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ANDRÉS ROLÓN CARDOZO
  EL RINCÓN DE FLORECILLA - Cuento de ANDRÉS ROLÓN CARDOZO - Año 2024


EL RINCÓN DE FLORECILLA - Cuento de ANDRÉS ROLÓN CARDOZO - Año 2024

EL RINCÓN DE FLORECILLA

Cuento breve de ANDRÉS ROLÓN CARDOZO


Diseño de portada Lizza Montserrat

2024


“El universo que Dios escogió para existir es el mejor de todos los mundos posibles” (Gottfried Leibniz)


Quizá tenga unos seis añitos. La veo casi todas las mañanas a través del cristal de este local climatizado donde celebro mi fugaz ritual del café antes de ser arrastrado por el caprichoso torrente de la rutina. El infernal barullo de un tráfico entorpecido por cuatro semáforos que de inteligentes ostentan solo el nombre, no logra desmoronar su dorado mundo de ensueños, levantado con imaginación e inocencia a la vera de una monstruosa ciénaga de modernidad decadente saturada de smog, histéricos bocinazos y candentes motores.

Cuando la luz roja imprime rabia y tedio en los automovilistas, abandona ella su encantadora burbuja ideal y se pone a mendigar, con marcado desinterés, dádivas que algún ser caritativo dará.

Su vestidito de seda color salmón evoca ambientes regios de cuentos de hadas; raído, sucio y descolorido, habrá sido, en su mejor momento, la magnífica prenda de una cumpleañera. El tiempo y el desuso la destinó a la basura y, de este ámbito, a vestir su cuerpecito, avivando aún más su imaginación.

Con la luz verde se desencadena la bestial estampida motorizada. Ella esquiva con notable destreza su inhumana embestida y, una vez fuera de peligro, se sumerge nuevamente en su florido jardín celestial donde juega con sus muñecas de tristes figuras, mágicamente transustanciadas en seres de armoniosa belleza.

Su cara de perita, intensamente besada por el sol, me recuerda las infantiles facciones de mi hija, sepultadas en un ayer lejano y hermoso. Este recuerdo relampaguea en mi mente y encharca mis ojos. No entiendo por qué, pero hoy más que nunca la veo. Está allí, hermosa y delicada florecilla expuesta a la brutalidad de entes enceguecidos.

Muchas cosas ignoro de ella y de su gente. Desconozco, por ejemplo, su ascendencia Pa’itavytera, parcialidad desprendida del tronco lingüístico guaraní que a su vez aglutina a otros grupos indígenas como los Mbya, Guana, Ka'ygua, Guajaki, Guaraní Ñandeva. Desconozco, asimismo, la existencia de otros troncos lingüísticos que agrupan a otras parcialidades indígenas con rasgos raciales y culturales diferentes. Variopinta realidad de etnias admirada, valorada y estudiada por hombres y mujeres cuyos nombres moran en interesantes libros que nadie lee.

Vino un día con su gente desde el norte olvidado del país a reclamar derechos ancestrales y, por razones desconocidas, se quedó para siempre a “gozar” de la dura hospitalidad de nuestras calles y de nuestros parques. Completamente ajena a la problemática social que la envuelve y la condiciona, sin atisbo de un mejor porvenir, creó un mundo paralelo puesto que, desde su pueril perspectiva, el nuestro, no es el mejor de los mundos posibles.

Ante la imposibilidad de despegar mi vista de ella, ordeno otro café, postergando, por unos minutos, la ineludible cita con mi destino (mis quehaceres). La veo radiante. Percibo por primera vez la magnífica arquitectura de su universo y quedo embelesado. El estupendo salón inundado de encantadores luces en cuyo interior ella y sus muñecas disfrutan del té en mágica tertulia. Me parece oír su vocecita dando vida a su alegre compañía, dulce cascada de agreste arroyito ornado de flores.

De repente, una moto imprudente invade el carril de un camión. El chofer del viejo mercedes 1113, en su afán de evitar al biciclo, enviste contra un auto y lo lanza hacia la acera entre gritos y bocinazos desesperados. El mejor de sus mundos posibles quedó hecho añicos bajo aquel pesado armatoste y entre sus ruinas quedaron sus muñequitas. Su cuerpecito, envuelto en maravilloso harapo, terminó yaciendo sobre el sucio asfalto de aquella ciénaga urbana infernal, formando, su savia carmesí, un charco entorno a su cabecita cual bermeja aureola.

Salgo corriendo del bar y voy donde ella ¿Será ya demasiado tarde? ¿Ya no habrá nada que hacer? Curiosos y más curiosos se agolpan entorno al siniestro. “Es la indiecita”, murmuran sin hacer absolutamente nada. Nadie reclama ni llora su desgracia. Su gente, un par de niños mendicantes, se esfumó del lugar. Me abro paso y llego donde ella con el alma hecha pedazos. Un llanto ronco se escapa de mi garganta cual seca toz invernal. Rotundamente me opongo a que la cubran con una sabanita blanca. Quiero tomarla en mis brazos y acercarla a mi pecho pero sé que no hay que moverla. Tan acelerado estoy que mi corazón parece multiplicarse atormentándome con frenéticas palpitaciones. Suplico con rabia una ambulancia y mis nervios alcanzan picos estratosféricos ante la inacción de los mirones. Estoy por correr con ella en mis brazos hacia cualquier parte que pudiera brindar un poco de ayuda, fuera esta incluso un mero consuelo de lo irremediable, cuando una joven señora me dice que la ambulancia está en camino.

No me considero un Don Bosco o una Madre Teresa de Calcuta, siendo muchos los vicios que me apartan de estas y de otras personas altamente virtuosas. Tampoco tengo la fortuna ni la buena voluntad de los grandes filántropos que dispensan generosidad por doquier. Lo que hice, lo hice porque sí, pues, porque alguien tenía que hacerlo en la medida dictada por la posibilidad.

Con la valiosa colaboración de unos amigos, pude alquilar y acondicionar un viejo caserón caído en las fauces del descuido y el olvido. Costó limpiarlo y liberarlo de las alimañas anidadas en sus rincones, pero, sostenido por el entusiasmo y la volcánica energía de mi hija, me fue posible ambientar un rincón seguro donde los niños puedan jugar y soñar tranquilos, sin que nadie derrumbe el mejor de sus mundos posibles.

Yvoty’i, que en lengua nativa significa Florecilla, se recupera rápidamente de sus heridas y fue quien inauguró las lúdicas dependencias del lugar con unos amiguitos de su parcialidad y tres niños que deambulaban por allí.

No tengo un plan específico, tampoco pretendo crear una fundación o una ONG, mi capacidad e intrepidez no llegan a tanto. Lo mío es simplemente un granito de arena en un mundo plagado de imposibilidades. En el colorido letrerito que colgamos sobre la puerta principal escribimos el nombre que pensó mi hija, la eterna vencedora de las discusiones. Yo hubiera preferido “Loto del Cenagal”. Mi hija rio de buena gana diciéndome: “¡Papá, es una ludoteca, no un café filosófico!” y lo que quedó finalmente, junto al hermoso dibujo de una flor, fue “Yvoty’i renda” (el rincón de Florecilla). 



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