DELFINA ACOSTA

Foto de DELFINA ACOSTA
Nacimiento:
Asunción, Paraguay
24 de Diciembre de 1956

QUE NO TE PASE A TI (Cuento de DELFINA ACOSTA)

situación
QUE NO TE PASE A TI (Cuento de DELFINA ACOSTA)

QUE NO TE PASE A TI

Cuento de DELFINA ACOSTA


 
QUE NO TE PASE A TI

Era caída la tarde. Supe que Mario llegaba porque el portón rechinó.
 
El perro de la casa lo recibió festivamente.
 
Yo le dije el mimo al que lo tenía acostumbrado, cuando abrí la puerta: “Pero si vas a resfriarte con el fresco de la calle, cariño.
 
Pasa pronto, pronto, y tomaremos un té de chamomilla ”. Los hombres son niños. Y somos las mujeres quienes los transformamos en señores.
 
Ellos se convierten en gente mayor sólo cuando se enamoran y deben aguardar bajo la farola de la cuadra, golpeados por los saltarines insectos de luz, que el reloj de la iglesia dé las ocho, para encarar la noche de luna llena. Es entonces cuando el alma de los murciélagos se apodera de los hombres, y comienzan a merodear - sigilosamente - alrededor de tu casa; finalmente su amor se convierte en aquel golpeteo incesante de la rama del boj contra los vidrios neblinosos de tu ventana. Si lo sabré yo, que una noche de estío me pasé sin dormir pues el árbol de los agrios extendía sus ramas espinosas, sus alambres con flores, hasta mi ventanal; un sacudón nervioso, como si recibiera un pinchazo en la vena yugular, me llevó a gritar: “¡Vete Rodrigo de mi habitación!”.
 
Mario entró. Olía a perfume que uno se aplica detrás de los lóbulos para ir a una cita. Una cena, tal vez. Ah... la espada de la fragancia que corta el aire...
 
Me dijo que estaba bella.
 
- Tienes un brillo especial en las pupilas. ¿Entonces has leído “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”? - preguntó. Y yo le dije que todavía no, y él me contestó que era común la injusta vacilación de los lectores ante aquellos hermosos versos de astros azules, de viento, de olvido y de amor de Pablo Neruda.
 
 
- Mañana, sí. Mañana... - le susurré.
 
 
Debo contar que me amaba. Lo adoraba.
 
Mientras tomaba su té, cantaba por lo bajo una canción de Edith Piaf.
 
Vestida a lo Greta Garbo yo me observaba en el espejo con marco de plata de la pared y esperaba que el espejo me mirara fijamente para empezar a delinear un grabado artístico sobre mis grandes párpados.Después de tomar su té, Mario se sentó al piano.
 
 
Insistía en el opus 67 de Ludwig van Beethoven en vano.
 
No conseguía liberar el espíritu del genial compositor perseguido, quizás, por los ratones de aquella vieja caja de cuerdas y macillos forrados con fieltro.
 
 
Un último sol de oro, el sol crepuscular, intentaba levantar el ánimo de la tarde, posándose sobre las rosas amarillas de los canteros de mi jardín; el aliento rojizo del astro se entremezclaba con el chorro de agua que salía de las fauces de un hierático león por cuyas melenas trajinaban lagartijas amarillas. Y verdosas.
 
De golpe, el sol se desplomó.
 
Había oscurecido.
 
Mario bajó la tapa del piano. Pero ya no era él.
 
Había muerto. A lo lejos se escuchaba el triste piar de un pájaro gris con capucha negra.
 
 
No recuerdo qué ocurrió luego, sólo sé que semanas después, cuando el viento soplaba con fuerza en las calles y hacía rechinar el portón, yo me encontraba contando las gotas medicinales preparadas por el doctor Vázquez, que revolvía en mi té de tilo, y en mi otro té, una infusión de flor de azahar, milagrosos, al decir de las lenguas, para los nervios destrozados.
 
 
El perro se me volvió tristón. No movía la cola como antes, cuando le decía que se veía fortachón, y le pasaba - suavemente - mis manos por su pelaje gris.
 
Nos mirábamos, y cómo nos comprendíamos.
 
Era esa melancolía, de cuando se trata inútilmente de matar moscas sobre la mesa, la que consumía mis huesos.
 
 
Un día Mario vino a casa.
 
Caí semi-desvanecida sobre la alfombra.
 
- ¿Pero cómo has hecho? - le pregunté.
 
 
- Ah..., creí que tú lo sabías mejor que yo. Me has invocado, Margarita. No has hecho más que llorar y dejar la marca de tu boca pintada en el espejo de la sala, que era tu manera de besarme y manchar mi camisa. No pude resistir...
 
Suspiré. Las aves de los árboles se entremezclaban bulliciosamente.
 
 
- Se quedaron con la propiedad de San Telmo mis hermanos María y Alberto, de modo que tendré que vivir aquí, por un tiempo. Dormiré en el sofá. Y ahora haré un café especial, bien batido, para los dos - comentó animado.
 
Me sentí asombrada al escucharlo resolver con tanta simplicidad su muerte y su permanencia en mi casa.
 
Cada noche, cuando me levantaba para asegurarme de que las barretas cilíndricas de hierro estaban bien corridas, lo encontraba escribiendo con entusiasmo.
 
¿Qué podría escribir un hombre muerto?
 
 
Me figuraba que tendría poco apetito. Sin embargo todas las mañanas se servía un tazón de leche de cabra acompañado con rosquillas untadas con dulce de higos. Como a las nueve y media tomaba dos o tres tazas de café.
 
Almorzaba en una pieza, que funcionaba como ático. Un almuerzo importante, imperial, que superaba las condiciones de mi sucia y estropeada libreta de almacén: tortillas de arroz con una guarnición de ensalada griega, y encima un café espeso y caliente.
 
Al principio no me incomodó que dejara los cubiertos sucios en el lavadero, y que la leche hervida se añadiera como costra a la mesa de la cocina.
 
Pero luego me fastidiaron, me fueron saturando, tantas cáscaras de huevos, tanta sal esparcida sobre la mesa, como si fuera a propósito, tantas semillas de cítricos arrojadas fuera del basurero, que atraían a las cucarachas, las cuales, una vez reventadas por mis zapatillazos, atraían a su vez a las hormigas.
 
Me hallaba disgustada.
 
Muchas, tantas cosas no funcionaban bien en nuestra relación.
 
Además había empezado a beber y me trataba con violencia cuando el whisky se le subía a la cabeza.
 
Mario era el menos interesado en encarar con juicio y sentido común los permanentes requerimientos que le hacía.
 
- Pero es que ya no puedo. ¿Me entiendes? Me he cansado de lavar los platos sucios. ¡Estoy hasta las narices! - le grité mientras bajaba una tarde de fina llovizna sobre los bulbos de los crisantemos del patio.
 
El viernes 23, a la noche, al levantarme para asegurarme de que los cerrojos estuviesen corridos, no lo encontré.
 
Desapareció.
 
Se hizo humo.
 
Ya no está más.
 
Quisiera sentirme en paz, considerar la idea de enamorarme nuevamente y de comprar helados de higos y de frutillas para tomarlos mientras miro la tele.
 
Pero los hombres, cuando ya no los quieres, siempre vuelven.



Imagen: Óleo, Pablo Picasso,

Registro: Julio 2010.


 
 

OBRAS DEL POEMARIO: QUERIDO MÍO

Por DELFINA ACOSTA

Editorial Servilibro, Asunción 2004




PERO TAN CONTENTA


Si ya te ha amado alguna, y luego otra

a quien llevaste con su hermana a fiestas,

y aquella a cuyo rostro te arrimaste

del lado en que asomó la luna llena,

¿por qué me distrajiste si me hallaba

cuando muy sola anduve tan contenta?

Era una triste, azul mirada fija.

Un beso me quitaste y me entró pena.

Que ya no quiero amarte bienamado

porque mejor amante es el poema:

rondando como un lobo, si la luna

florece entre las ramas, me despierta.

Que ya no quiero amarte bienamado

porque mejor amante es el poema.

Los versos tras las aves alzan vuelo.

Mi alma incendiada en el papel gotea.



DESOLADA


A Gabriela Mistral


Antes de echar mi cuerpo al ebrio río,

muy ebria ya, entré por las abiertas

puertas del templo; oí a una rata huir.

El atrio era una vieja madriguera.

Y le dije a mi Dios, en cualquier parte,

que pecar, no pequé, y ni siquiera...

Un relámpago atroz iluminó

las pocas velas y tronó la iglesia.

No supe qué decir, mas las palabras

fluían de mis lágrimas, sinceras.

Los santos parecían escucharme

con esa educación de gente vieja.

Y por si ahí estaba, a Dios le dije,

que amar, amé. Mis huesos di a las fieras.

Jesucristo en la cruz olía a herrumbre.

El río me aguardaba entre las piedras.



PORQUE SIENDO VERANO


Será tal vez el alma lo que duele

porque siendo verano paso frío.

Como una gota se cayó y rodó

mi alma en la escalera de un altillo.

Ayer estaba alegre y contagiosa.

Hoy mi ojo triste en el espejo espío.

Por la salud de todas tus amantes

hago sonar mi copa contra el piso.

¡Noches de amor y ni una medianoche!

Las penas se me van con los vestidos,

mi maldición en balde y el veneno

que bebo de mi cáliz los domingos.

¡ Rodó la gota por las escaleras !

No se me pasa el alma con suspiros.

La pena es ese pájaro que trina

sobre una rama y canta, a Dios, divino.



UNIGÉNITA DEL SUR


Tal vez es culpa mía que haga frío,

que rija ya el otoño, y que las hojas

se borren de las ramas como pájaros,

o se largue a llover a cualquier hora.

O es sólo culpa nuestra. Por querernos

un fuerte viento por las calles sopla.

¿Cuál mariposa recibió una piedra

y mana sangre limpia de paloma?

Un trébol por un beso, y un poema

para quedarse triste en tu memoria.

Me diste lo mejor de tu tristeza

y te clavé en el pecho una amapola.

Los pasos de la lluvia suenan lentos.

Acaso quien camina es tu persona.

Soy hojarasca que otro paso esparce.

A mi favor tan sólo el viento sopla.



VUELVO PRONTO


Tras un hombre que amé en la primavera

se marchó mi vestido, enamorado.

Él me abrazó diciendo "vuelvo pronto".

La flor que me dejó arrugó mis manos.

Mi chal de Cachemira se llevó

quien me acostó a la sombra del verano,

y mudó a sus mejillas mi color,

y la sal de sus besos a mis labios.

Mi abrigo beige que calentó un otoño

me lo quitó, sobre el sofá, jugando,

el hombre de otra, que me dijo hallar

de soledades llenas nuestras manos.

Que todo se llevaron. Fue muy fácil

bajar el cierre de mis dos leopardos,

arrugar mis vestidos, deshojar...

A veces me sangraban los costados.



YO, OTELO


Te celo de las niñas imposibles,

rostros de brasa y lágrimas de nieve.

Me encuentras a tu madre parecida,

y de razón mudable cuando llueve.

Te quiero y tú me quieres, mas no basta,

ni esta promesa de quererse siempre.

Mi amor lleva mi letra simple y triste.

El tuyo es una carta que se enciende.

A veces miras sin notar el cielo

y dices, por ejemplo, que me quieres.

Yo juego a que estoy muerta y me distraigo

mirando cómo el pasto se oscurece.

Y por amarme y por besarme tanto,

y por morderte y luego por lamerte,

cayó el adiós, cayó después la lluvia,

en esta última tarde de diciembre.



BODA PATÉTICA


Que no sea en otoño, ni en verano.

Yo querría que fuese en primavera;

dará setiembre entonces sus primicias

y los jazmines abrirán las rejas.

Caerán besos de adiós en mis mejillas.

Mis ojos como lágrimas abiertas

se cerrarán en boca de mi amado.

¡ Que no será velorio, sino fiesta !

Un tocador con mar confeccionado

hará rodar sobre mi sien realeza.

En la brumosa esquina del salón,

cualquier pedido tocará la orquesta.

Y sonarán las notas de Gardel.

Se oirá este coro: "El día que me quieras..."

Me iré a casar. Empezará a llover

y los jazmines cerrarán las rejas.



COSECHA


Descalza peregrino debajo de la lluvia.

Lloro por dentro

un agua de oro.

Cuéntame, bienamado.

¿Dónde tu reino, tus lacayos,

tu ángel de la guarda, y tu bufón?

Mas, ¿dónde tu victoria,

tu cicatriz profunda,

tu esclava, tu corona,

y tu cabeza amada?

Mi corazón en llamas

es la señal callada de que aún vivo.



PIEDRA EN LLAMAS


¿Y si me amaras?

También si me dijeras

palabras que no hablan

en esta tarde que se va deprisa

por una puerta abierta hacia otro día.

¿Si me quisieras?

O si me permitieras ver tus ojos,

más, mucho más de su color de agua,

para encontrar en ellos lo que busco:

mi corazón,

mi propio corazón perdido.

Yo me imagino, a veces, convertida

sobre tu pecho en medallón de plata.

Yo me contemplo,

página ya escrita,

quemándome en tu cuerpo lentamente,

para brotar después,

para rehacerme

en lágrimas de un rostro maquillado.

Si me dijeras,

mejor, si no dijeras,

y yo supiera igual que tú también...



LOS MODOS DE MARCHARSE


Hay modos de marcharse de la vida:

poco a poco

se van de tu memoria

los versos más hermosos de Rimbaud.

Te ocurren dos fatalidades juntas:

se te muere la rosa

que al mirarla quisiste

con suspenso de niño,

con el amor de Dios,

y se entierran, también, en el jardín,

las hojas amarillas de tu alma.

Para llenar las horas de la tarde

vas y vienes del tiempo

en que quedó el recuerdo

de aquella boca tibia ayer besada.

Hay modos de marcharse

de la vida:

poco a poco

se van de tu memoria

los versos más hermosos de Rimbaud.



LA NODRIZA


Me quieres por ser triste y por mayor.

Me quieres pues no tienes aún edad

para llevar a una mujer a misa.

Te permito morder, lamer, sanar.

Tú bebes de los ríos de mis senos

el agua de las rocas frente al mar.

Me pides que te muerda, y al besarte,

te pinte mi boquita de labial.

Te dejo susurrarme en el oído

lo que otro día a otra le dirás:

"¡ Ay, triste mía, mía, sólo mía !"

El amor como el vino habla demás.

Ninguno como tú, entre todos dios.

Te enseño a ser varón y te me das.

Aprende niño hermoso que el amor

lleva en su tibia sangre la maldad.



ANTES DEL OLVIDO


Acaso es tarde.

No importa ya

que con favor del diablo

coloque mis jazmines en la acera,

mi zapato de tierra

en la ventana,

y me quede

en cuclillas,

aguardando,

que alguien golpee de una vez mi puerta.

No importa ya

que con las gotas

de un día que en la fiesta fue lluvioso,

yo moje mis cabellos y mejillas,

y me quede sentada,

parpadeando,

sobre el sillón de mimbre, en la penumbra.

Acaso es tarde.

Acaso el tiempo

me llegó de golpe

por andarme de madre,

por andarme de hija,

y este fuego nocturno

que sube por mis huesos,

este aullido feroz

que levanta mi sangre,

ya no son señales

para llamar a nadie.


Fuente:

http://www.portaldepoesia.com




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