COMENZAR A ANDAR POR LAS CALLES DE ASUNCIÓN, GUARDADAS COMO TESOROS DE LA MEMORIA
Por Toni Roberto
tonirobertogodoy@gmail.com
Hoy empiezo a escribir en estas páginas. No soy ni dibujante, ni periodista, ni locutor, ni pintor ni nada. Soy solo un asunceno que quiere recordar el pasado para aportar al presente y al futuro. Para lograrlo, debo mirar la educación por el arte que me lleva inexorablemente a la esquina de Ygatimí y Montevideo, al lugar donde en los primeros años de la década del 70 fui parte de la “Educación por el Arte”.
Esta historia volvió claramente a mi mente con la llamada de mi maestra de segundo grado, Estelita Careaga, que ocurrió más o menos así: “Hola, sí, ¿Toni?” –“Sí”, respondí. “Soy Estela Careaga, tu profesora de segundo grado, y tengo algo que contarte…”.
Y entonces, me contó: “Cuando fui expulsada del Cristo Rey, en 1976, nos enteramos de que estaban llevando todos los materiales de educación. Entonces, una noche cometimos la locura de entrar al colegio, que estaba entonces intervenido, por la muralla de la calle Montevideo. Trepamos por el fondo y rescatamos algunos materiales y, entre ellos, un cuadernito ‘Educación 75’ que quiero entregarte”.
Al abrir ese cuaderno pude ver el método de educación abierta y revolucionaria de ese momento y me hizo recordar a cuando salíamos a dar clases en aquel imaginario “Barrio Cristo Rey” (pues nunca existió como tal), a aprender a sumar en las veredas contando cuántos árboles había o a contar los postes de alumbrado público; una educación que nos enseñaba a comprometernos con el entorno, con el ser humano, con el barrio y así aprender a amar la ciudad en que nacimos y vivimos.
EL CAMINO DIARIO
A partir de ahí, el camino diario a clases se convertía en un eterno diálogo con zaguanes, faroles, árboles, vecinos, calles, avenidas, plazas, con el zapatero, el sastre o la modista del barrio de aquellos mediados de los años 70.
Aprendí a querer el barrio Gral. Díaz donde nací. Ese barrio que fue un poco parte del centro y lo más parecido al centro de Asunción. La zona de los italianos hacia el Oeste y la de los judíos hacia el Este. La legendaria Loma Tarumá y la leyenda de un ingeniero inglés que vino en la época de los López que ahí se afincó, que después tuvo un triste final; o la inspiración de novelas como las de Susana Gertopán y su mítico “Barrio Palestina”. O, para los no tan jóvenes, la esquina “non sancta” de México y Segunda o el ybapovó del doctor Estaque, o las historias del dibujante Cabrera y sus dibujos extraviados en la zona de la Iglesia del Perpetuo Socorro.
Las caminatas por el barrio del vecino don Remberto Giménez o el poeta Carlos Miguel Giménez y su segundo hogar. La despensa de don Rubén en Chile y Tercera, o el general del Ejército Imperial Ruso, Juan Belaieff, de Alberdi y Primera y sus venerados Maká, y la bailarina Doris Doré que en los años 40 se mimetizó con ellos y empezó a danzar sus rituales. O el recuero de otro ruso del barrio, el muy matemático ingeniero Boris Jermolieff.
Entonces, a veces me preguntan en la radio cómo es que tengo tanta memoria del pasado y la respuesta es simple: me enseñaron a amar el barrio en que vivía. Ese barrio que es nuestra propia aldea interior y que después nos lleva a conocer y caminar por el mundo.
Toni Roberto
Toni Roberto, en realidad Antonio Salvador Roberto Godoy, es un artista, además de dibujante, conductor y creador de un espacio radial y también televisivo “Cuadernos de Barrio”, en el que refleja lo que en realidad siente un “asunceno de pura cepa” por la ciudad que lo vio nacer. Y ese amor se multiplica por miles porque viaja a través de su memoria y los trazos sobre el papel a rescatar rincones, casas, espacios, nombres y la esencia de cada barrio capitalino para mostrarlos “pintados” por el afecto, los nombres y recuerdos de quienes los transitaron y transitan.
El rescate de la memoria que realiza Toni va mucho más allá del nombre de un barrio y el de los dueños de una casa icónica; en realidad trae al presente un pasado en el que siempre se destaca lo mejor de lo que es Asunción y también su gente, la que la siente pegada al corazón por más que esté lejos de ella.
La obra de Toni, que trasciende desde 1979 en su infancia, ganando un concurso de dibujos en Latinoamérica, es vital para conocer y reconocer parte de la ciudad, y de su singular mirada uno aprende como si estuviera caminando por los barrios de la mano de sus más destacados habitantes.
Fuente: www.lanacion.com.py
Domingo, 21 de Abril de 2019
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