CUANDO LA VIOLACIÓN PASA A SER RUTINA
Por LUIS BAREIRO
lbareiro@uhora.com.py
Cuando la crónica policial da cuenta de veinte o treinta casos de abuso de menores por año, estamos ante la cruel estadística de la miseria humana que registra en toda sociedad un porcentaje inevitable de criminales, sociópatas e inadaptados; pero, cuando la crónica habla de cientos de víctimas y la estimación de los casos no registrados cuadruplica los datos oficiales, estamos ante un fenómeno distinto e infinitamente más perturbador.
Eso pasa en Paraguay. Diez o cincuenta abusadores por año permiten hablar de patologías individuales, pero cuando las cifras se disparan y nos encontramos con cientos de ellos estamos obligados a admitir que se trata de una enfermedad social, de las consecuencias de un aprendizaje contracultural que se basa en una premisa simple y bárbara: el más fuerte puede hacer lo que quiera del más débil.
El debate resucitó la semana en que la niña de once años abusada por su padrastro dio a luz en un hospital público. Y sobre todo luego de que el director del sanatorio revelara que historias como la de esa menor son rutina en el lugar, y que ahora mismo se encuentra internada allí una chiquita de doce años con siete meses de embarazo, también víctima de una violación.
Una mujer que trabaja todos los días con tragedias así me decía que estos casos no pueden catalogarse cómodamente como la consecuencia de la acción de un depravado y suponer que ya no ocurrirán nuevos o que disminuirán en número solo porque se aumenten las penas para los abusadores.
Esta pandemia, me explicó, tiene que ver con cómo construimos desde la cultura la relación de poder en los hogares y en la sociedad. Mientras los varones crezcan creyendo que su sexo los ubica en una escala superior al de las mujeres (y a ellas se les inculque el mismo disparate), mientras sigan considerando que están a su servicio, mientras mantengan ese absurdo sentido de propiedad sobre ellas; y mientras los adultos, en general, tengan la idea equivocada de propiedad sobre los menores, los casos de abuso, de cualquier tipo, seguirán siendo una dolorosa rutina.
Salvo los detalles anatómicos, no existe la menor diferencia entre hombres y mujeres. La patria potestad no es un derecho de propiedad sobre los niños, es la obligación de cuidarlos; y hacerlo no nos da el menor derecho sobre ellos, no es un favor que les hacemos, estamos obligados a ello.
Estas cuestiones que parecen tan obvias no lo son en una sociedad patriarcal, machista y abusadora.
Por eso el drama de las violaciones sí es un problema de educación en general y de educación sexual en particular, mal que les pese a los extremistas que ven detrás de cualquier planteamiento de este tipo un nuevo avance del apocalipsis gay-lésbico en el que todos dejaremos la heterosexualidad para extinguirnos.
Fuente: ULTIMA HORA (ONLINE)
Sección OPINIÓN
Domingo, 23 de Agosto de 2015
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