BEA BOSIO

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Nacimiento:
1 de Mayo de 1974

CORRUPCIÓN - Cuento de MARÍA BEATRIZ BOSIO - Año 1995

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CORRUPCIÓN - Cuento de MARÍA BEATRIZ BOSIO - Año 1995

CORRUPCIÓN


Cuento de MARÍA BEATRIZ BOSIO



MARÍA BEATRIZ BOSIO : Es la más joven integrante del grupo de talleristas y participa por primera vez en uno de los libros colectivos del Taller Cuento Breve. Integra el Taller desde 1993.

Escribir cuentos y poesía -en los que manifiesta su sensibilidad hacia todo lo que la rodea-  ha sido siempre una actividad paralela a sus estudios y a sus gestiones como delegada y miembro de la directiva del Centro de Estudiantes del Colegio Las Teresas (1991-1992). En la actualidad cursa la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Asunción.

 

CORRUPCIÓN

Los papeles descansaban ya, dentro del último cajón del escritorio. La firma bien contorneada que los sellaba, constituía la puerta hacia un mundo nuevo. Hacia la riqueza.

Tal vez 'riqueza' sea un sustantivo un tanto generoso, pero al menos era cierto que gracias a esos documentos podría darse él algunos lujos por tanto tiempo postergados.

Fernando Ramírez era un abogado humilde. Hizo carrera en el Palacio de Justicia y en mérito a su eficiencia, había alcanzado el Puesto de juez en lo Civil y Comercial.

Todos los días, lloviera o tronara, marcaba tarjeta en el Tribunal. No faltaba nunca. Había abrazado su profesión con tanto cariño, que le resultaba un orgullo encontrarse en su despacho.

A lo largo de los años, había visto muchas irregularidades, pero siempre había callado, a sabiendas que el sistema, a pesar de esgrimir democracia, era más bien una oligarquía de los amigos.

No podía ir en contra de la corriente. Él sabía. Nunca había caído en sus manos un caso muy relevante, por lo que jamás le fue necesario comprometerse.

Esta era la oportunidad para ascender de status. Dos días atrás, Ignacio Pez había estado en su oficina.

-Es un buen negocio, che amigo. La ley del ñembotavy y ya está.

Eran amigos de infancia. Fueron juntos a la escuela. Luego, mientras el juez Fernando luchaba con el arduo estudio de la carrera, Ignacio se paseaba en autos aparatosos por todo el barrio.

Él sabía a ciencia cierta, que su amigo se dedicaba a hacer negocios fraudulentos. Más específicamente: Contrabando de electrodomésticos.

Fernando no podía hacer nada al respecto. Al fin y al cabo, habían jugado juntos en la placita del barrio durante toda su infancia. Además, Ignacio era parte de una red que envolvía muchos peces gordos. Intocables.

Cien millones de guaraníes. Ese sería el precio de su silencio. Había intervenido un galpón atestado de mercancía de dudosa procedencia. Todo estaba calculado. Al firmar los documentos, dejaba libre de culpa a su amigo y lo declaraba con todo el papeleo en orden.

Mañana sería el gran día. Cien millones no eran cualquier cosa, decía mientras se preparaba en silencio para ir a la cama.

Se puso a soñar despierto. ¡¡Todo lo que podría hacer con ese dinero!!... Al fin sería capaz de dar a Isabel, su estoica mujer, entre otras cosas el famoso horno microondas, cuyo recorte de diario había descubierto en su mesita de luz.

También podría cambiar el auto. Vender esa chatarra en que se movilizaba y con algún dinerito encima, comprar algo más decente, aunque fuera de segunda mano.

El sabía, que una vez adentrado en el negocio sucio de la coima, las proposiciones de este tipo lloverían. Eso significaba un importante dinero extra para elevar su nivel de vida.

¿En que pensás Fernando con la mirada tan lejana? Preguntó de pronto Isabel arrancándolo de esa extraña sensación de placer al soñar con sus futuros logros.

-En que muy pronto, podré darte muchos gustos... -dijo él mirando enternecido el rostro cansado de la mujer.

-Te dije mil veces que yo estoy contenta con lo que tenemos.

 Al fin y al cabo los regateos, ya son parte de mi rutina. Es más agregó sonriendo-, estoy hecha toda una experta en la materia. Si vieras cómo conseguí que don Francisco, el zapatero, me arregle los zapatos de los chicos con descuentos...

Los chicos. Sin saberlo su esposa, al pronunciar esas palabras, había perdido la atención de Fernando. Quien una vez más, se adentró en sus pensamientos.

No cabía lugar a dudas. Tendría que hacerlo. Debería corromperse en nombre de su familia. En honor a la posición más elevada que éstos se merecían.

¡Cómo les gustaría a sus hijos poder ir de vacaciones algún día...! Era injusto verlos sobresalir en el colegio sin poder premiarlos.

De pronto, ya era el día siguiente. La noche había pasado rápido, pensó mientras se dirigía al trabajo.

Ignacio Pez lo esperaba en la puerta de su despacho. Había madrugado. El humo del cigarro que éste había encendido lo agobiaba. Sin explicación aparente, el rostro de su amigo tenía rasgos grotescos. De la noche a la mañana, según juzgaban sus ojos, Ignacio se había convertido en un personaje característico de un cuento de terror. Pero ahora eso no importaba. Sólo tendría que entregar esos papeles a cambio del maletín con el dinero.

Una vez que hubo tenido el portafolio en su poder, lo abrió y se puso a contar el monto. En los innumerables billetes de cincuenta mil, veía algo extraño.

El soldado paraguayo impreso en el papel, lo miraba con desdén, con el rostro desfigurado. Pensó que veía visiones y siguió contando. ¿Qué importancia tenía entonces la cara o el humor del soldado? Siempre y cuando sea material canjeable, todo estaba bien.

Cuando corroboró la suma acordada, cerró el maletín poniendo sus manos posesivamente sobre el mismo... ¡Dios mío!, sus manos, ¿Qué había pasado? Estaban de un color verdoso, y las venas saltonas latían con aterrador ritmo.

Apurado abandonó el despacho. En el pasillo sentía la mirada acusante de las personas a su paso. De la vergüenza, traía los ojos clavados en el suelo.

Creía volverse loco. Del portafolio salía la mitad de un billete, Cuando se percató de eso, desesperado pensó que la gente se daría cuenta de que llevaba mucho dinero. Sentía palpitar las venas de su cerebro.

En medio del pasillo se puso a gritar:

--¡¿Qué les ocurre, manga de ineptos?! Dejen de mirarme así que no escondo nada.

Su voz se oyó como un eco en todo el recinto, y las voces que provenían de los distintos retratos de los antiguos presidentes de la Corte lo acosaban:

--¡Sinvergüenza! ¡Está robando al país, ladrón! Con tipos de su calaña nunca vamos a tener un Paraguay mejor...

El juez Fernando, se aferró paranoicamente al maletín y salió corriendo rumbo a su auto.

Estando en su coche al fin, lo rodeó un estado de pasajera tranquilidad. Puso en marcha el motor y se dirigió al Centro.

En el semáforo pudo ver espantado, los fantasmas de grandes hombres esperando la luz verde. Veía a los próceres de la Independencia sentados en una calesa a su lado Bajó el vidrio y preguntó:

--¿A dónde van ustedes que murieron hace tantos años?

 -Nosotros somos inmortales, por nuestra ideología. Sólo morirnos para seres repugnantes como ustedes, corruptos, que no luchan por la libertad del país.

-¡Pero si el país es libre hace más de 150 años!

-El Paraguay está todavía sometido al yugo de los hombres ambiciosos que no lo dejan crecer. No espere señor juez, que el semáforo le dé luz verde, porque usted con sus actos, da luz roja al país...

Cerró asustado nuevamente la ventanilla del auto, y se dirigió lo más rápido posible a comprar el horno a su mujer. Bueno - pensaba- la verdad es que no se puede dar gusto a todos. Por lo menos, voy a poner contenta a Isabel.

En la casa de electrodomésticos, compró el microondas más moderno. Con manos temblorosas, a la defensiva, abrió el portafolio para pagar su reciente adquisición.

Cuando llegó a su casa, Isabel, como siempre, lo estaba esperando. Al ver lo que su esposo le traía de regalo corrió a abrazarlo emocionada.

Juntos quitaron el aparato del embalaje, y con una leída rápida al catálogo adjunto lo enchufaron. Para probar, metieron un pollo congelado. Y mientras el relojito del novel artefacto corría en manera regresiva restando segundos, Fernando con una sonrisa al fin dibujada en sus labios, luego de un día cargado de extrañas experiencias, se dirigió a lavarse las manos.

Cuando se miró en el espejo del botiquín del baño, con horror pudo ver su rostro avejentado. Quedó paralizado ante las infinitas arrugas que surcaban su cara.

Sólo el grito aterrador de su mujer lo hizo volver a la realidad. Corrió a ver lo que ocurría y vio el chispeante aparato lanzando nubes de humo negro.

¿De dónde quitaste este aparato, Fernando? ¿Con qué lo pagaste? - Oía la voz inquisidora de su mujer.

Fernando dejó escapar un grito sordo. La presión lo estaba matando. Sentía que su cuerpo era sacudido enérgicamente: .-Fernando, por Dios. Estabas en medio de una enorme pesadilla...

Enfoco los ojos en los de su mujer que reflejaban un amor in infinito. Él estaba bañado en sudor. Todavía jadeante a causa del terrible sueño preguntó:

-Isabel, ¿me quieres a pesar de no darte todos los gustos?

--Te quiero bien y siempre porque sé que con tu honradez hacés patria. Pero, ¿a dónde vas?-, dijo ella al verlo incorporarse.

-Tengo que saldar una cuenta.

-¡A estas horas! ¿Con quién? - preguntó extrañada.

--Con mi conciencia- respondió él, y sin más explicaciones se dirigió hacia el escritorio, donde tenía, bajo llave, algunos papeles importantes.

Quitó los documentos de los cien millones y salió al patio.

 Allí, bajo la luna los quemó sin pensarlo dos veces. Es cierto, seguiría manejando su chatarra, como él llamaba a su auto. Isabel tendría que esperar un poco para poder comprarse el horno, y otro poquito más para darse otros gustos; y los chicos... bueno, tendrían que aguantarse unos años más la Asunción veraniega.

Le daba pena pensar en eso, pero a la luz de la llama fugaz de los papeles encendidos comprendió que ese era el precio para que al menos él pudiera al fin conciliar en paz su sueño.


Fuente:
VERDAD Y FANTASÍA
TALLER CUENTO BREVE
Dirección y prólogo:
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
© Taller Cuento Breve
QR Producciones Gráficas
Asunción – Paraguay,
Mayo de 1995 (194 páginas)
 
 

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