VIDA Y MUERTE DE UN PARTIDO
Por LUIS BAREIRO
lbareiro@uhora.com.py
Quiero creer que a casi 24 años de la caída de Stroessner y a cuatro de la derrota colorada –sin que ninguno de los traumas ni catástrofes tantas veces vaticinados se cumplieran– los paraguayos hemos alcanzado, finalmente, el suficiente nivel de madurez cívica como para entender que los partidos políticos no son clubes deportivos que deban seguir despertando la pasión irracional de sus hinchas, ganen o pierdan campeonatos Quiero creer que la experiencia acumulada es suficiente como para percibir que los partidos políticos no son organizaciones religiosas en las que la adhesión de los fieles se basa exclusivamente en la fe y en la creencia de un mundo que existe más allá de la capacidad de percepción de nuestros sentidos terrenales. Quiero creer que hoy ya sabemos que los partidos no son sino organizaciones de hombres y mujeres libres, cuya finalidad es la elaboración y oferta de determinadas políticas públicas para solucionar determinados problemas de la gente; además, por supuesto, de la proposición de los candidatos capaces de aplicar con éxito esas políticas desde la administración del Estado; y todo eso dentro de ciertos parámetros que hagan a la ideología y al ideario del partido. Quiero suponer que ya sabemos que un partido político no es una religión ni una nacionalidad ni un equipo deportivo, sino una herramienta de gestión pública. Y que si como tal no sirve para la función para la que fue creada, hay que desecharla como cualquier otro cachivache Si un partido se ha convertido apenas en un club de amigos, cuya finalidad es conseguir puestos de trabajo para sus afiliados y negocios con el Estado para sus financistas, es absolutamente saludable para la democracia que se extinga, y no es traición, sino sentido común, que sus votantes busquen otras ofertas políticas Después de todo, los partidos políticos pueden nacer y morir como cualquier otra organización humana. En una democracia que funcione, la vigencia y la vitalidad de un partido deben estar dadas exclusivamente por su capacidad de generar resultados para la gente Los partidos políticos no son el comienzo ni el fin de la historia. Sin partidos no se puede sostener la democracia, pero ningún partido es imprescindible. Es bueno recordarlo ahora que se vienen las internas de todos los partidos, y sus operadores, candidatos y caudillos concentrarán todos sus recursos para convencernos de que les votemos. Olvídese de colores, polcas y hurras; escuche atentamente qué proponen y a quiénes, y obre en consecuencia. Nuestros padres podían cometer la ingenuidad de votar, a secas; nosotros tenemos la obligación de elegir.
Fuente: ULTIMA HORA (ONLINE)
Sección OPINIÓN
Domingo, 09 de Diciembre de 2012, 00:00
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