos para sostener la intensidad de la lucha.  

Esto es lo que este movimiento estudiantil que está naciendo en la UNA necesita, para no agotarse al cabo de unas cuantas jornadas. Requiere que los demás se sumen; siquiera una parte de esa enorme masa universitaria que permanece completamente indiferente, cerrando ojos, boca y oídos.

Nunca fue fácil movilizar a esa ancha franja del estudiantado a la que no parece interesarle obtener mejor calidad educativa en colegios y universidades. Lo que ansía esa mayoría, lo que le motiva, aquello por lo que empeña grandes esfuerzos y paga harto dinero, es un diploma. Y para alcanzar esta meta espera que la universidad no sea exigente; las carreras, lo más llanas posible; su duración, breve; su costo, barato; sus trámites, expeditivos. La mayoría estudiantil teme algo que, ciertamente, es inevitable: que la mejor calidad reclamada a escuelas, colegios y universidades implique mayores exigencias académicas y más rigor en las evaluaciones. Temen, y con razón, que esto, en vez de impulsarles, acabe con ellos.

Quienes ejercimos la cátedra durante mucho tiempo, tuvimos la ocasión de comparar las remesas de jóvenes que se fueron sucediendo a lo largo de lustros y décadas, de varones y mujeres, de los que provenían de colegios privados caros o de los más accesibles, de quienes que llegaban de instituciones públicas de la capital, de los suburbios o del interior. De los jóvenes cuyas familias podían sufragar toda clase de costos, incluyendo colegios bilingües o estadías en países anglosajones, como de los que se pagaban los estudios nocturnos trabajando durante el día. De los que, saliendo de sus clases a las 21,45 tenían que llegar hasta la terminal de ómnibus y ahí embarcarse para su ciudad, a 60, 80 o 100 kilómetros, entretanto algunos de sus compañeros abordaban sus automóviles para ir a un lugar de moda a departir novedades.

Esta es la realidad que conocí. Formulan airadas protestas y hablan de “injusticia” si se agrega una nueva asignatura a la carrera o requisitos para las evaluaciones, si se extiende el programa de estudios o las horas de clase, si se reclama asistencia, si menudean las pruebas. Muchos de ellos, desde la primera clase, desarrollan ingeniosas tretas para hacerse “cuates” de los maestros complacientes al tiempo que desatan hostilidades contra los profesores “perros”. Crucifican a los decanos de mano dura pero llenan de halagos a los que les conceden graciosamente sus solicitudes. Su ingeniosidad para perfeccionar las malas artes del “chonguismo” suele ser admirable.

A menudo les preguntaba: ¿Qué querrían cambiar? “Pues, que me enseñen mejores profesores”; “programas más actualizados”; “didáctica moderna”; “eliminación de estudios superfluos”. Nadie reclamó más asignaturas, más horas de clase, exámenes más exigentes ni más libros de consulta, investigaciones de campo o en bibliotecas. Me parecía escuchar su pensamiento oculto: “Mejor calidad educativa; pero… ¡sin exagerar, por favor!”

Hay que decirlo con franqueza: los estudiantes que en este momento la están exigiendo conforman una pequeña y aislada vanguardia. Como esos jóvenes entusiastas que ocasionalmente salen a limpiar calles y cauces, aunque virtuosos, son pocos; demasiado pocos. Sobrepasados por esa multitud de otros jóvenes que marcha por la vida buscando atajos y negociando exoneraciones, ensuciando, desordenando, salpicando vulgaridades y ostentando su olímpica indiferencia hacia los derechos ajenos.

Muchos habremos sido así también. No ha de ser una falla inherente a la condición juvenil sino a la cultura. Los mejores serán eternamente minoría pero siempre encabezarán los desfiles. Si las virtudes y los defectos tienen su tiempo, su lugar y su medida, estos estudiantes, hoy en manifestación, están mostrando que para ellos, en campus y en calles, llegó el momento de las virtudes. Ojalá se les sumen esos miles de jóvenes sin nervio, sin pasión, que se contentan con observar a sus compañeros por la TV.

Fuente: ABC Color (Online)

www.abc.com.py

Sección: OPINIÓN

Domingo, 27 de Setiembre de 2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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