MONTSERRAT ÁLVAREZ

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Nacimiento:
Zaragoza, España
12 de Junio de 1969

MEMORIAS DE UN INDUSTRIAL - CRÓNICAS NÓMADAS - Por MONTSERRAT ÁLVAREZ - Domingo, 10 de Mayo del 2015

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MEMORIAS DE UN INDUSTRIAL - CRÓNICAS NÓMADAS - Por MONTSERRAT ÁLVAREZ - Domingo, 10 de Mayo del 2015

MEMORIAS DE UN INDUSTRIAL

CRÓNICAS NÓMADAS

Por MONTSERRAT ÁLVAREZ


La emigración está hecha de pérdidas, de nostalgias, de orígenes, de raíces. Y de esperanzas, de temores, de audacias: de aventura. De puertas que se cierran a las espaldas al partir, y de puertas que al llegar se abren a lo posible, a lo desconocido, a lo futuro. De afectos que se añoran y de afectos que se descubren y de vidas que se reinventan en otros mundos, de puertos de salida y de puertos de llegada que se fusionan en universos nuevos .




Inmigrantes europeos en el comedor de un hotel de Buenos Aires

a principios del pasado siglo XX./ ABC Color



LA EXPERIENCIA DE EMIGRAR

Hoy, cuando tantos paraguayos –entre otros ciudadanos de diversos países, obviamente– tienen que emigrar a Europa, es interesante recordar los tiempos, no precisamente remotos en una perspectiva histórica, en los que la falta de oportunidades económicas (entre otros inconvenientes –represión política, etcétera, según cada caso y país–) impulsó una emigración de signo inverso y en los que muchos europeos cruzaron el océano para venir a América.

Así, la pobreza y la falta de expectativas en la Croacia golpeada por la guerra y la gran hambruna de los años treinta del pasado siglo XX empujaron a muchos de los habitantes de esas regiones de Europa del Este a buscar otros medios de vida con más posibilidades de bienestar en tierras lejanas. Entre esos emigrantes estuvo la familia formada por el matrimonio de Estanislao Chudyk y María Hawryliszyn, y sus hijos.

Así Esteban Chudyk dejó su tierra natal y llegó a Paraguay, en busca de un mejor porvenir, con sus padres y sus hermanos, a los doce años de edad, en 1937.

Su libro, Memorias de un industrial, publicado póstumamente, evoca el Paraguay en el que vivió y creció, desde la primera mitad del siglo pasado, en la zona de Itapúa, y es una retrospectiva llena de satisfacción y de gratitud –de reconocimientos explícitos, de hecho, en varios pasajes– hacia sus compañeros de ruta y de tareas, sus muchos trabajadores y colaboradores ucranianos y paraguayos.

Y es un testimonio y una historia, la de una vida –de varias vidas, en realidad–, que aproxima al lector al espesor real de esa urdimbre en la que se entretejen, se imbrican, tantas y tan diversas hebras –materiales, emocionales, identitarias, laborales, culturales, sensoriales–, trama compleja que constituye la dura y maravillosa, difícil y fascinante experiencia de la emigración.


LA AVENTURA DE LO NUEVO

Memorias de un industrial son ciento setenta y ocho páginas honestas y lacónicas, distribuidas en cuarenta y un capítulos con muchas ilustraciones, que tratan, en principio, primordialmente, como su título lo anuncia, del progreso laboral del autor, Esteban Chudyk, hijo de un conductor de carrozas de la ciudad de Bursten, y herrero de formación, que prospera como fabricante de máquinas trilladoras de trigo y arroz, abriéndose así camino en una época en la cual el cultivo intensivo de estos cereales era incipiente y descubriendo lo promisorio de este campo en un Paraguay en el que, en materia industrial, casi todo estaba aún por hacer. Era, como él mismo la describe en este libro en más de una ocasión, una época, hoy muy difícil, para nosotros, de imaginar en detalle, en la que «todo se hacía a mano».

Pero Memorias de un industrial no es única y exclusivamente eso; este tipo de memorias siempre trae algo más. Es que la emigración es una experiencia compuesta de elementos numerosos y disímiles. Está hecha de pérdidas irremediables, de nostalgias inconfesas, de oscuras gratitudes, de inevitables recuerdos, de mudas evocaciones, de antiguos lazos de sangre y territorio que se conservan celosamente a través de la distancia, de orígenes, de raíces.

Y también de esperanzas, de temores, de apuestas, de empresas, de audacias: en una palabra, de aventura. De puertas que se cierran a las espaldas al partir, y de puertas que al llegar se abren a lo posible, a lo desconocido, a lo futuro. De afectos que se añoran y de afectos que se descubren, y de vidas que se reinventan en otros mundos, de puertos de salida y de puertos de llegada que se fusionan en universos nuevos.


EL PLACER DEL DESAFÍO

El fenómeno de la emigración se puede estudiar de muchas formas, pero siempre tienen un valor especial las fuentes «cualitativas», que en mayor o menor medida revelan lo que las estadísticas, necesariamente, por definición, ignoran: un mundo poblado por la vida de los emigrantes, por su memoria, por los detalles que constituyen a un individuo como persona –sus recuerdos, sus olvidos, sus preocupaciones, sus ilusiones, sus miedos, sus logros, sus frustraciones, su universo familiar, personal, social, sus expectativas, su modo de conocer y de habitar su «segunda patria», su impresión ante ella, su adaptación y su integración al entorno de su país de acogida, sus relaciones con los dos mundos, la recreación de las identidades que forma parte de la experiencia de emigrar– y que no son estadísticamente cuantificables stricto sensu.

Tan diversos como los aspectos pequeños y grandes, públicos y privados, íntimos y socialmente relevantes, tan diversos como los hechos que integran la compleja y emocionante aventura de la emigración, tan diversos como los propios aventureros, son los testimonios directos de estos, sus protagonistas, las voces de los narradores en primera persona de esta historia. En el caso de las memorias del autor que nos ocupa, se refleja el crecimiento de un mercado para los productos industriales que él empezaba a fabricar, la transformación, por ende, del ámbito laboral y, en consecuencia, de su ámbito personal, material, económico y social: es el retrato clásico del ascenso, desde los inicios como sencilla fuerza de trabajo dispuesta y disponible, de los pequeños productores a productores medianos y grandes, y el del cambio, paralelo, de las ciudades y del mundo rural en Paraguay durante las primeras décadas del siglo XX.

Memorias de un industrial habla, así, básicamente de trabajo, de trabajo duro, de progreso lento, de paciencia, de esfuerzo, de porfía, de obstinación, de terquedad. De galleta mohosa, de rutas de barro, de bosta de bueyes y vacas, de madrugadas agotadoras, de selvas vírgenes y enmarañadas. Y de alegría, de fuerza, del tiempo vigoroso de la juventud que nada posee y que lo tiene todo aún por conquistar, del extraño y profundo placer del desafío.


UN MUNDO DEMASIADO GRANDE

Emigrar es incidir en la cultura del país que acoge al inmigrante, porque el emigrante llega con una fisonomía, con unos gestos, con un idioma, con un modo de mirar, de saludar, de reír y de callar diferentes, con un tipo distinto de sabor, con un tipo distinto de humor, con un tipo distinto de baile, de música, de fiesta, de duelo: con un equipaje, en fin, que está hecho de cultura. Y las amistades y uniones que se forjan entre los inmigrantes y los naturales de un lugar engrandecen, abren, enseñan tanto a estos como a aquellos a reconocer al prójimo, al igual, al siempre humano, por diferente que sea, debajo de las diferencias y a apreciarlo, y a apreciar también, si cabe, sus diferencias, incluso. Por eso, emigrar es conservar lo heredado en el país de origen, pero también compartirlo con el nuevo país, y renovarlo, rehacerlo, recrearlo bajo la mirada distinta de la tierra de adopción. Este aspecto de la emigración se materializaría en Memorias de un industrial en el relato de la fundación de la asociación Prosvita-Cultura.

Curiosamente, hoy es el aniversario de la muerte de un ucraniano ilustre cuyo sesquicentenario, por añadidura, se cumple este año, el 2015, el escritor y antropólogo Vladimir Bogoraz (27 de abril de 1865 - 10 de mayo de 1936), militante del Narodnaya Volya (La Voluntad del Pueblo), aquel movimiento revolucionario que buscaba poner fin al zarismo y que, de hecho, puso fin a un zar, a Alejandro II. Tras lo cual Bogoraz fue a dar a la temida Siberia, al norte de Yakutia, para ser más exactos, y aprovechó el destierro para conocer y estudiar in situ la vida, lengua y cultura de sus habitantes y dejar trabajos que han ayudado mucho tanto al conocimiento de las lenguas siberianas como al de sus tradiciones literarias orales, sobre todo las de los chukchis.

Es una coincidencia feliz, sencillamente porque los contactos entre culturas, por difíciles que a veces puedan ser, merecen celebrarse. Por el establecimiento de lazos que favorecen la comprensión de un mundo que en realidad es demasiado grande como para que valga la pena quedarnos, física o mentalmente, durante toda la vida encerrados en nuestra casa. Y en Memorias de un industrial la emigración, como es lógico, separa, pero no solo separa, sino que también, y, finalmente, sobre todo, vincula: detrás del que emigra queda alguien que lo espera, y delante, o después de él, queda alguien que prosigue lo que empezó en otra tierra. Así se forma un puente que cruza la distancia y tiende alianzas e historias compartidas entre comunidades de países distantes.


Esteban Chudyk Hawryliszyn: Memorias de un industrial.

Compilación Miguel Chudyk Lylyk. Servilibro, 2013. 178 pp.



montserrat.alvarez@abc.com.py


Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha: Domingo, 10 de Mayo del 2015

Fuente en Internet: www.abc.com.py

 

 

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