EN VIDA, HERMANO, EN VIDA
Por DELFINA ACOSTA
Estuve escuchando al genial humorista paraguayo Rafael Rojas Doria, durante una breve entrevista que se le hizo en un programa de televisión. Y contó, un poco en serio y un poco en broma, que a veces no le gusta del todo que le anden diciendo "maestro" pues necesita sentirse un compañero más de escena. Otra confesión que me llamó la atención es que ante los homenajes que se le hacen (hay que recordar que el humorista posee una larga y rica trayectoria sobre las tablas del escenario) reconoció que los mismos valen la pena.
Creo que habló con palabras acertadas, si bien no recojo en este espacio las expresiones textuales con las que respondía al periodista televisivo. Hay también, como el admirable Rafael Rojas Doria, seres humanos que hacen un recorrido notable sobre las tablas de la vida, sembrando humor y poniendo una cuota de camaradería en su entorno. Y no reciben el mimo, el reconocimiento de nadie. Injusticia de injusticias. Después, cuando estas personas a quienes no honramos ni siquiera mínimamente en vida, dejen de pertenecernos para pasar a otras esferas, las lloraremos grandemente. Y enviaremos coronas de flores de color discreto a la dirección donde sus cuerpos son velados.
Quien tenga un padre que se afana, sin romper los moldes de la buena conducta que debe mantener ante la sociedad, y trabaja, y da todo de sí, irguiéndose siempre como cabeza digna del hogar, debe ser homenajeado y honrado por sus hijos. Y también respetado. Y más todavía cuando ya no tiene los años de ayer...
Y quien tenga una madre, que se esforzó por dar una buena educación a sus descendientes e hizo bien los deberes porque amó, debería ser amada. Pero en vida, hermano, en vida.
A mí me produce un sentimiento de alegría ver cómo los hijos honran a sus padres.
Y me indigna la indiferencia de la sociedad ante aquellos héroes anónimos, que dando de sí lo mejor que pudieron dar para levantar el Paraguay, hoy son literalmente olvidados.
Recuerdo que en el Colegio Nacional de Villeta, donde estudié siendo niña, solíamos hacer actos recordatorios en homenaje a los excombatientes de la Guerra del Chaco. Había recitaciones cada 29 de septiembre. Por supuesto, siendo de una edad tan cándida, no podíamos comprender en su real y compleja dimensión que estábamos rindiendo honores a aquellos seres humanos que habían marchado al Chaco, al infierno verde, para pasar penurias, hambre y sed, y regresar no solo con secuelas físicas, sino además sicológicas. No alcanzábamos a medir la gravedad de su experiencia, de su retorno de un escenario de agonía, muerte y sobrevivencia. Pero los honrábamos.
En fin, la cosa es que se trata de dar un trato especial a aquellas gentes que necesitan recibir ya ciertas caricias, por así decirlo, de la existencia.
Y sobre este pensamiento hago y haré siempre hincapié pues me parece que los homenajes póstumos son casi una infamia.
No merece alguien que se ha esforzado, que acaso perdió la salud por una buena causa, el olvido y la ingratitud de los demás.
El castigo de la indiferencia suele caer injustamente sobre los últimos sobrevivientes de la contienda chaqueña.
Igualmente, quienes no honraron la vida, quienes no hicieron sino saquear a este pueblo hambreado a través de manipulaciones políticas, deben ser deshonrados en vida.
Fuente: ABC Color
Sección: OPINIÓN
www.abc.com.py
Lunes, 05 de Marzo de 2012
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