DELFINA ACOSTA

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Nacimiento:
24 de Diciembre de 1956

TODAS LAS VOCES, MUJER…, 1986 - Poemario de DELFINA ACOSTA

situación
TODAS LAS VOCES, MUJER…, 1986 - Poemario de DELFINA ACOSTA

TODAS LAS VOCES, MUJER..., 1986

Poemario de DELFINA ACOSTA

Edición digital: Alicante:

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Ediciones Taller, 1986.

a mi hijo

 

ÍNDICE del poemario TODAS LAS VOCES, MUJER... en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.

 

** Máscara de neurastenia / Evolución / Marginamiento / Estalactítico /Fiesta / Premeditación / Cianuro / Límite / Fichero / Agenda / Nueve horas / Hechizo / Argucias femeninas / Posdata / Rehabilitación / Las otras / Trilogía / Magia / Precaución / Gesto / Química del rechazo / Poeta de altillo / Ojos / Coraje / Tiempo / De mi mano / Muelle / Ceniza / Electra duda / Las cuatro lunas / Enredadera / Grito / Exactitud / Dogo / Momento / Fuga / Petición / Riesgos del arte / Salitre / Análisis del rayo / Conclusiones / Píldoras / Resoluta Marta Lynch / Nacimiento / Té.

 

MÁSCARA DE NEURASTENIA

Terrible oficio disponer de modo

correcto la tristeza que me quema.

Podría haber escrito que sostengo

gigante frustración con estos párpados,

y sin embargo digo que me aflige

el óxido febril de la acrotera,

que muerta de vergüenza pido sombra

en tanto desabrocho mis corpiños

y digo sin embargo que mi cuerpo

es lámpara incesante de deseo.

Podría haber escrito que esta airosa

premonición de muerte prematura,

es sólo neurastenia, pero insisto

cerrar los versos en su propia ley

e invento un mar y la debida pena.

 


 

 

EVOLUCIÓN

Curioso ser de traje claro oscuro:

levantas rascacielos y planeas

tender un puente desde cierto límite

de luces hasta alguno de penumbras;

ajustas entretanto la aritmética

de incomprensible yeso sobre mármol

que el mundo en una plaza va a aplaudir

a la señal unísona de flashes,

y apuras tus almuerzos enlatados

con píldoras de flúor y titanio

amando bajo agenda rigurosa.

(Tus hijos se postergan en el fresco.)

Ahora intentas evadir la saña

de la creciente selva de cemento,

huyendo los domingos al zoológico.

No olvides dar rosetas a los monos.

 


 

 

MARGINAMIENTO

En fin, me pasa por andar de pálida

y por mi mala educación de hablar

de sangre soterrada y trino obscuro

con gente tan decente y sonrosada.

(Si lo correcto exige ponderar

el máximo centígrado del día

y disponer la voz a más asombros

previstos en tertulias de mujeres)

Me pasa por llevar a donde vaya

un extravío antiguo de relojes

y por dejar caer del gesto mío

fosilizados dientes de jazmines.

Los hombres ya se cuidan de mi lengua.

-Que tiene el virus -corre la señal;

y es improbable expectorar con suerte

el cúmulo de líquenes del pecho.

 


 

 

ESTALACTÍTICO

Y cómo cuesta no ponerme triste

en esta tarde abierta al viento norte,

no replegar mis alas y sumirme

en las suaves olas de mi lecho.

Entonces, ya acostada, hacer memoria

de algún afortunado parpadeo,

mi calculada prohibición, mi airosa

tristeza alimentada con argento.

Y cómo cuesta no volver el rostro

en dirección al fresco de violetas,

y preguntarme en dónde he malogrado

los últimos temblores de mi sangre.

Hubiera sido justo que en la hora

exacta del hechizo, cuando terso

aún tenía el rostro que tú amabas,

me hubiera vuelto yeso en la intemperie.

 


 

 

FIESTA

De golpe una vigilia la aparta de mi lado

y un azul la devuelve con su luz recobrada.

¿De dónde vino?

¿Cuándo he dejado las puertas entreabiertas

que la tengo de pronto en mis faldas sentada?

¡Y es que se anticipa en cada fiesta ella!

Flameante, resuelta,

me anima desde el fondo del ropero, desnuda:

pruébate el celeste,

pruébate el rosado,

el de antriscos ardientes cruzándole las palmas,

y hay en su mirada, en su boca pequeña,

el acecho constante de un lagarto en las sombras.

¡Y es que se abandona a baratijas, ella!

¡Qué escándalo incesante de anillos y collares

cuando avanza vidente, en las sombras, su mano!

Pero luego me cerca,

pero luego se atreve a agitar mi abanico,

a fingir un revuelo, un pudor todo chispas,

si en mi escote entreabierto

caben tanto atavío,

tanta hiena aferrada.

¡Dios, el secreto reniego de vivir siempre juntas!

 


 

 

PREMEDITACIÓN

Supongo que fue inmensa

la tarde nuestra aquélla:

el pájaro lavándose con aire

y el rápido aleteo de azúcar a la brasa

que el viento se aferraba herido de fragancia.

Después, la mente abierta

y el grillo en el aljibe,

el sol en la pilastra y el gato sigiloso.

Ay, tarde de setiembre

abierta al viento norte,

y aquel lenguaje nuestro que en fiesta se volvía.

Ay, poses de pudor

ya en franca obscuridad,

aún me causa gracia

mi voz premeditada:

¡te digo que no mires!

 


 

 

CIANURO

Aquí, debajo de esta cruz descansa,

digo,

una niña que ¡oh rara bobería!

a la muerte tomó de sus cuernos helados

y embistiéndola abrió

su quijada terrible,

y quedose de añil,

luego azul, azulísima.

¿No imaginas, por cierto,

el espanto de abajo?

Tómame de la mano,

yo presiento de golpe

que este aroma vivaz que despiden sus dalias,

y a mi blusa de azache

firmemente se aprieta,

es el último logro de su cuerpo en remojo.

¿No imaginas, por fin,

la familia de vermes,

dándole de cosquillas a su pecho dormido?

¡Dios, no nos exime la pena de la náusea!

 

 

LÍMITE

Paisaje de temblor: no son higueras

ni cerros enfilados los que trazo

en el cristal en polvo del espejo.

Yo sueño con un mar que todo obrizo

marea tras marea, llega ardiendo

al límite entornado de los ojos,

y un ave de amarillo -no el canario-,

su vértigo de millas reposando

encima de curiosos obeliscos.

Yo sueño, puesto el mar, con una esquina

pintada en sus orillas y el feliz

tropiezo que nos junte en dicho vértice.

Amado, te imaginas cuánto ocaso

vendrá a curar su frío en nuestra sangre.

 
 

FICHERO

Tomarte de las manos, eso quiero,

a flor de argón y trino, y preguntarte

si pesa tanta novedad de hallarse

difunto bajo ficha de cristiano;

tomarte de las manos y enseñarte

el nuevo poderío de mis gafas

-¿no es muy difícil sustraerse al cerco

de mi sollozo en cuentas, que te duermes?-.

Amigo, date cuenta de una vez,

tan cerca estoy de ti, que tú podrías

llegar hasta mis labios y entregarme

un mar voluptuoso de detritus.

Ya nadie nos observa. Ya partieron

las aves últimas al sur, y haciendo

saludos con tu estola, se apodera

un soplo sexual del camposanto.

 


 

 

AGENDA

Comprar camisas rojas y corpiños,

mi agenda reza en fecha de diciembre,

y más y más proyectos; fumigar

el corazón, en suma, para enero.

¿Y en dónde está, por fin, la novedad?

¿Se han muerto los amantes? Ah... mi sexo

es una inmensa aldaba toda oídos

de un caserón cayéndose de solo.

Silencio de banquillos en la plaza,

tan sólo las palomas en arrullo,

y sin embargo cuánta multitud

de soledad urgiendo por mis ojos.

Sospecho que hay un Dios, y lo maldigo;

es bueno entrar en cólera: me animo;

no obstante, yerro el tiro de la piedra

y no se rompe el círculo de pájaros.

 


 

 

NUEVE HORAS

Violenta mascarilla que ya es tarde

y ordena estricto horario la función.

Repaso el verso: casi no he venido,

limpiar los camafeos lleva empeño.

Que no me tiemble el cuerpo, que mi voz

no vaya a denunciar ningún tumulto

de pájaros vidriosos en mi sangre,

trinando por hacerte alegre ronda.

Lo negaría, es cierto, yo no fui,

-¿autillos, dices?-, rara coincidencia,

y sin embargo sé que perdería,

si son mis ojos grandes de asustados.

Repaso el verso: casi no he venido,

y es claro una vez más que ya no vienes.

Paciente manecilla de reloj:

¿por qué has doblado el ángulo perfecto?

 
 

HECHIZO

En apariencia soy vacío aljibe,

empuja más adentro y hallarás

un circo nunca visto: trapecistas

haciendo nuevos números sin redes.

Es más; cerrada puerta en apariencia,

y sin embargo escucha cuánto viento

de mi coraje haciéndole discordia,

y cuánta olada abriendo mis sostenes.

Es cierto que nací de rara madre:

pequeño caracol de río en vainas,

¡y no sabría acomodarme en tierra

lo mismo que en el agua cuando muera!

Ahora bien, mi magia me consume,

al tiempo que la voy perdiendo en fuego,

entonces di, terrestre, la palabra,

y absorberá mi pecho luz rosada.

 


 

 

ARGUCIAS FEMENINAS

Aún me queda un número en los guantes:

un hijo de ojos grandes, plasma cálido

y ombligo medicado con yoduro

que pariré en un marco de anestesia.

Su llanto habrá de ser tu media vuelta

después de haber dispuesto que te vas,

que ya te fuiste, y por aquel gemido

darás de nuevo con mis senos firmes.

A donde vayas llevarás su olor

y la visión compleja de su feria:

canarios de aluminio y marionetas

ahogándose en bañera soleada.

Imprevisible giro de coraje.

Ranura de tableta violentada

en pos del comprimido veintiuno.

Un trago de agua sella mi carácter.

 
 

POSDATA

a mi madre


 

Y cuando esté dormida, ya lo sabes:

empieza a abrir al norte las ventanas,

conoces el terrible cosquilleo

que un díptero en los párpados supone.

Y vísteme de hermosa, blusa verde,

sostenes firmes, prendedor de luces,

y pinta mis mejillas de azabache,

que así me siente excepcional la muerte.

Miedosa apenas, bajaré a suburbios

del Bosco: no te atrevas a llamarme,

ni vayas a aguardarme en la intemperie.

Ya no podrás echarme el brazo al cuello.

¿Mi madre? Déjala exaltar subida

a palco improvisado, biografía

y sino de mis años. Ah... gloriosos

los muertos que anteceden a sus madres.

 


 

 

REHABILITACIÓN

Y si de tanto hacerme la promesa

de que mañana voy a mejorar

finalizara mejorando en serio,

y sin embargo me sobreviniera

que ya no pueda más batir mis alas

y deba resignarme a andar a pie,

cargando densas plumas e intentando

llevar compás con otros transeúntes,

o no consiga asimilar la azul

esencia mineral por mis raíces,

y el hambre se me vaya en consumir

rosquillas de embalaje azucarado;

y lo que es más, si sometiera el viento

de mi fogosa veleidad al hábito

de la fidelidad, y tú, buen hombre,

dejaras desde entonces de quererme.

 


 

 

LAS OTRAS

Y desear de pronto ser aquella

que en corro de mujeres sonrosadas,

alegre va tejiendo invernaderos

-al ruiseñor le sienta chic el rojo-,

o la mujer vestida de celeste

con aros como lunas encendidas

alardeando párpados fatales,

-sus ojos resplandecen candilejas-.

Gozando anticipada libertad,

votar por la silueta del recinto

de berros y legumbres que desplaza

un humus saludable en su pollera.

Después la antigua historia. Sopesar

la florecida bolsa de detritus

colgando de mi pecho a la intemperie

y amarme ciegamente, qué remedio.

 


 

 

TRILOGÍA

Anoche estuvo oyendo el jazminero

las cosas que al oído le decía

un hombre a una mujer; el hombre a veces

llevaba hasta la boca el aromático

terrón desencajado, y era todo

idéntico a otras noches de sereno:

el miedo y la insistencia en contrapeso,

y el gato recorriendo el cobertizo.

Yo ahora me pregunto, cuál del par,

cristiano o jazminero fue culpable;

acaso aquel primero por decir

que el fresco estaba a punto para amar;

o el otro, el de los gajos tortuosos,

prestándole razón con su fragancia.

 


 

 

MAGIA

Un hombre lleva una mujer al río,

los últimos remeros ya se fueron

y un pájaro amarillo el agua embiste

quebrando el sol en oro circular.

Y todo se repite, el intermedio

durante el cual detalla, el brazo en alto

las crónicas de ahogados mientras ella

arrima a sus oídos caracoles.

Descerrajado caracol, el pecho.

Se van perdiendo azules, se han perdido

en ese sueño de soñar que llegan

mecidos por el agua a la otra orilla.

Resuelto pez. Abrazo. Escalofríos.

El círculo de magia fue cerrado.

El hombre advierte que llegó el momento

de hacer mención al nubarrón de ozono.

 


 

 

PRECAUCIÓN

Esta costumbre mía de quejarme

de a poco

y a hurtadillas, en el patio,

quejarme así,

mirando el jugueteo de los tordos,

los tordos que han hallado

alegre balancín en una rama

quebrada de un ciruelo,

y vuelta a los gemidos al oír

sus quejas caprichosas,

sus rápidos embistes,

sabiendo que otra vez,

pues sí, que me han vencido,

si nadie se acomoda a mi costado,

no importa cuánta precaución

con agua de jabón tomó mi cuerpo.

 


 

GESTO

Me duermo.

Me estoy quedando ya dormida,

escucho en sueños que regresas,

que bajas las persianas

y que objetas

la dimensión del lecho y la cobija.

Qué bien has hecho en regresar -me digo-,

qué bien de veras, porque ¿sabes?,

yo sé aguardar dispuesta tu regreso

y sé cuidar dormida

y ovillada

tu sueño con mis brazos en cerrojo.

Vigilia inmensa que te vengo amando,

que vengo urdiendo el gesto necesario

capaz de seducirte finalmente:

¡acaso el repentino desenvaine

de un seno

sobre

el otro tras la luz

del faro proyectado en la pared!

Me duermo.

La luz de la mañana no me alcanza.

 

QUÍMICA DEL RECHAZO

El viento de la noche entró en mi pecho,

así que te diré: la sed me abrasa,

la sed del mundo de la cual no hay Dios,

ni amor, ni mortandad que me liberen.

Errando voy, me fui de puerta en puerta,

de noche, al mediodía, bien vestida,

y no, que no es aquí, responde siempre

guardada por pilastras una voz.

El culto a la humedad de las iglesias

y a las barrocas formas de las fuentes

-en Ganges las hallé de mármol rojo-,

no han hecho a veces más que corromperme.

Salada, estoy volviéndome salada,

aquello que yo amé mudó de sombra;

por tanto no es extraño que sospeches

del código imperfecto de mis manos.

Yo supe del terror de algunos hombres

que dándome palmadas se alejaban.

-Extraña lengua -a veces repetían

y se perdían tras polleras frescas.

 


 

 

POETA DE ALTILLO

a Mario Casartelli


 

Poeta de anteojos obscurísimos,

ceñido a la ventana del altillo,

sorprendes la caída circular

de una amarilla flor al pavimento.

Reúnes el azar en once sílabas,

y escribes en penumbras: una brasa

de aroma fresca vino hasta mi puerta

llenándome los ojos de virtud.

Acabas de inventar la poesía,

y luego añades: ¿qué piedad extrema

es esta que me lleva a sostenerla;

mejor, a acariciarla con mis manos?

No obstante es sólo el sobrio desenlace

de aquel vahído lo que te entretiene.

El aire está impregnado de accidente:

cayó la rosa tanto en tu memoria.

 


 

 

OJOS

Y me atreví a mirar el firmamento

en el principio exacto del ocaso

(no volvería a hacerlo, me contenta

el rápido recuerdo de un azul).

Y me atreví a mirar la llama súmmum

de un gajo de mangal sin culpa alguna,

y presumí que aquello no era todo,

y amé unos ojos e intenté vencerlos

haciéndolos caer en parpadeo,

la voz azucarada de rosquillas.

Y me atreví a seguir el vivo vuelo

de un par de mariposas domingueras,

-la luz del día hacía que sus trajes

lucieran casi blancos en el aire-.

Admito haber creído en lo que he visto.

No importa cuán obscuros son mis ojos.

 


 

 

CORAJE

De ahora en más

nos quedan sólo el aire y un hilo de secreta rebeldía

soplando en la razón, obscuro hermano,

así es que

racionemos nuestras fuerzas.

Yo voy primero,

luego tú me sigues,

yo voy robusta

porque en mí prendieron

raíces como dientes

y he sorbido

de un golpe todo el zumo de la tierra.

El viento de la noche nos reclama,

escucha

cómo sopla rebosante

de sauce

en sauce,

cómo está que silba

por la quijada abierta de la patria.

Había que llegar

al absoluto dolor

y golpearnos el coraje.

¡Y ya no somos pocos,

yo presiento

que el aire está impregnándose de filas!

 


 

 

TIEMPO

El hecho es que es domingo y es preciso

abrir de azul a azul los ventanales

a un sueño en el que todo es diferente:

tablones de quebracho bajo el cielo,

y en rededor, sentados el hachero,

el padre de diez hijos y otro al paso,

el pescador, el vendedor de santos,

el ambulante de correcto lustre,

el jornalero a fardo y a destajo,

el pobre pordiosero de la esquina,

el albañil sin casa, el inquilino

de cuatro postes que empeñó una lámpara,

en fin, cualquier criatura obscura y viva,

y haciendo sitio, vino en abundancia,

mandioca, buena carne y condimento,

lo que se dice un vasto refrigerio.

Yo sé que es tiempo de tomar el hambre

de los demás, y hacerlo fuerza propia.

Y es tiempo que el poeta cante al mundo

su sueño de cebolla redimida.

 
 

DE MI MANO

De mi mano derecha,

que golpea clavos y enciende estrellas,

de mi mano tardía, revoltosa

-puro germen del día en donde se conjugan saludos y pésames-,

de aquí salió volando hacia el oeste un lepidóptero rosado

sin más sed que una gota de rocío sobre el pasto.

Y vinieron los vecinos a mirarme a los ojos,

vinieron abogados, dentistas,

geómetras vinieron,

y todos hallaron razón para encender

una vela celeste en mi costado

y rezar algún misterio en dirección al viento.

También los indios del Chaco llegaron

ataviados con aros y densa cabellera,

y gravemente dignos, singulares,

giraron en burbujas de luceros

y se fueron al alba, fastidiados por un perro.

(Loor a los guerreros de la enhiesta raza guaraní)

Pero, ¿por qué en mi mano derecha

la incubación imprevista de aquella mariposa?

¿En qué glóbulo, célula o hematíe,

comenzó a circular con suavidad?

Inclemente, me dice la gente por las calles:

Buenos días. ¿Cómo está su mariposa?

Tardía, yo contesto:

Bien.

 


 

 

MUELLE

No pidas más que el rápido recuerdo

de un verso de Neruda (¿barcarola?)

o el eco de estribillos que los niños

entonan en su marcha al santuario,

no gires ya tu rostro a la derecha,

silbando a ras del sol se fue el remero,

quedó en su sitio, a cambio, un redoblado

silencio revestido de cocuyos.

Acepta el platerío irregular

del agua golpeando las canoas;

es más, apúrate en creer que has sido

afortunado por mirarlo todo

(canoa, ocaso y hombre configuran

la cima de un fugaz imperio de oro),

no sea que al abrir mejor los ojos

descubras que tan sólo te has dormido.

 


 

 

CENIZA

Y aseguras que allá

son las rosas extrañas

y que un ave de fuego desde un cerro de nitro,

tarde a tarde las cuida.

¡Niño raro, qué dices!

Como quien se ha quedado dormitando en el fresco,

levemente te escucho:

casi endulzas ¿lo sabes?

mi perfecta y lacrada

convicción de ceniza.

Si tan sólo sintiera cierto frío en los huesos,

si creyera que el alma se soleva a formol

y el presagio del polvo

fuera sólo un mal sueño:

¡cuánto arrullo escucharte!

 
 

ELECTRA DUDA

Acaso esa mujer -creo haberla visto siempre-,

que me mira al modo mío

desde aquel inmenso espejo,

que viste mi traje azul

y lleva este pañuelo

de color dándole vueltas

en olas a los hombros

-parecía más contenta hace un instante-,

no soy yo.

¿Es posible dudar de los espejos?

¿Qué de la catóptrica1 y sus leyes?

¿Qué de las imágenes sensatas?

Años que llevo mirándome en sus rostros,

dudando seriamente de su fidelidad.

Anteayer el busto de Ifigenia, hija de Agamenón,

rey de Micenas y de Argos,

esta mañana Juana, abanderada y resuelta,

Virginia Woolf a la tarde, aterida de mar,

amamantando crustáceos.

Ahora, ¿quién se atreverá a decirme

que esa mujer de enfrente

y sentada frente al espejo,

soy yo, setenta veces yo,

sin mirarse antes en él?

 


 

 

LAS CUATRO LUNAS

Mirarme en ellos todas las mañanas.

Hallar distintos rostros en sus placas

y un caracol de obscura gelatina

temblándome en el pecho al respirar.

Reconocer que la mujer de rojo

que ríe en la instantánea frescamente

(le sienta tan mundano el obelisco)

ya no se me parece como entonces.

Y no. No soy la misma de anteayer,

la mariposa azul de la neurosis,

el viento sur y el rastro de los hombres,

semblante de mi madre me pintaron.

Anchísimo camino de la sangre:

¡Qué lejos la ha llevado el hijo mío!

Menguante luna de mis rostros todos:

¡De veras van cambiando los espejos!

 
 

ENREDADERA

Te duermes, y la noche te depara

un sueño prodigioso: se hallan juntos.

No intentas convencerla de tu apremio,

ahora quien dispone todo es ella:

el ángel cara al raso, el hielo al agua

y el celofán cubriendo el velador,

-la obscuridad no es causa universal

de sus azules párpados cerrados-.

Te duermes, y el aroma de las uvas

arrasa tus cortinas entreabiertas,

haciéndose a la pausa de tu aliento,

-estás en fin, feliz, aunque invadido-.

La muerte puede ahora arrebatarte.

Irán los dos al frente: enredadera,

rosados de alegría y ataviados

de colchas confundidas, lecho a cuestas.

 
 

GRITO

Mujer: alforja de tesoro obrizo,

certero escote, dentadura fresca

de buena voluntad a medianoche,

y sobria estampa de aerosol al viento;

y sin embargo, obscuro corredor

por el que corren rápidos tus hijos,

arremetida leche que prospera

al ritmo circular de otro apetito,

a veces estridencias de falsete

que nadie entiende, o bronca disparada

en negación del cuerpo, y es así

que estallas en la costa del abismo.

Hermana, aprende que si aún te amo

es porque sé que todos te cegamos;

no obstante, aguardo tu correcto grito

al frente de tu sangre aprisionada.

 


 

 

EXACTITUD

Allí el torrente de la luz bañando

los líquenes

dispuestos en coraza,

la cornucopia

y el armario aquí,

también la estampa obscura de Gabriela,

y la mirada trágica y lluviosa

de quien se sabe puesta

sobre un risco

mohoso

de Alfonsina

en el retrato;

(el académico, castizo cuchicheo de las dos)

encima del penúltimo anaquel

la bailarina negra

eternizando

su vértigo,

mejor: su desamparo,

dispuesta de puntillas sobre un pie.

Las cinco de la tarde.

Fresco y blanco

de sacarina en gotas sube el verso.

Vapor de té. Salud. El trino exacto

de un pájaro equilibra el firmamento.

 
 

DOGO

Certero fue el disparo de la honda,

y el niño celebrando el escarmiento,

cruzó de nuevo a la vereda opuesta

a contemplar al perro malherido.

(Vendrían luego, el tiro de revólver

preciso en su piedad, librando a Dogo

de la ceguera súbita, y los pájaros

que huían alarmados de los cítricos.)

Aún parece que lo veo haciendo

vertiginosa guardia tras las rejas

de aquel jardín, en tanto raudos niños

pasábanse las blendas aromadas.

Cuidado, yo me digo, está impregnada

su muerte de peligro, todavía.

La bestia puede desde obscuro ángulo

tensar aullidos por sus rosas blancas.

 


 

 

MOMENTO

Aquella pálida mujer de gafas

que está sentada junto al hombre y mira

con precaución la lenta caravana

de hormigas que desplazan fibra dulce,

que está también pendiente del posible

ardor de las cigarras limoneras,

y el consiguiente apremio de la tarde,

con su penacho vivo de cocuyos;

aquella dama de ligera blusa

y sólido reloj, que el hombre a ratos

observa sin saber a fin de cuentas,

si no sería bueno despedirse,

advierte que al hablar el caro hechizo

de tanto atardecer se va perdiendo

No importa cuán honesta suene entonces

la frase que de amor se torna ronca.

 
 

FUGA

Ya sube al muro raudamente el gato,

lo sorprendió en el techo nuestro susto

ardiendo por la luz de sus candelas.

(Muy tarde vino el faro de neón.)

Ya trepa largas gradas de azulejos

arremetiendo viento de follaje,

ropaje transparente y pañoletas

que sudan sobre el cerco lavandina.

Con qué cuidado anduvo entre las sombras

en tanto que jugábamos a ciegos:

oladas proveyendo de salitre

el uno al otro sobre las baldosas.

La noche nos redime con el sueño

y nuestra falta ahora es su pudor.

Mordiendo brasa el gato rasga el cielo.

¡Coraje de tejado, yo diría!

 


 

 

PETICIÓN

Entonces yo le hablaba quedamente

y puestos en sus ojos mis pupilas.

Exaltación de anillos y rosarios,

la rústica escarcela me entregaba,

y no faltó ese trino todo quiebro

que al santiguarme honró a mi ventanal.

Silencio de crisálida en la casa.

Conversación extraña. Entrega pura.

Aquello parecía tan dispuesto

a oírme cuantas veces lo quisiera;

el rostro herido de piedad extrema

que en franca palidez se reanimaba;

y sin embargo, vuelta toda puños

llevaba ya de hablarle largamente

aventurando petición, y el Cristo

de su bondad de mármol no volvía.

 


 

 

RIESGOS DEL ARTE

a Moncho Azuaga


 

Dar todas las mañanas el alpiste

a los obscuros pájaros,

y luego,

el rito concluido,

suponer que soy un ave más del pabellón,

y en fin, no es cosa fácil sujetarme

al brevísimo tallo del ciruelo,

ni es cosa fácil

desgranar un trino

que pese lo que el aire en melodía,

¿a quién no le incomoda la capciosa

observación de un niño todo gafas?

Difíciles auroras las del ave.

Honesto circo

y exigente público.

¡Un tiro de honda es lo que cuesta a veces

magnífica acrobacia

y canto puro!

 


 

 

SALITRE

Me cuentan de unas olas que levantan

embarcaciones frágiles,

y ciertas

lianas vegetales aferradas

a rocas deslumbrantes

de oseína.

Pregunto qué universo singular

es ese que no he visto

y qué poderes

encierran sus murallas

si entrecierro

mis ojos

cuando escucho datos suyos.

Me cuentan de unas aves bulliciosas

que hiriéndose las unas a las otras,

se roban los cangrejos malheridos

-los largavistas ya no las alarman-.

Me cuentan,

pero acaso he visitado

en sueños esos sitios, y no he vuelto:

me fui añadiendo al borde del paisaje,

volviéndome de sal,

ducado y junco.

FEBRERO. VEINTICINCO. MAR DEL PLATA,

expresa en letra imprenta la postal,

y entonces todo un mundo de salitre

asoma por mis ojos vivamente.

 
 

ANÁLISIS DEL RAYO

¿A quién le importa ya tu verde rayo

que lanzas sobre un páramo ofendido?

Tampoco tiene caso que tu oruga

se siga desvistiendo: nadie aplaude.

La vida pasa como un muro, Dios,

y el hombre no lo alcanza y se fatiga.

No hay modo de entender por qué la luz

y de improviso el corredor a obscuras.

Es cierto, nos ha sido concedida

la gracia de observar el firmamento,

y en él alguna estrella fortuita

el tiempo que duró una petición.

Aquello ha sido todo. Luego sólo

la lucidez hurgando en el metano,

previendo en los llamados a morir

un porvenir universal de mosca.

 


 

 

CONCLUSIONES

Poner el mundo en orden a la siesta

con píldoras rosadas y celestes,

después hacer acopio de razón

y concluir que todo está encendido.

Buscar aplomo respirando a ratos

el agua de jazmín de mis axilas.

Prever que no hay amor que me perdure,

no obstante permitirme un sentimiento

legal de frustración si un caballero

se escurre de mi magia a la mañana.

Obrar en manifiesta oposición

a todo cuanto afirme o contradiga.

Tejer y destejer la misma fiebre.

Reconocer mirando el grave salto

de un pétalo de lirio al pavimento

que el cielo, por de pronto, está invertido.

 
 

PÍLDORAS

Verás, mis precauciones son severas:

ración de hormonas cada anochecer.

Me ocurre tantas veces sin embargo,

que el viejo susto toca mis entrañas.

Aquel varón me perjudica, pero,

¿no son sus blancos dientes impecables,

no luce grácil arrojando al río

la vara con la cual adiestra al perro?

Me quiere ver alegre: yo sonrío,

y digo hidrografía, luz y piedras

(por cierto no me entiende), y es entonces

que en paz estamos como amantes verdes.

Verás, mis precauciones son severas:

a cambio me abandono alegremente

a dulce muerte de una sola noche

¡migraña atroz por suerte al otro día!

 
 

RESOLUTA MARTA LYNCH

¿Qué te traes luciérnaga?

¿Qué te traes que embistes

mis espejos, sin pausa?

No es de ti ciertamente esta torpe acrobacia,

yo te sé destinada para un rumbo más hábil

sobre un verde espacioso en la margen del río;

mas,

si acaso decides

dando giros mortales

perecer ante tanta resistencia dorada,

mira qué desconcierto:

¡Una luz virtuosa anhelando la sombra!

 


 

 

NACIMIENTO

Sin advertirme que hay un franco límite

ciñendo la extensión del albedrío,

y que es la muerte, el reino mineral,

a ráfagas de cloro me trajeron.

Sin advertirme que debí crecer

-entonces era cofia sonrosada-,

en rápida obediencia a los mayores,

asimilando faltas y torpezas,

y que debí sacar algún provecho

de mi temor a Dios, balanceando

de mi cerviz un breve crucifijo

bañado en delicado platerío.

Sin advertirme del sopor que implica

besarse el uno al otro en las mejillas,

y confirmar que todo es academia

a punto de estallar en el adiós.

Sin advertirme que nacer mujer

es irrumpir de bruces en la vida,

a obscuras y en el límite del sueño

obraron dos amantes por mi suerte.

 


 

 

Quién diría que estoy descontentísima

con las cosas, los hombres, el neutrón

(también las religiones),

vestida toda así, de azul discreto,

sorbiendo suavemente,

con pausas y maneras,

tibio té.

Pero alerta,

que puedo rebelarme,

que puedo levantar mi fino dedo

contra todos ustedes y el resto de la gente,

y embriagada de histeria

arrebatarles

las doradas pelucas de las frentes obscuras.

Alerta: estoy cansada.

Ya he vivido diez décadas.

No merezco este rostro de mujer aún lozana;

ya he mirado el revés

de las criptas salvajes,

y he probado que han sido

estafados los muertos,

y es estafa el respeto,

y es estafa la luz que engalana la vida

con sus siete colores:

nadie ha visto las rosas.

 
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