EL ABUELO Y SU JARRO DE LATA
Cuento de CÁTALO BOGADO BORDÓN
Cuando volví del largo exilio procuré recuperar la ‘’memoria familiar" conversando horas y horas con mi abuelo Vicente. Extrañamente, el no tomaba mate ni terere, pero si le gustaba el jugo de murucuyá que tomaba por litros en su viejo y oxidado jarro de lata. Un día, ante un montón de gente extraña, el abuelo armó un gran escandalo porque mi sobrina le sirvió el jugo en una pequeña jarra de cristal.
- "¿Donde esta mi jarro? Quiero mi jarro!- gritó como un condenado, a todo pulmón. Para calmarlo, mi sobrina, con mucha vergüenza de sus amigos tuvo que ir al fondo de la casa, donde se tiran los cacharros, a traer la jarra y ponerle en su mano.
- No tiene respeto, no sabe el valor de las cosas, como se te ocurre tirar mi jarro? ¡Que sea la última vez!"- la reprendió de manera vehemente a la nieta. Yo, intentando calmarlo me pose de su lado, le servi el jugo en su jarro preferido y lo invite a sentarnos bajo la parralera. Ya calmado, al pasarle su, jugo, le dije: abuelo, cuando yo era niño tu ya lo tenía este jarro ¿por que nunca cambiaste?, ¿por que tanto apego si es solo de lata?
Mira hijo, la historia es larga, pero te lo voy a contar porque se que tú me vas a entender: nuestro plan de fuga de la penitenciaria "Peña Hermosa" había resultado exitoso. El alazán que me facilitaron en la rivera del rio era joven y fuerte. Era aún de madrugada cuando empecé la marcha hacia el poniente, pronto, un sol vehemente, caliginoso, había quemado mis espaldas. Leguas y leguas de marcha a campo abierto por entre los espinillos y cardos, por caminos de animales indómitos. Perdido, sin encontrar agua con que aplacar la sed que me devoraba, habían empezado a persuadirme de que mi fuga fue inútil y de que el final de mis días había llegado.
El panorama que abarcaba mi vista era de palmares bajo, espinillos, aromitas, pajas, cardos y abrojos. Yo sabía que aquello era conocido como "el impenetrable infierno verde", por eso, como fugitivo, con la vaga esperanza de alcanzar la frontera del país vecino, me había dirigido hacia aquel lugar. Allí, durante la guerra de 1932 al 35, miles de soldados paraguayos y bolivianos habían muertos de sed; yo conocía aquella historia, sin embargo, sin dudar iba internándome cada vez más en sus polvorientas entrañas. Es más: a pesar del cansancio y la sed tenia ganas de apurar más y más los pasos de mi montado. Los perros del general Colmán podían oler nuestras huellas y darme alcance y, entonces, si sabría lo que es el verdadero infierno.
Pasando el media día, el abrasador astro había empezado a inclinarse lentamente hacia el poniente sin que por eso mengue su aliento de fuego; al fin, cuando menos esperaba, apareció un rancho medio en ruina a la sombra de un gran árbol de ombú, cuya sola efigie me dió la ilusión de divisar un oásis, una isla de esperanza. Con un leve golpe de rienda orienté a mi alazán hacia la solitaria vivienda.
Era un poco menos de la mitad de la tarde, hora de sopor, de reposo aún no solo para la gente sino para la naturaleza entera. La pequeña casa de aspecto desdichado parecía también sumergida en un estado de letargo; en el silencio ensordecedor que la envolvía, su techo de paja y barro y sus oscuras paredes lucían abandonados. Sin embargo, por la abertura de la puerta de una sola hoja, totalmente abierta, se podía percibir el vaivén de un bulto que oscilaba entre la tenue luz y la sombra del interior de la pieza. El objeto, por la manera de pasar y repasar la zona iluminada de la puerta y perderse en la sombra circundante, debió ser una hamaca. Llegue hasta la rústica tranquera y, golpeando la mano, sin apearme del caballo, grite varias veces: - buenas tardes, ¿hay alguien en casa? Hay alguien en casa...?
A pesar de que alguien parecía moverse en el interior de la casa, en cada llamada mía, el silencio se profundizaba un poco más.
- "¿Pueden servirme un poco de agua por favor?"- grite en castellano y en guaraní.
¡Ahatama, ya voy! – contesto al fin una voz.
Desmonté mi caballo y lo lleve a hacia la sombra del ombú donde lo deje atado al gajo de una rama que colgaba sobre el ruinoso cerco del rancho.
Agudizando la vista procuré escudriñar lo que pasaba en el interior de la vivienda. Solo pude notar que el vaivén del objeto entre la difusa luz del interior y la sombra se había detenido y, empezaba a escucharse algunos ruidos como de pasos, de cántaro y de taza.
Por la sed que me agobiaba, aquellos minutos de espera me parecía una eternidad. De repente, un hombre con un jarro en la mano apareció en el umbral de la puerta. Al recibir el sol de lleno, los detalles de su figura se destacaron con escrupulosidad y, su vista me produjo un escalofrío. A pesar de los veinte metros que distaba la puerta de la casa del portón donde yo aguardaba junto a en montado, al primer golpe de vista reconocí que se trataba de un leproso.
El primer impulso que tuve fue montar mi alazán, clavar espuelas y huir galopando, pero me sujeto un sentimiento de compasión vivido intensamente en una lectura hecha años atrás. En unos segundos pasaron por mi mente los amargos acontecimientos que vivió mi vecino y amigo: e1 poeta Ortiz Guerrero; y la escena patética que describió en su obra <
En aquella obra, un médico impostor recorre la campiña embaucando a la pobre gente que le dan su confianza y su hospitalidad. Los enfermos, en realidad la vecindad entera, van a consultarle y a rogarle salud. Y el, a cambio de billetes o monedas le entrega un liquido hecho de hojas y semillas que solo el conoce.
Un día, entre los enfermos que vienen a consultar, llega un leproso. Al reconocerlo de lejos, todos los presentes tiemblan de miedo. Nadie sale a recibirlo; al contrario, se esconden para evitar saludarlo. El dueño de casa, nervioso, asustado, exige al médico a salir afuera, para que el desgraciado enfermo no pretenda entrar buscándolo. Y, el seudo médico, tras razonar un buen rato, sale a la puerta a atender desde cierta distancia al recién llegado.
El enfermo recién llegado, sollozando, le dice que no tomaba mal que no le haya invitado a apearse, que ya estaba habituado a que huyan de él y que procuraran alejarlo. Primero - le dijo al "médico"- fueron los extraños; después, a medida que el mal avanzaba, los de la casa, mi mujer y mis hijos. Pero me había quedado un consuelo: una criadita, una niña de tres años con quien yo jugaba y me besaba sin reparar en las repugnantes deformaciones de mi rostro. Mas ahora..., también ella huyo; ya no me queda nadie y la ternura de mi corazón sufre el tormento de la repulsión de todos.
Doctor, yo no vengo en busca de una cura que se es ya imposible..., vengo solamente a cerciorarme de una cosa: si contagia o no contagia mi enfermedad. Yo no quiero contagiar a nadie... Si el mal <
Los dueños de la casa y las demás personas escondidos, escuchaban aterrados sin animarse a un gesto de consuelo. Llego un momento en que el desafortunado hombre imploró un poco de agua; padecía de color y de sed. Cuando un niño de la casa tomó del cántaro e intentó llevarle el agua, su padre, el dueño de casa, le grito: "¡En ese jarro no..., dale en aquel vaso de vidrio, lo romperemos después!
La madre del niño tomo el vaso y, respirando profundo, salió al patio con el agua. El leproso bebio con su boca tumefacta y, luego, desde la mula que montaba pidió al "médico" para que dicte su sentencia de vida o muerte.
En la pieza, donde la gente aguardaba, el silencio se había hecho más profundo, más solemne, más tétrico con los corazones encogidos de espanto. Y, con la voz lugubre del "médico" llegó el terrible dictamen: ¡Contagia!-.
Al escuchar la sentencia, el leproso dobló la cabeza y unas lágrimas cristalinas, limpidas, puras, rodaron por sus deformadas mejillas. Después, tras un adiós patético en que nombra uno a uno a los que estaban escondidos en la casa, sabiendo que le escuchaban y no se atrevían a mostrarse - todos antiguos amigos suyos a quienes el seguía queriendo y a quienes disculpaban y perdonaban-, dio vuelta a su mula y se marchó hacia el lejano páramo. La gente salió de su escondite para verlos cómo se alejaba; como iba lentamente, agobiado por el peso de su desgracia, decidido a perderse en el desierto inhóspito, mientras un sol rojo se hundía lentamente en el horizonte y las sombras de la noche envolvían a la tierra con sus fúnebres crespones...
En un segundo reviví toda aquella historia y volví a sentir una inmensa piedad. Ahora el leproso estaba ante mi, era violácea el color de su piel, las facciones tumefactas, deformadas, roídas; tenía un aspecto realmente espantable. Avanzaba hacia mi trayendo el jarro de agua que le pidiera como una caridad... Mi sed había desaparecido misteriosamente, la garganta se cerraba en un espasmo de asco y de miedo; pero sentía en mi interior que la compasión era más fuerte que el asco y que el miedo.
Por lo que sabía, no estaba demostrado que la enfermedad contagiase como afirmara el seudo médico de la novela y, como sucede en los momentos extremos, la mas elemental y quizás la más profunda filosofía, se adueñó de mi espíritu. Contagia si Dios quiere y si Dios no quiere no contagia. - me dije -, y tomando el jarro de las manos del leproso, sin apartar los ojos de su espantable fisonomía para que fuera mas completa la conciencia de mi sacrificio, bebí a grandes sorbos.
Gracias amigo - le dije bajando el jarro de mi boca-, el agua esta buena. ¿No me regalaría usted este jarro, aún mi camino es largo y hace color... Lo voy a necesitar- le suplique.
Pueda llevarse amigo, tengo otro. Que le vaya bien.- me contestó con cierto aire de nostalgia.
Gracias hombre, muchas gracias y que sea feliz, le dije y haciendo girar mí caballo le volví la espalda y seguí mi camino hasta ese momento incierto. ¿Entiendes ahora, hijo, por que es importante para mi este jarro?-
Si abuelo-. Le dije con un nudo en la garganta.
Fuente (Enlace a documento fuente)
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REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY
POETAS – ENSAYISTAS – NARRADORES
IV ÉPOCA Nº 21 – DICIEMBRE, 2011
Editorial SERVILIBRO
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Asunción – Paraguay
Diciembre, 2011 (233 páginas)
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