ENTRE OTRAS COSAS
Por DELFINA ACOSTA
Se sabe que la niñez es la etapa más feliz del ser humano. Mientras somos niños, vivimos bajo la protección de nuestros padres que cuidan de nosotros, están pendientes de nuestros pasos, nos orientan cuando consideran que deben ir trazando una dirección en nuestras existencias.
Conocedores nuestros padres de que el mundo es un lugar que tantas veces se torna peligroso para nuestra integridad física y sicológica, toman todas las precauciones para que no tropecemos, no vayamos a caer en manos de personas o circunstancias que pueden provocarnos daños irreparables; daños que después repercutirán en nuestra salud física y mental.
Qué hermosos y bellos tiempos los de la niñez, ciertamente. Jugar a las escondidas, dibujar mariposas o flores en un cuaderno para dar rienda suelta a la imaginación, andar libre de toda preocupación por donde quiera que uno vaya, saber que al regresar del colegio habrá una mesa puesta para el almuerzo familiar. Y luego, a la hora de ir a dormir el sueño nocturno, sentir que no solamente nos protege un techo, sino que ellos, los que nos trajeron al mundo, velan por nosotros.
Sigmund Freud, un genio como pocos hubo en la humanidad, ha investigado de modo muy especial el conocimiento de la importancia preeminente de la niñez. Porque también ocurre que hay muchos niños que sufrieron al llegar a la adultez pues sus conflictos interiores no fueron atendidos. Y hay y habrá aquí, y en distintas partes del mundo, chicos maltratados, lo cual es detestable desde todo punto de vista.
Cuando se llega a la adultez, las cosas cambian de modo radical.
Hay que trabajar, porque la ley de la vida así lo ordena.
Vienen ya las preocupaciones por añadidura. ¿Alcanzará realmente el sueldo para cubrir tantas necesidades? ¿Qué necesidades? Pues el pan de cada día, en primer lugar. Luego, los impuestos con los que uno no debe atrasarse, el pago de las facturas de la luz eléctrica y del gas, entre otras cosas.
Es entonces cuando a uno, a veces, le gustaría por lo menos soñar que retorna a la niñez. Que regrese de nuevo con la niñez la despreocupación absoluta, que de los problemas relacionados con la economía se hagan cargo los padres, que no tengamos más responsabilidad que hacer las tareas del colegio buscando buenas calificaciones.
Mas la realidad es fuerte. Y a veces nos golpea, porque somos solamente seres de carne y hueso, y muy vulnerables, desde luego.
Entonces, para no caer en un estado de estrés, que es el mal de estos tiempos que vivimos, supongo que hay que buscar la alegría de vivir como se pueda.
Cuánto placer produce en el ánimo conversar con alguna amiga, la confidente, la que sabe guardar los secretos, en torno a situaciones graciosas que provocan risas.
Es bueno saber, por otra parte, que la carcajada echa a andar aproximadamente 400 músculos, elimina las toxinas, facilita la digestión, oxigena los pulmones y hasta tiene efecto rejuvenecedor.
Según algunas informaciones, previene el infarto.
Cuando no hay carcajada, sino tristeza en el corazón, uno empieza a sentirse mal y no encuentra motivación o ganas para seguir hacia adelante.
A buscar la alegría.
A guardarla como uno de los mejores tesoros, pero también a compartirla.
Fuente: ABC Color
Sección: OPINIÓN
www.abc.com.py
Martes, 30 de Octubre de 2012
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