YO NO MATÉ AL OBISPO y
PARÁFRASIS DE LA FUNDACIÓN MÍTICA DE BUENOS AIRES DE BORGES
Cuentos de CATALO BOGADO BORDÓN
CATALO BOGADO BORDÓN (Villarrica, 1955)
Narrador, poeta, periodista, músico y pintor. Corresponsal en Nueva York de las revistas Estudios y Discurso Literario, y de los diarios Hoy y ABC Color de Asunción en la década del ochenta, desde 1989 Catalo Bogado Bordón fue columnista invitado del Diario La Prensa de Nueva York, donde vivió entre 1981 y 1995, cuando volvió a su país y donde reside actualmente. Prolífico escritor, miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP) y del PEN CLUB del Paraguay, su obra poética incluye: Los hombres del sur (1987), Iluminada orilla (1989), Antes del amanecer (1998) y Cristo ya no vive aquí (2003). Su producción narrativa cuenta con los siguientes títulos publicados: Días de verano (1989; cuentos), El amor de la memoria (1993; cuentos), Por amor y otros cuentos (1994), La noche de los francotiradores (2000; cuentos), Memoria de la soledad (2001; novela breve) y El fantasma de Ykua Bolaños (2006; novela). También es autor de varias biografías, entre ellas sobre el Coronel José Félix Bogado, Manuel Ortiz Guerrero, Natalicio Talavera, José Asunción Flores y otros. Desde su regreso a Paraguay (1995), se ha dedicado a la investigación y publicación de materiales de interés cultural, lo que le ha ganado tres importantes distinciones: en julio del 2001, la Municipalidad de Asunción le otorgó la Medalla de Honor al Mérito Ciudadano por su aporte a la cultura ciudadana; en abril del 2003, la Municipalidad de la ciudad de Villa Rica del Espíritu Santo lo declaró Hijo Dilecto de la Ciudad; y en octubre del 2004, los organizadores del Festival de la Raza (Villarrica) le entregaron un Certificado de Gratitud y Reconocimiento por su aporte a la cultura nacional. De más reciente aparición son: El piloto del ambiente (2008), Instugencias del recuerdo (cuentos; 2008) y El impertinente (novela histórica; 2009).
YO NO MATÉ AL OBISPO
(RELATO DE UN JOVEN EN LA CÁRCEL DE MENORES)
Así es señor. Nadie puede asegurar que yo maté al Obispo. Al momento de dispararle a Ángel, que estaba sobre el cercado de la casa parroquial, no vi ni siquiera una sombra parecida al representante de Dios ... De eso estoy seguro, señor.
Que quise matar a mi querido Angel si confieso,pero lo logré; eso tambien puedo asegurar, pues esa noche, al despertar de un sueño fantasmagórico que tuve, mientras me secaba el sudar Frío que corría por mi espina dorsal, percibí cómo ese monstruo negro se deslizaba junio a mí en el interior de la cama. En la oscuridad, tanteando temerosamente con la mano, sentí su pelo suave y frío e inmediatamente escuché un suave ronroneo. El ronroneo típico de Ángel después de un hecho siniestro.
Ángel..., ese mismo día de la muerte del Obispo, Ángel se la había llevado al infierno a mi profesora, a la querida señorita Alba. ¡Ah ... !, qué hermosa era la señorita Alba. Nunca imaginé que su imagen perviviría tanto tiempo en mi memoria. Pero los amos han demostrado que sí. Ahora mismo, en esta sucia y maloliente celda, con sólo cerrar los ojos puedo ver sus piernas, su desesperada cabellera, oler su perfume, sentir estrellarme con su profunda mirada y escuchar su voz diáfana vistiendo de poesías los conocimientos. Sí..., aquél día había un hermoso sol. Sin embargo, de repente unas nubes de cuero crudo se colgaron opresivamente sobre el pueblo y un álgido viento se arrastró como un pesado lagarto por entre los riscos del cerro Ybytyruzú, donde estábamos los alumnos del cuarto y quinto grado con la profesora Alba y su colega, el profesor Vicente.
Todos estábamos absortos en las explicaciones que nos daba el profesor Vicente sobre la metamorfosis de las crisálidas, cuando de repente escuchamos un grito de espanto proveniente de la orilla del precipicio, cerca de la cima. Con toda la fuerza que nos permitía la edad y el susto, comimos hacia la cumbre del cerro. No sé cómo, yo llegué primero que nadie; es decir..., cuando los demás llegaron ya me encontraron allí llorando, mirando cómo a la señorita Alba se le iban aflojando los dedos que la sostenían a la piedra saliente. Luego llegó el profesor Vicente y vi que pateó un bulto negro que aterrorizaba a la señorita Alba, pero antes de conseguir llegar a ella, extendiendo la mano, se le fue hacia el abismo, aferrada a su propio grito de terror.
El zumbido de su guardapolvo blanco al batirse contra el viento, la gravedad de la atmósfera y, luego, el ruido sordo que hizo su cuerpo al tocar contralas piedras del pequeíio arroyo, nos helaron la sangre a todos. Por unos minutos quedamos todos en silencio, paralizados por el trágico acontecimiento.
Inmediatamente, los cuarenta alumnos de la señorita Alba corrimos cuesta abajo sin importarnos que los espinos arrancaran a jirones nuestros pantalones y vestidos de domingo. Lo que encontramos en la vera del arroyo fue algo horripilante.
Pese a la rapidez con que llegamos, allí ya estaban las hormigas formando grupos de cooperativas para llevarse las dispersas margaritas de la dentadura y, avariciosas moscas y abejas ya se estaban disputando la masa encefálica y otras esparcidas e irreconocibles materias de lo que fuera el cuerpo de nuestra querida profesora.
Entre horror y llanto, con improvisadas escobas procuramos juntar los pedazos dispersos por los barrancos hasta que yo, incapaz de seguir soportando un momento más el olor a sangre fresca y la mirada acusadora del profesor Vicente, decidí marcharme solo a casa.
Cuando ya me iba alejando unos metros del grupo de alumnos, el profesor y un compañero de clase llamado Miguel Bordón me tomaron del brazo y me preguntaron por qué lo hice. Les dije sinceramente que no sabía de lo que me estaban hablando.
Cuando llegué a casa, tras vagar un rato por las calles del pueblo, al traspasar el pequeño portón que precede al jardín sin flores, vi que allí estaba él, ufano e indolente, mirándome desde la umbrosa rama de la ovenia.
¡Maldito Ángel!
Desde que lo vi caminar sobre el cuerpo de mi hermana, la noche que un rayo la electrocutó junto a una de sus compañeras, llegué a la absoluta convicción de que él era el culpable de la muerte de mis padres en aquel absurdo accidente casero y del improbable accidente que acabó con la vida de la señorita Alba. Ángel, mi gato negro, había acabado con la vida de las personas a quien realmente he amado en esta vida...
Mi abuela Fermina, apenas le referí lo acontecido con mi maestra y, pesca que no le comenté ni el más mínimo de los detalles de lo ocurrido en el cerro, ya sabía que aquel escurridizo felino había hecho que la maestra perdiera el equilibrio y se resbalara hacia el abismo. "Él la mató", me dijo y, con el dedo índice en los labios me pidió silencio, que callara, que no dijera nada, que mantenga mi respiración..., y, caminando por la punta de los pies, se fue dentro de la casa y regresó con la escopeta que el señor Obispo le había prestado para tirar a las palomas que entran a la iglesia y se posan en la espada de San Miguel y cagan sobre la espalda de Jesús. Miró hacia la copa de la ovenia y, tras señalarme un bulto negro escondido entre el follaje, cerró uno de sus ojos y apuntó con firmeza al misterioso objeto. El disparo atronó todo el valle. El bulto, que no era otro que mi gato, por el impacto de las municiones, salió volando por el aire hasta caerse pesadamente sobre el espinoso rosal.
-Abuela, ¡lo mataste! -grité.
-No creas, mi hijo, todavía le faltan varias vidas -me dijo, mientras trataba de recargar su arma. En esto, el gato, que quedó por unos segundos quieto, empezó como atacado por un intenso frío a temblar; luego, sacudiéndose su erizado pelo, se paró sobre sus patas y, sin más síntomas que el haber sufrido un gran susto, salto de la enramada de rosas y haciéndose del tronco de la ovenia llegó hasta la cornisa de la casa y se perdió por el musgoso tejado de la vecindad.
Fue en aquel momento que recordé que los gatos tienen siete vidas y pregunté a mí abuela si cuántas vidas le sobraban a mi gato.
Ella me miró con cara aterrorizada y me dijo de mala gana:
-Le faltan dos, este maldito tiene que llevarse siete vidas.... Ya se llevó cinco.
Terminaba la frase cuando en la canaleta de la casa una sombra oscura que maullaba furiosamente voló por sobre la cabeza de la abuela. Instintivamente ella apretó el gatillo de la escopeta y, tras el disparo, se derrumbó sobre las afiladas puntas de las secas ligustrinas; tenía las mandíbulas destrozadas por los balines. Así fue como murió mi abuela, no afino dicen la gente del pueblo.
Fue entonces que, cegado por la rabia, tomé la escopeta, la volví a cargar y fui tras él hacia el cercado... El resto de la historia ya te la había contado. Puedo jurar que yo no maté al Obispo.
DE: Por amor y otros cuentos
(Asunción: Editorial Tigre Azul, 1994)
PARÁFRASIS DE LA FUNDACIÓN MÍTICA
DE BUENOS AIRES DE BORGES
Imagínese que está en una madrugada de verano de 1536, año del Señor; no muy lejos del mar, en un lugar donde desembocan las turbias aguas de los ríos Uruguay, Paraná y Paraguay, observando una de esas importantes reuniones de Principales de la región. Si sabe usted qué cosa es una cumbre, del MERCOSUR por ejemplo, ya se puede imaginar cómo sería una reunión de líderes en aquel tiempo, igual al de ahora, pero en que los eventos se presentaban mucho más pugnantes.
En fin, no le quiero llamar la atención sobre los líderes y guardaespaldas, ni sobre las cautivantes retóricas que se escuchan, pues en el aire hay rumores de guerra debido a que unos hombres barbados arribaron y echando mano a un fabuloso santoral empezaron a ponerle nombre a las cosas que ya tienen nombre. No señor, no le hablo de los acaramelados ojos de las muchachas nativas, que ya eran dulces y encantadores en esa época, ni de las brillantes cabelleras sobre las desnudas espaldas, las afiebradas danzas a contraluz y el humo alrededor de las hogueras, cosas que no tenían nada qué envidiar a las discotecas de moda de hoy, nada. No deseo distraerle siquiera con las coloridas plumas que adornan las cabezas de los concurrentes, ni sobre las cálidas pieles de tigres y pumas que abrigan a los niños, ni le quiero impresionar explicándole la misteriosa e inagotable fuente de energía de los músicos encargados de mantener el frenético y excelente ritmo; no, me remitiré a mostrarle una cabeza, la cenicienta cabeza de una anciana que manipula unas enormes ollas de cerámica con almay devoción.
Ella se llama Arapysandú, tendrá encima, por lo menos, unos setenta inviernos. Nació en la mítica región del Guairá. Es buena mujer y excelente cocinera; las personas de su profesión de todas las tribus del continente la estiman. Mbo'ehara (Maestra) es su nombre familiar; y decir familiar y continental era la misma cosa en ese oficio y en aquella época de gran dogmatismo y respeto. "Mbo'ehara dirigirá la cocina..." equivaldría a decir hoy algo así como: "subirá al escenario Mercedes Sosa" o, "Plácido Domingo cantará su mejor repertorio". Nadie quería faltar a un comensal que Arapysandú dirigía.
El desafío que ella enfrentaba en cada congreso de líderes donde era invitada no era poca cosa. Imagínese el peculiar paralelismo, la fría e irreconciliable diferencia, la distancia exótica que puede existir entre los refinados gustos de Dilma, Cristina, Lugo y los palurdos modales de Chavez, Mujica, Morales... Pero, la presencia de Arapysandú en la cocina significaba una fiesta del sabor para todos, una garantía de gozo para el paladar, la sazón exacta, la medida delicada del sabor entre lo selecto y lo popular.
¿Quién no conocía a la Mbo'ehara? Tenía la humildad de los grandes. Se desenvolvía con movimiento medido, con pasos lentos y seguros, su mirada era tranquila y su hablar pausado, pero..., a la hora de cocinar, todo eso desaparecía frente a la materia prima requerida, las ollas y las fogatas. Cocinar era, para ella, rito y dogma, dogma y rito. Y, en ese momento ritual, la savia de sus venas se tapujaba en vida por todo el cuerpo y todos sus gestos se volvían eufóricos: su mirada se encendía, su sonrisa se iluminaba y, con su espátula, levitando primorosamente en el aire, se hacía omnipresente. Se convertía en una vehemente conductora de orquesta sinfónica. Era otra.
Esa madrugada azul, de 1536, con entusiasmo y esmero, Arapysandú desplegó todos los trucos de su arte, pero, ¡imposible!, ninguna inspiración le sonreia. No atinaba a dar con una miserable pizca de sabor. Probó la receta del coatí, del jaguar, del yacaré y del mboreví: fue inútil. Volvía al principio, repetía las recetas, lavaba nuevamente la carne, cambiaba de leña, incorporaba nuevas especias y sal traídas del Chaco y del Caribe; mezclaba hojas, flores, semillas y raíces de hierbas, arbustos y arboles buscando recuperar migajas de sensaciones dúctiles extinguidas; recordó e invocó a sus muertos, pero nada.
Fatigada por el malestar y la impaciencia mandó buscarla cabezadel animal sacrificado para el menú, pero le dijeron que el hijo del líder jíbaro ya se lo había llevado hacia los oscuros cañadones; entonces, echando maldiciones, volvió con la espátula a las ollas, pero ni las invocaciones a sus muertos había nutrido su inspiración, y el sabor siguió siendo, lacio, desabrido e insípido; casi repugnante.
Desesperada, para no decir rendida, dio por terminada la ceremonia culinaria, como si terminara un intenso rito de exorcismo. La última prueba de sabor le había dejado en el rostro una ordinaria luz de insatisfacción. Antes de abandonar el lugar con fogatas para dirigirse adonde estaban conferenciando los líderes, hizo formar a sus ayudantes un círculo y, apoyándose en su bastón, lo recorrió para estrechar la mano de cada uno de sus asistentes. El último de ellos era Ka'í Pukú, el que le proporcionó la carne; ella lo saludó y, apuntándole el rostro con el bastón, le preguntó: hijo, ¿de dónde sacó esa carne tan sin sabor?
-Maestra, la encontré cerca de aquel "río de sueñeray de barro", iba "a los tumbos"en un barquito pintado "entre los camalotes de la corrienente zaina`. Cuando le di el flechazo y fui para recoger su cuerpo, escuché en medio de los chapoteos que desde el desmedrado sitio del barranco alguien lo llamaba: "¡Juan Díaaaaz..., Juan Díaaaaz!"'.
Arapysandú sonrió nerviosamente y, como dando por aclarado el misterio que la mortificaba, escupió hacia el fuego y se dirigió al sitio donde estaban reunidos los caciques. Allí aceptó un lugar en la ronda. pero estuvo todo el tiempo entre indiferente y pensativa, observando calladamente cómo los Principales iban masticando a desgano lo que. algunos más diplomáticos, llamaban: "menú exótico". Al fin, carraspeando fuerte, ella se puso de pie y mirando al grupo con ojos glaciales y blandiendo histérica el bastón, antes de alejarse del lugar, echó una profecía que nadie entendió a pesar de la vehemencia con que pronunció; dijo: "Sepan bien, si no les toman gusto a ese sabor, pronto acabará con nuestros dioses y nos devorará".
DE: Cuento inédito.
FUENTE - ENLACE A DOCUMENTO INTERNO
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LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY . TOMO I (A – H)
TERESA MÉNDEZ-FAITH
INTERCONTINENTAL EDITORA S.A.
Teléfs.: 496 991 - 449 738;
Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py
E-mail: agatti@libreriaintercontinental.com.py
Asunción - Paraguay. 2011 (424, Tomo I)
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