De INAPtitudes y naranjas
Por JULIO DE TORRES
jj.detorrespy@live.com
Que el Estado adopte en la gestión cultural el enfoque corporativista de la economía naranja supone el desplazamiento de la noción de lo público por la lógica mercantilista.
El Príncipe del Reino de Tréboles sufre una hipocondría crónica que lo lleva a la depresión. Fata Morgana, hechizándolo, le condena a buscar el amor en tres naranjas. Está fábula, «El amor por tres naranjas», que alcanzó su esplendor gracias a la música de Sergei Prokofiev, que la convirtió en ópera, tiene su antecedente inmediato en una obra homónima del dramaturgo italiano Carlo Gozzi, quien trató de preservar la Comedia del Arte en pleno siglo XVIII, cuando Goldoni instalaba la tendencia a alejarse de ella. A su vez, dicha fábula tiene, quizás, su génesis en el cuento de «Las tres toronjas», incluido en el famoso Pentamerón de Giambattiste Basile, antología de cincuenta cuentos, algunos de los cuales inspiraron a los cuentistas clásicos. Digo «quizás» porque el cuento de «Las tres toronjas» tiene varias versiones en diferentes países europeos, por lo que la tarea de los escritores de entonces era la de compiladores de la memoria oral antes que la de creadores, usanza de raigambre medieval. Con semejante exordio podemos deducir que algunos frutos, especialmente los cítricos, han inspirado sobremanera la creación artística en varios ámbitos, y se han ido endulzando conforme transcurrían los años. La toronja empezó en la literatura y, en forma de naranja, algo más dulce, llegó a la ópera. Probablemente, la señal que nos brinda la sátira, esencia de estas obras que contribuyeron al desarrollo de la comedia, puede ayudarnos a explicar los procesos que vivimos hoy en torno a la instalación de la Economía Naranja y las Industrias Creativas, términos acuñados para «fortalecer» el desarrollo de los bienes y servicios culturales en América Latina.
¿Casualidad? Sí, en parte. Pero sirve para ilustrar una realidad que debería alarmarnos. En la obra de Gozzi, el Príncipe, acompañado del bufón Truffaldino, encuentra las tres naranjas. Truffaldino abre las dos primeras, y de cada una sale una princesa. Ambas, luego de clamar por una gota de agua, mueren de sed. De la tercera naranja, que es abierta por el Príncipe, emerge otra princesa. Salvada antes de morir de sed, es convertida en rata por un hechizo. Si bien finalmente es desencantada y se casa con el príncipe, las tres princesas-naranja han estado malditas con la desgracia de la sed. Estas simbolizan los tres componentes que «sustentan» el Proyecto de Promoción de la Economía Creativa —o naranja— en Paraguay: primero, el diseño y apoyo a la implementación del plan estratégico de la economía creativa en Paraguay; segundo, el desarrollo de proyectos tecno-creativos para promover la innovación en la economía paraguaya; y tercero, la difusión y comercialización de proyectos creativos en el mercado nacional e internacional (Díaz, 2019). La sed, esa maldición que ha caído sobre las calvas de las princesas-naranja, es la ausencia de políticas culturales fortalecidas, eficaces. Por lo tanto, ¿qué tan sostenibles podrán ser los tres componentes antes mencionados sin la existencia de un terreno fértil para el desarrollo pleno de la política cultural? En cuanto al Príncipe, dejamos a cargo del lector imaginar a quién representa.
En un artículo publicado en este mismo espacio por el autor del presente, se ha puesto en tela de juicio la dicotomía «producto o servicio» para determinar la naturaleza de la obra de arte (literatura, música, teatro, etc.) en la cadena de producción. En cuanto producto, la obra de arte es mercancía cuyo fin es meramente lucrativo, pues su naturaleza se ajusta a una lógica corporativista que seduce en un país con ausencia de políticas culturales sólidas. La mercancía es dinero rápido, es responsable de la acumulación de la riqueza y, además, adorna coquetamente una pared o hace pasar el rato en una sala de cine o teatro. En cuanto servicio, la obra de arte cumpliría una función que va más allá del mero lucro: coadyuvar al desarrollo comunitario en todas sus aristas en el marco de una política pública que garantice, por ejemplo, el fortalecimiento de la conciencia social, la consolidación de la identidad y, entre otras cosas, la visibilización de las minorías culturales que, a su vez, es garantizada por el principio de pluralidad y diversidad.
Los referentes de la Federación de Industrias Creativas se han apostado ante las puertas del Estado para canalizar sus intereses embanderados con el eslogan seductor de la economía naranja y las industrias creativas, como cualquier eslogan comercial, pues estos «referentes» son más testimoniales que ejecutivos. Y, como es de público conocimiento, han venido permeando en la institución pública: primero en el Ministerio de Industria y Comercio, y luego en la Secretaría Nacional de Cultura, responsable de la creación del Instituto Nacional del Audiovisual Paraguayo. Este instituto se conformó en medio de rencillas que han deteriorado las relaciones entre las organizaciones involucradas. Organizaciones que desde hace años se han volcado a consolidar lo que hoy es ya una realidad: la institucionalización de los procesos de construcción del cine local. La Secretaría Nacional de Cultura, que debiera precautelar la participación e inclusión de todas las representaciones de la mayoría de los sectores del audiovisual (profesionales, actores, artistas, etc.), se volcó a defender los intereses de las empresas productoras (publicitarias en su mayoría), quienes han vindicado siempre que son los dueños y señores de la Ley de Cine –y de su Instituto– y han convertido la Secretaría Nacional de Cultura en un mero instrumento para lograr su cometido. De hecho, sólo han utilizado esa institución en la última fase, habida cuenta de que, desde el inicio, no se ha empoderado con la Ley de Cine pues lo hizo otro espacio, también a merced de los intereses de las empresas productoras, dependiente, aunque no del todo, del Centro Cultural de la República «El Cabildo». Las denuncias al respecto se han hecho públicas por las organizaciones que han criticado los procesos y, por tal motivo, se vieron afectadas con su exclusión.
Ante todo lo expuesto, el Instituto Nacional del Audiovisual no solo corre el riesgo de que la cosa pública sea administrada conforme al arbitrio de un grupo que pretende representar al sector empresarial y que ya tiene pactado dinero de fondos públicos, privados e internacionales (préstamos del BID), sino también de que los contenidos de los futuros proyectos audiovisuales, al abrigo de la pretensión económica vestida de naranja, estén lejos de representar un cine genuinamente latinoamericano, adscripto a un canon alejado de la necesidad del lucro que avizora aquel sector. Si así fuera, la situación del audiovisual paraguayo seguirá siendo producto fehaciente de un contexto cultural donde la creación cinematográfica seria sigue gestándose en otros ámbitos, donde la crítica de cine permanece ausente, donde la formación académica de rigor de los profesionales del audiovisual se alcanza únicamente del otro lado de las fronteras. De hecho, no se ha visto a ningún exponente creador del cine nacional, de entre aquellos/as que fueran reconocidos/as internacionalmente en los últimos tiempos, que se haya involucrado en los procesos de creación del Instituto. La cada vez más aislada gestión interna pone hoy en tela de juicio la conformación de la futura institución, con tan poca representación de sectores como el de los guionistas, el de los compositores de música para el audiovisual, o el de los realizadores del interior, lo cual resulta temible pues deslegitima la pluralidad que debería albergarse en ella. Un espacio donde el disenso debería enriquecer en lugar de dividir será cooptado, en su mayoría por productores y referentes de las industrias creativas que prefieren esquivar criterios de los sectores más desfavorecidos, como el de los actores, frecuentemente vulnerados en sus derechos laborales en las producciones audiovisuales locales.
Que el Estado dé cabida en la gestión pública al enfoque corporativista que plantea la economía naranja, a través de la Federación de Industrias Creativas, desplaza la noción de lo público en favor de la lógica mercantilista, patente en varios ámbitos, como el del audiovisual y el del turismo, del que tampoco tardarán en adueñarse, pues el turismo (Díaz, 2019) es una de las actividades económicas pasibles de ser explotadas en ese plantío de oportunidades-naranja. No obstante, no debe dejar de insistirse en que el acaparamiento de tan superficial enfoque, «desde la otra cara del reparto de ganancias entre los empresarios, esa oscura trastienda del trabajo precario que no sale en la selfi» (Álvarez, 2020), seguirá evidenciando los fracasos que instituciones estatales como la Secretaría Nacional de Cultura siguen cosechando y que impiden que este gobierno logre despegar (Última Hora, 17 de diciembre de 2019). El único logro de esa institución, acuciado por el principio de continuidad de gestiones anteriores y más allá del «eventismo» fugaz y acciones pequeñas (inauguraciones, firmas de convenios, visitas) a los que nos tienen acostumbrados, es el Memorial del Ycuá Bolaños.
Lo demás, para otro día.
Bibliografía
Montserrat Álvarez (2020): «Turismo es violencia». En: Suplemento Cultural de ABC Color. Disponible en línea: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2020/01/12/turismo-es-violencia/
Diego Díaz (2019): «¿Qué es la economía naranja?» En: Revista del Club de Ejecutivos. Disponible en línea: http://clubdeejecutivos.org.py/revista/que-es-la-economia-naranja
«Marito sigue en la nebulosa con gestión que no despega» (17 de diciembre de 2019). En: Última Hora. Disponible en línea: https://www.ultimahora.com/marito-sigue-la-nebulosa-gestion-que-no-despega-n2860350.html

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR
Edición Impresa del Domingo, 02 de Febrero de 2020
Páginas 2 y 3
www.abc.com.py
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