LOS PADRES DE LA VIOLENCIA
Por LUIS BAREIRO
lbareiro@uhora.com.py
Un siquiatra me explicaba hace unos meses que la característica principal de los asesinos seriales es la incapacidad de tener sentimientos de culpa.
Un sociópata puede infligir dolor a otro ser vivo sin que ello le produzca sentimiento alguno. El sentimiento de culpa, dijo, es la principal herramienta de control de una sociedad, para bien y para mal.
En el niño, la autoridad de los padres casi inconscientemente construye este sistema desde la más tierna infancia, machacando permanentemente sobre lo que es bueno y lo que es malo. Así, una gran mayoría de niños y niñas crecen pensando que tocarse los genitales es sucio, pero también que no se deben apropiar de lo que no es suyo, que no hay que lastimar a los otros niños o que hay que lavarse las manos después de ir al baño.
Este sistema de valores y antivalores da cuerpo a un ciudadano que, en la mayoría de los casos, jamás haría determinadas cosas, aun si pudiera hacerlas, porque ese entramado interno que le genera culpas o remordimientos le controla.
En toda esta construcción que, por supuesto, es infinitamente más compleja y polémica que lo que un mero observador puede bosquejar en un artículo dominguero, hay un elemento clave, cuya ausencia termina, más tarde o más temprano, por derrumbar el modelo: el principio de autoridad.
Los padres (o sus sustitutos) y los hijos no son iguales. En esa primera organización social, la más básica y esencial de todas, debe haber una autoridad que fije los límites, que establezca las reglas, que vele por su cumplimiento. Si esa autoridad primigenia renuncia a su rol, la construcción de esos valores se torna difícil, cuando no imposible.
Es lo que estamos viendo en escuelas y colegios.
El nivel de violencia verbal, y no pocas veces física, que recoge la crónica periodística es el resultado de la ausencia obligada o de la mera negligencia de padres y madres que pretenden dejar en manos del Estado o de un grupo de docentes su responsabilidad mayúscula de criar ciudadanos.
La escuela o el colegio no pueden generar valores ni principios de la nada. Los sentimientos de culpa, de placer o displacer, son producto de la cotidiana experiencia humana, de la rutina que se vive todos los días, no de un par de consignas marcadas en una pizarra.
No busquemos culpables entre los niños y los jóvenes, que apenas son las víctimas; ni en las escuelas ni en el Estado, que a más de su ineficiencia endémica solo son actores obligados; a este fenómeno le estamos dando vida nosotros.
Literalmente, somos los padres de esta criatura.
Fuente: ULTIMA HORA (ONLINE)
Sección OPINIÓN
Domingo, 11 de Noviembre de 2012, 00:00
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