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RICARDO DE LA VEGA
  EL TORTOLERO - Cuento de RICARDO DE LA VEGA


EL TORTOLERO - Cuento de RICARDO DE LA VEGA

EL TORTOLERO

Cuento de RICARDO DE LA VEGA


Nadie lo conoce y él está mejor así. Peor es la cárcel.

Camina ahora por Benjamín Costant buscando algo nuevo. Algo que sirva para comer. Su navaja caliente está.

Y como a cincuenta metros lo vio. ¿Lo verá siempre? Un grandulón bajando de un Mercedes nuevito. El grandulón se mira en los vidrios brillantes del automó­vil y se arregla la corbata. “Parece no sé qué”, piensa el Desconocido, quien lo observa midiendo la distancia que los separa. La tarde es gris. El Desconocido cru­za la calle para ganar tiempo, mete las manos en los bolsillos; no deja de observar el auto ni al grandulón. Éste se introduce en el Edificio Mirasoles y medio que resbalan sus zapatos nuevos en el piso encerado, y ve que en un rincón destapa su cabecita loca un envase de desodorante rosado dejado allí y, afeando el lugar, por la limpiadora. “Esa vieja sucia, loca por sucia, esa vieja de mierda... no sé qué pasaría si la rajaran de aquí, nada pasaría, la misma cagada sería”, piensa el grandulón. El Desconocido vuelve de la esquina a la que había llegado como un capitán desorientado. En el instante en que el grandulón ingresó al edificio, regresó el Desconocido, contando los pasos, casi corriendo en dirección al Mer­cedes nuevito. Cuenta las zancadas; respira profunda­mente para aguantar el paso. Diez segundos después, el se deja dormir en algunos ladrillos como si el sol fuera un recuerdo. Ya dentro del edificio el otro se detie­ne y llama al ascensor apretando el botón con la flechita "arriba", se plaguea porque no baja rápido el ascensor pero de pronto se abre la puerta y sale la morochaza del sexto piso y el grandulón la mira y aspira profunda­mente de una vez algo re-bueno, un Chanel de mi flor, “carajo, esa negra divina”, piensa.

Afuera las nubes y los pájaros que regresan.

El Ángel de la Guarda de los tortoleros vigilando des­de arriba. Arriba y a la derecha va el golpe y el vidrio se hace añicos. Cuela la mano para abrir la portezuela —“primero siempre despejar los vidrios con el codo”— se recrimina el Desconocido, porque en el apuro no se percató que ha invertido los papeles y las astillas lo las­timan y comienza un pequeño río de sangre entre sus dedos.

¿Anochece en las paredes y en el aire de octubre? Sí, que anochezca, medita el que apresuradamente seca la sangre con la camisa. Y súbitamente anochece. Y el Mer­cedes se queda solito, como si lo hubiesen abandonado deja que sus mullidos asientos hagan gozar al Descono­cido. Al nuevo dueño temporal. Éste apoya la cabeza en el respaldo del asiento por un segundo, pestañea como despertando de una ensoñación. “Ya debería estar sa­cando el tocacintas”, se dice. Pero esos blandos cueros le acarician las piernas, las nalgas, la cintura. Siente en la nuca la respiración de la felicidad. Se apura de repente. Se halla en el asiento de atrás y el tocacintas está en el tablero como invitándolo al robo cuando de repente vislumbra un maletín escondido debajo del asiento del chofer. Y al abrir la puerta de la oficina el grandulón se percata, extiende las manos como buscando en el aire mas no encuentra nada más que la pérdida. Repasa rá­pidamente los pasos que dio ¡puta madre! Mira en torno suyo e imprime una velocidad que dios me libre a las piernas. Apura el picaporte y deja las luces encendidas y la puerta abierta “qué puerta ni ocho cuartos si el ma­ letín se me quedó abajo”. Aprieta el botón llamando al ascensor mas nunca vino el ascensor y a bajar a pata se ha dicho. El pasamanos tobogán siente sus huellas digitales como si el día exhalara un olor de mil diablos. Así en la muerte como en el dinero se dice el tobogán. Llega a la vereda con los bofes al viento.

Y lo ve.

Redondo el hueco y la piedra en el asiento de atrás. Corre. En su mente se dibuja la pérdida. “Tanto trabajo al pedo... tanto aguantar el caso Kikí del secuestro... cien mil dólares. Qué tendré en la cabeza”.

Y la portezuela que sorpresivamente se abre. La por­tezuela del volante.

“Burro rembó la che volante que no salgo nunca” musita el Desconocido que echa a correr por la vereda hacia 14 de mayo con el maletín bajo el brazo. “Me compro el equipo de sonido y la invito a la pieza a la Anita. Qué manera de bailar esa tetona”, dice el Des­conocido al tiempo que cruza como una exhalación la avenida del Congreso.

El grandulón, que consiguió salir rápidamente del Mercedes nuevito le sigue los pasos, casi oliéndole la espalda. Ya lo toca. En silencio. La lucha es en silencio. Cosa de hombres. Abrir la boca, para qué. “De dónde tanta plata con esta crisis, diría la policía”, medita en su mente el grandulón. El Desconocido busca en el bolsi­llo la navaja. La toca, la aprieta bien. Dobla la esquina hacia la izquierda en la calle que está detrás del Con­greso, una calle prácticamente abandonada por la po­licía ya que ésta solo se ocupa de los coches de los con­gresistas que estacionan enfrente y no le presta mucha atención, convirtiéndola así en un refugio para novios, poetas (hay que decir que la calle en cuestión posee tres magníficos lapachos blancos en su breve extensión y, un poco hacia el norte, algo así como una azotea para mi­rar el río) y desde luego todo tipo de vagabundos. Tam­bién sirve de entrada al populoso barrio de la Chacarita

“Si se mete en la Chacarita estoy perdido”, piensa el grandulón. La Chacarita ya se deja ver con sus casitas de cartón y sus calles delgadas como hilos de agua. Ahí nomás está con su mundo encerrado en sí mismo. A ese mundo le teme el grandulón.

El Desconocido salta por encima de unos tachos de basura vacíos tirados en el medio de la calzada por los empleados municipales. Está por llegar.

“Pero de dónde sale la perrita de Ani que viene a salu­darme, puta carajo ¡sape jagua´i desgraciado!”

Y el Desconocido que cae en la mitad de la calle, y el maletín se le va de las manos.

—¡Vos! ¡Sí vos! El que está mirando al pedo. Y mejor que me escribas con mayúsculas, qué te creés.

El grandulón que se dirige a mí con palabras impe­rativas, rápidas.

—¡Vos! Agarrá ese maletín y rajá de acá. Que yo le arreglo las cuentas a este mierda de tortolero.

Y yo que estaba cerca, como esos relatores siguiendo de cerca la jugada, agarro el maletín y salgo de ahí. Los dos se trenzan en una pelea de aquellas en donde el gran­dulón, digo, el Grandulón lleva las de ganar. Me grita:

—¡Me vas a encontrar!

Al tiempo que de un puñetazo le echa unos dientes al pobre del tortolero, pero se vienen unos tipos, que yo desde la esquina diviso claramente y puedo asegu­rar que son amigos de éste último, porque lo muelen a patadas al Grandulón, pero yo ya estoy tomando un taxi que detuve a la vuelta de la esquina y me dirijo al próximo cuento. Chau. Hasta la vista.



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SEP DIGITAL - NÚMERO 6 - AÑO 1 - DICIEMBRE 2014

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY/ PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay

 

 

 

 

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