VENDO BANCAS EN EL CONGRESO
Por ILDE SILVERO
ilde@abc.com.py
El polémico político colorado Blas N. Riquelme, ya fallecido, solía jactarse de que en nuestro país se recurre normalmente a las trampas en las elecciones y se compran las bancas en el Congreso. Como empresario y hombre de muchos recursos económicos, él no tenía problemas en admitir que pagaba bastante para poder ser parlamentario. Ahora, el senador liberal Carlos Amarilla afirma que ocupar una banca en la Cámara Alta cuesta entre 300.000 y 500.000 dólares. ¿Hay algún representante de los pobres en el Poder Legislativo?
El parlamentario Amarilla explicó que situarse en los primeros lugares en las listas de candidatos a senadores en el Partido Liberal Radical Auténtico cuesta muchísima plata y que por eso él ahora no pugnará en las internas de su nucleación política sino que buscará aliarse con otros movimientos que actualmente no tienen representación en el Congreso.
¿Por qué se necesita tanta plata para llegar al Senado? Los gastos se dividen en dos partes: en las elecciones internas y en las generales. Cuando se están disputando los primeros lugares dentro de cada partido como precandidatos, hay que poner mucho dinero en publicidad, transporte, reuniones proselitistas y, el día de las votaciones, el efectivo se desliza a través de los “punteros”, es decir, personas que se encargan de ir a recoger de sus casas a los votantes en cada zona de sufragio.
Si el postulante logra ubicarse en lugares que, teóricamente, podrían hacer realidad el objetivo de convertirse en senador o diputado, se repiten los gastos de publicidad, transporte, mitines, pago a punteros y un “incentivo” (generalmente, 100.000 guaraníes) a los electores para ir a votar.
Si un político “invierte” 400.000 dólares para lograr una banca en el Congreso, ¿de qué forma logra recuperar la plata gastada? Son unos 2.200 millones de guaraníes que deben retornar al bolsillo del parlamentario a través de los sueldos, viáticos, gastos de representación, vales de combustibles y salarios para secretarias VIP, choferes, niñeras, peones de estancia, etc.
Es posible que esa “inversión” no sea un buen negocio, desde el punto de vista estrictamente financiero. Esa plata en realidad nunca se recupera del todo. Entonces, hay algo más detrás de todo esto que no se dice. Existe un financiamiento de determinadas carreras políticas con fondos que provienen de actividades ilícitas como el narcotráfico, el contrabando, los juegos clandestinos de azar, etc. Nuestros dirigentes públicos conocen esta situación y por eso hasta ahora jamás se pudo aprobar un proyecto de ley que posibilite el control y la transparencia de la financiación de las campañas políticas.
Los expertos ya hablan de la “narcopolítica”, es decir, la utilización del dinero de los traficantes de drogas para patrocinar a ciertos políticos que después deben devolver el favor recibido protegiendo a los narcos.
En el Congreso, tienen que estar los que hablan en nombre del pueblo, no en representación de los traficantes de estupefacientes. Ser congresista debería ser un honor para los ciudadanos decentes, no un puesto alquilado por delincuentes.
Fuente: ABC Color
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Sección OPINIÓN
Domingo, 14 de Mayo de 2017
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