CUADERNO DE BITÁCORA DE UN VIAJE INOLVIDABLE IV
Por BEA BOSIO
beabosio@aol.com
Dicen que Celestine significa bajada de los cielos.
Y así parece cuando la veo acercarse a nuestro barco sentada en una silla a bordo del suyo, con una aureola de santidad en el velo. El día está claro, la brisa hiela allá a la altura de Puerto Pinasco y la imagen parece sacada de un cuento de realismo mágico: Celestine viene a recoger los víveres recolectados por la Pastoral Social para el Chaco. El traspaso será a bordo. De barco a barco.
Cuando la veo pasarse al nuestro, no puedo dejar de pensar en la distancia que la separa de sus afectos. Ni en el calibre de su alma aventurera que la tendrá alejada de ellos tanto tiempo. Celestine es de Madagascar –nada menos–, huérfana de madre e hija menor de ocho hermanos a quienes no verá de por vida, salvo en intermitencias de cada tres años. Pero la fe tiene el arte de volver los temples de acero. De a poco se va a adaptando al Paraguay –me cuenta–. Llegó a Pinasco en febrero. En intervalo de dos o tres meses habla con ellos, pero para poder comunicarse deben conjurarse los vientos:
– “Si hay tiempo lindo, hay conexión, y si no hay tiempo lindo, difícil”, me dice la misionera en un español que navega entre el malgache natal y el francés colonial, rematando en un jopara con acento.
No esconde sus nostalgias. Tampoco la convicción de haber consagrado su vida al cielo. Tiene la risa clara, de esas que brotan de las almas diáfanas y hacen creer en un mundo mejor.
Imagino su viaje a las Américas y luego el trayecto en barco hasta llegar a lo que sería su casa. Vaya aventurera. (Al lado suyo, la hazaña de montarme en este barco hace seis días con una tripulación que lleva combustible a Bolivia queda pálida).
Pero ella no da cuenta de su valentía. Es parte de lo que escogió en la vida. Nos invita a quedarnos en Pinasco, donde están preparando una fiesta. No puedo creer que llegué hasta aquí y no voy a bajarme. Pero yo también estoy en una misión y hay que seguir subiendo. En Puerto Casado nos esperan y no podemos detenernos.
Me gustaría tener mil días para quedarme en cada puerto. Ser como esa hermana libre de Madagascar que ríe conmigo cuando una ráfaga de viento juega con su cofia al otro lado del mundo, donde un yaguareté ha reemplazado el rugir de los leones… y perderme en un pequeño pueblo ribereño, ascendiendo la ladera con repiques de campanas, al caer la tarde entre nostalgias y ensueños…
Fuente: www.lanacion.com.py
Domingo, 27 de Octubre de 2019
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