PESEBRES EN EXTINCIÓN
Por PEDRO GÓMEZ
Antes de que se modernizaran los pesebres o se inclinaran a las tendencias de la moda, la Navidad era más auténtica.
Hoy por hoy en Asunción ya no se hacen los originales pesebres como antaño. Pero ello no es culpa de la pérdida de las tradiciones ni el avance de la globalización, sino más bien es producto de una depredación llevada al extremo.
Entre los elementos infaltables estaban el entramado de tacuarillas, el ka’avovei, la flor del karanda’y, el pasto en panes y por supuesto la flor de coco.
El decorado conformaban las imágenes propias de la Natividad, gran cantidad de frutas de estación –sandías, melones y uvas–, rosarios hechos con huevos de aves y cuanto juguete estuviera al alcance. Los mismos cerditos hechos alcancías con sus colores deportivos jamás estaban ausentes.
Sin embargo, es casi imposible preparar en la actualidad un pesebre como el de nuestros abuelos, pese a los medios y las facilidades al alcance.
Una de las mayores carencias es el ka'avovei. Es el arbusto que daba un verdor único a la bóveda vegetal en la que se daba cabida al establo desde la Nochebuena hasta Reyes Magos. En los alrededores de Asunción es imposible hallarlo, pues los bosques urbanos desaparecieron. Incluso, en varias zonas del departamento Central la vegetación que bordea las alambradas o los linderos se va desmantelando con todo el hábitat y el microclima que representa.
El ka’avovei –como muchas otras especies– ha sido víctima de la deforestación hasta de los matorrales y es una de las tantas plantas útiles del Paraguay en vías de extinción.
Pero todavía queda un elemento infalible que puede redimir a los pesebres paraguayos: la flor de coco. Ese dulce aroma que impregna todos los hogares es auténticamente nuestro. No se sabe cuándo empezó a utilizarse en los pesebres de nuestro país, pero la tradición remonta su uso hacia la época de los guaraníes, grandes conocedores de la naturaleza y respetuosos de la preservación del bosque, de donde recogían todo lo que necesitaban para vivir.
Se presume que cuando llegaron los misioneros españoles, en el proceso de evangelización la flor de coco fue entregada como ofrenda al Niño Dios y desde allí quedó incorporada a la Navidad del Paraguay.
La leyenda también dice que los indígenas se salvaron del diluvio agarrados en lo más alto de los cocoteros, por lo cual lo consideraban una planta sagrada.
Para quienes creen que hay una “masacre” con la extracción y venta masiva de flor de coco en esta época, ya años atrás el Ing. Germán González Salema había aclarado que no corre ningún peligro por la abundancia de cocotero en nuestro país. Además es una planta que necesita del raleo de flores para mejorar las nutrientes de los frutos y sobre todo es tan longevo que puede vivir 100 años. Es una actividad sustentable que permite a un niño llevar un pan dulce a su casa para esta Navidad. Y es más que nada un vestigio de los pesebres en extinción.
Fuente: ABC Color - Domingo 21 de Diciembre de 2014
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